Giorgio Muggiani fue un afortunado desde el primer día que existió. Nació en el seno de una familia rica de comerciantes milaneses, a finales del siglo XIX, circunstancia que con los años le permitiría desarrollar sin demasiados obstáculos su interés por la pintura, inicialmente, y por la ilustración y la caricatura, más tarde.

Giorgio Muggiani fue un hombre apuesto y bello, aunque a su manera. Cara redondita, frente generosa, ojos encogidos, procuró dejarse subrayar la nariz durante su juventud por un bigote terso, recortado con delicadeza.

Giorgio Muggiani fue estudiante en el extranjero. Sus padres le enviaron a un colegio privado de Suiza para que puliera sus inquietudes. Allí se apasionaría del St. Gallen y del fútbol, por este orden. El primero le dio una liga. El segundo, un futuro.

Giorgio Muggiani fue James Bond antes incluso de que James Bond existiera. Imaginándose con qué clase de bebida se mojaría los labios un agente encubierto como el de Casino Royale, dibujó uno de los carteles originales de Martini. Dos décadas después, para la misma marca, también trabajaría Andy Warhol.

Giorgio Muggiani, además, fue colaborador de un joven publicista, Benito Mussolini, que ya entonces apuntaba a ser uno de esos seres mediocres cuyo gran problema es no reconocerse a tiempo como tales. A su petición diseñó la cabecera del periódico Il Popolo d’Italia, que luego ejercería como órgano de expresión personal del dictador.

Giorgio Muggiani fue uno de los 44 miembros del Milan Cricket and Football Club, actual AC Milan, que en marzo de 1908, al no estar de acuerdo con la decisión de la entidad de no fichar a jugadores extranjeros, optaron por abandonarla y crear una nueva. De hecho, estaba al frente de aquel grupo de disidentes, con lo que hoy es recordado como principal fundador del Inter de Milán.

Giorgio Muggiani, al fin y al cabo, fue un sentimental. Un tipo preocupado por la estética de las emociones. Tal vez por eso, en la reunión clave donde se determinó el nacimiento de ese nuevo club italiano, miró al cielo, y empujado por un estímulo poderoso, propuso a sus compañeros homenajear el aspecto de aquella noche histórica con los colores del equipo, que tendrían que ser para siempre el negro y el azul que se plasmaban en el firmamento. Sin saberlo, con ese arrebato improvisado, estaba escribiendo una de las anécdotas más hermosas que jamás podrán contarse sobre el origen de una camiseta de fútbol.

 


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Fotografía de Imago.