25 de mayo de 1967. El Estadio Nacional de Lisboa es el escenario donde Celtic e Inter se medirán para saber quién será el campeón de Europa. Primera final para los de verde, blanco y enormes números en los pantalones (resilientes en su idea de mantener limpia su camiseta hasta que las leyes les obligaron a ensuciarlas). Tercera para los chicos de Helenio Herrera, sublimes ejecutores del catenaccio y dominadores de Europa por aquel entonces. Se adelantó pronto el Inter gracias a un tanto de Sandro Mazzola desde los once metros, pero los goles de Tommy Gemmell y de Steve Chalmers en el segundo tiempo, después de una exhibición de fútbol, hicieron que la copa viajara por primera vez a Glasgow.

Tras el partido, Bill Shankly no dudó en reconocerle a Jock Stein, legendario técnico de los católicos escoceses, la proeza de aquella gesta. “Jock, ahora eres inmortal”. Inmortal como la instantánea que retrató por primera vez a un británico levantando la copa más deseada a lo largo y ancho del Viejo Continente. 1,90 de planta, fuerte como el roble y cara de rasgos marcadamente británicos. Pecas en sus mejillas, pelo rojizo y una dentadura no muy uniforme, aunque nada comparable a la de alguno de sus compañeros. Él era Billy McNeill, capitán del Celtic de Glasgow y encargado de levantar la ‘Orejona’ hacia el cielo de Lisboa como culmen de la mejor temporada de las vidas de aquellos que compusieron el Celtic de la 66-67, ganadores de todo cuanto jugaron.

Nacido un 2 de marzo de 1940 a apenas 20 kilómetros de Glasgow, en la localidad de Bellshill, destacó en las categorías inferiores del Blantyre Victoria hasta que, con 17 años, llegó al club de donde nunca se movería. Jock Stein, entonces entrenador del equipo de reservas del Celtic, se fijó en aquel joven zaguero que ya demostraba excelentes maneras pese a su temprana edad durante un Escocia-Inglaterra sub-18 y no dudó en vestirlo eternamente de verdiblanco a partir de la 57-58. Solo verle jugar, acudió al presidente Robert Kelly y le dijo: “Tenemos que traer a este chico al club”.

Pese a lo idílico que pudiera parecer el hecho de fichar a tan pronta edad por uno de los dos grandes de Escocia, a McNeill le costó entrar en las alineaciones. Tanto, que a punto estuvo de marchar antes de convertirse en leyenda. Su situación cambió en 1960 cuando el Chelsea firmó a Bobby Evans, también legendario central de los ‘Bhoys’; fue entonces el momento en que a Billy McNeill se le abrieron las puertas de la titularidad y no dejó escapar la oportunidad.

 

“Jock, ahora eres inmortal”. Inmortal como la instantánea que retrató por primera vez a un británico levantando la copa más deseada a lo largo y ancho del Viejo Continente

 

Destacaba por ser un central de los de antes. Era alto, fuerte y contundente como pocos, pero si algo le hizo diferente, especial, fueron su innata capacidad para leer el juego en todo momento y el liderazgo que derramaba por los cuatro costados desde la zaga. Así, con su fiabilidad y personalidad, pronto se ganó el respeto de los suyos y el brazalete de capitán del Celtic. Una posición que le consagró como el máximo estandarte de la plantilla, siendo uno de los pocos privilegiados del vestuario que podía decir que tenía un coche en su propiedad. Y aquel honor, digno de otros tiempos, le valió el apodo de ‘César’, como le conocía todo el mundo, relacionando al capitán de los ‘Bhoys’ con el actor César Romero, quien, en un reparto con Frank Sinatra interpretando a Danny Ocean, daba vida al personaje Duke Santos y conducía el coche que se daba a la fuga en la original Ocean’s Eleven, de 1960.

El problema para McNeill fue la escasez de éxitos que vivió el Celtic en la entrada de la década de los 60. Una situación que a punto estuvo de costarle al club la marcha de su capitán. Pero en 1965 todo cambió con la designación de Jock Stein como técnico del primer equipo tras sus aventuras por el Dunfermline, el Hibernian y un breve paso por el banquillo de la selección escocesa. Futbolistas de la talla de Jimmy Johnstone, Bobby Lennox o Bertie Auld dieron un paso al frente y eso se tradujo en títulos a mansalva para el club. Todo empezó con una Copa de Escocia en la 64-65 y a partir de ese instante se volvieron imparables. Hasta el retiro de Billy McNeill vinieron nueve ligas consecutivas, otras seis Copas de Escocia y seis Copas de la Liga escocesa, con la guinda de aquella maravillosa tarde de fútbol de muchos quilates en Lisboa que le valió el sobrenombre de ‘Lisbon Lions’ a esa fantástica generación.

Después de hacer historia con el Celtic, tras 18 temporadas y casi 800 partidos con la camiseta de los ‘Bhoys’, además de 29 internacionalidades con la selección escocesa, las piernas de Billy McNeill dijeron basta en 1975. Colgó las botas y se situó al otro costado de la línea de cal para engrosar aún más su leyenda con nueve cursos al frente del equipo de sus amores en dos etapas diferentes. Entremedias, también se aventuró dirigiendo al Clyde y el Aberdeen en Escocia y al Manchester City y el Aston Villa en la liga inglesa.

Los dos últimos años de su vida estuvieron marcados por la demencia. La enfermedad le acompañó hasta el 22 de abril de 2019, cuando se despidió para siempre uno de los mejores futbolistas de la historia del Celtic y del fútbol escocés, un ídolo sempiterno al que Jock Stein acudió para definir qué era para él un gran jugador. “¿Que qué hace grande a un jugador? Que saque lo mejor de los demás. Y cuando digo esto estoy hablando de Billy McNeill”.