Todas las conversaciones sobre Sergio Canales siguen siempre el mismo guión.

– Cómo está jugando Canales, eh. 

– Es impresionante lo de este chico.

– Lástima de aquellas lesiones de los ligamentos…

– Es que, ¿te acuerdas de su irrupción con el Racing de Santander?

– El partido ante el Sevilla…

– ¡Sí, sí! ¡Buahhh! Qué velocidad, qué talento, qué calidad… Fue brutal.

– Lo tenía todo. 

– Qué pena. 

– Qué mala suerte.

 

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Es obvio: resulta inevitable dejarse llevar por la nostalgia. A fin de cuentas cualquier tiempo pasado fue mejor, sobre todo si este en realidad sólo existió en nuestra imaginación. Porque no lo neguéis: todos, absolutamente todos, nos hemos imaginado lo que hubiese sido la carrera de aquel chaval rubio que destrozó al Sevilla si su maldito ligamento cruzado le hubiese respetado lo más mínimo. Y en todos, absolutamente todos los casos, su carrera tenía un final feliz. Pero el fútbol es el fútbol y la vida es la vida. Y recrearse con el pasado rara vez funciona.

Esto es algo que parece tener grabado a fuego Sergio Canales. El cántabro no sólo está siendo uno de los mejores futbolistas de la temporada, sino que además está destacando de forma especial por cómo lo está haciendo. Y con esto no me refiero a sus toques, sus pases o sus jugadas, que casi es lo de menos. La clave que explica el momento actual de Canales y le da un sentido nuevo a su historia es la naturalidad con la que está fluyendo sobre el terreno de juego. No hay atisbo de nostalgia en su fútbol. No transmite miedo por una posible recaída ni tampoco prisa por recuperar el teórico tiempo perdido. La suya es la reivindicación más pura que existe: la reivindicación de sí mismo. De lo que Sergio Canales sí es y no de lo que Sergio Canales podría haber sido.

Y por eso su fútbol nos está abrumando. 

 

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Quique Setién tiene una cosa como entrenador que no es muy habitual: provoca la sensación de que muchos de sus jugadores parezcan haber nacido para jugar en ese momento, en ese lugar y en ese equipo en concreto. Como si todas las piezas del rompecabezas encajaran de repente. Como si todo lo malo y lo bueno encontrasen por fin una explicación mínimamente coherente e, incluso, lógica. Pasó con Viera o Roque Mesa. Pasó con Bartra. Y está pasando con Sergio Canales.

El centrocampista cántabro es el futbolista más importante del Betis. Es el que marca el cómo, el dónde y el cuándo ejecutar los porqués de su entrenador. Y lo hace desde el primer pase hasta el último, porque desde comienzo de temporada viene atrayendo la pelota como si sus botas tuvieran la suerte de incorporar una especie de campo magnético. Canales se acerca, Canales la pide. Canales la suelta, Canales se mueve. Canales espera, Canales se ofrece. Y vuelta a empezar. 

 

La clave que explica el momento de Canales y le da un sentido nuevo a su historia es la naturalidad con la que está fluyendo sobre el terreno de juego. No hay atisbo de nostalgia en su fútbol

 

Porque aunque se tenga categorizado a Quique Setién como un técnico ofensivo, en el Benito Villamarín se está mostrando como un entrenador controlador e, incluso, conservador. Consciente de que la mejor manera de defender es tener la pelota en las mejores condiciones posibles, Setién está invirtiendo todos sus esfuerzos en que el equipo progrese junto y bien posicionado. El balón no se arriesga. Ni siquiera cuando la posibilidad de verticalizar pueda llegar a compensar. Y dentro de esto, aunque cada uno tiene su importancia, el único futbolista que se antoja imprescindible es su paisano. Canales va tejiendo una red de seguridad al mismo tiempo que ordena a sus compañeros. Y lo hace con esa clase de naturalidad tan insultantemente envidiable que acompaña a los privilegiados que realizan una tarea compleja sin transmitir ningún tipo de esfuerzo.

Y esto sí es sorprendente. Canales siempre fue un jugador enfocado a cambiarle el ritmo a las jugadas. Primero ejecutando, luego imaginando y finalmente conduciendo. En Donosti, por ejemplo, fue durante varios años ese futbolista capaz de acelerar por pura inercia. Cuando Illarramendi o Zurutuza le hacían llegar el balón el aficionado ‘txuri urdin’ era consciente de que a la jugada le quedaban dos o tres pases. No más. Sin embargo, el bético ahora sabe que lo más normal es que un toque de Canales no sea más que el prolegómeno de una secuencia larga donde el propio Sergio vuelva a intervenir en dos o tres ocasiones y a diferentes alturas. 

Esta transformación, tan necesaria a estas alturas de su particular película, sólo podía llevarse a cabo bajo la idea y el esquema de Quique Setién, que le da una absoluta libertad para empezar recibiendo como lateral derecho, progresar como interior, doblar como extremo y acabar como mediapunta. Sobre todo porque Canales sigue teniendo esa magia en el cuerpo. La despliega a cuenta gotas, de repente, sin que nadie lo espere. Y esto, curiosamente, lo hace todavía más emocionante.

El caso es que esta toma de decisiones es absolutamente cerebral. Nada impulsiva. De hecho, ahora mismo lo más fascinante del fútbol de Canales es cómo éste está siendo capaz de mezclar su impacto en el juego (ordenando, equilibrando, controlando) con su capacidad para crear jugadas (con cambios de ritmo, desborde o conducciones larguísimas como la que regaló ante el Espanyol) sin que una cosa complique, anule o pise a la teóricamente opuesta.

Normalmente un jugador, incluso si es centrocampista, está enfocado a cambiarle una o dos marchas al juego. Los hay los que llevan al equipo a tercera (Carvalho) , los que le hacen progresar a quinta (Guardado) y los que, luego, tienen capacidad de meterle la sexta (Lo Celso). Pero Sergio Canales está siendo capaz de dominar todos estos registros al mismo tiempo, convirtiéndose de esta manera en el volante, pero también en el motor, de un Real Betis que ya está en zona europea en Liga, clasificado como primero de grupo en la Europa League y en semifinales de la Copa del Rey.

 

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Por cómo ha sido su historia podría dar la sensación de que Sergio Canales está luchando contra sí mismo. Que quiere alterar el guion de las conversaciones que se tienen y tendrán sobre su figura. Que busca que lo de los goles al Sevilla, su pretemporada en el Real Madrid y sus lesiones en Valencia no sean más que los inicios de una historia con final feliz. Pero lo cierto es que, si uno le ve jugar, no ve en él a un futbolista marcado por las expectativas, las lesiones o los recuerdos. De alguna manera, en este larga travesía por el desierto Sergio Canales ha logrado liberarse hasta de su propia sombra. Ya no tiene ninguna piedra en la mochila y por eso está flotando sobre el césped. A Canales ya sólo le preocupa el ahora. O mejor dicho, sólo le preocupa el siguiente control, el siguiente toque y el siguiente movimiento. 

Carpe diem, Sergio, carpe diem.