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En el mundo del fútbol existen distintos prototipos de jugadores. Los hay que destacan por hacer magia cuando tienen el esférico pegado al pie. Como si fueran el gran Houdini, pero con un balón en lugar de una varita. Otros, en cambio, parece que lleven incorporada en sus botines una mira telescópica, porque cada vez que apuntan y por consiguiente disparan, alcanzan el blanco. En este caso, las redes contrarias. Tal que Vasili Záitsev durante la guerra de Stalingrado, pero con la cruceta como objetivo. Del mismo modo que podría pasarme el día entero enunciando todos los roles existentes en torno a la pelota, solo me gustaría añadir uno más, aquel que suele hacer el ‘trabajo sucio’, que no goza de tanta repercusión como el resto de compañeros, pero termina siendo indispensable para todo equipo: el jugador incansable, que es todo un líder, ejerce de modelo a seguir, actúa como capitán o como queráis llamarle.

Habrá quienes no compartan esta visión, pero es de las más nobles y respetables que rodean el rectángulo de juego, tanto por dentro como por fuera. Posiblemente el prototipo de jugador del que hablamos es el típico que pasa desapercibido, no llena portadas ni informativos. Solo importa el trabajo y el esfuerzo que radiquen en él. “Hay que saber ver, aprender a apreciar lo menudo y a despreciar lo que sólo hace bulto. Lo bueno, es aquello que sin grandes destellos lo llena todo”, escribía Carmen Laforet en Nada. Un fragmento que bien podría servir como claro ejemplo del profesional más comprometido con la causa. ¿Quién no ha sentido jamás devoción por personas que se han dejado la piel en el césped? Recordar a Alessandro Nesta con 35 años dar caza a Leo Messi, como si fuera a por su prenda favorita el primer día de rebajas tras abrir sus puertas el centro comercial. Del mismo modo defendió su portería y sus colores Carles Puyol aquella fría noche de 2002, cuando solo él se interponía en el camino del ariete del Lokomotiv de Moscú para perforar las redes blaugranas. En un acto heroico, Carles puso su pecho a modo de escudo, sin importar la fuerza del impacto del esférico ni las consecuencias de tal golpe, para proteger lo que creía vital, a su equipo. Hoy en día, uno de los pocos profesionales que ejemplifica y da sentido a este prototipo de jugador es César Azpilicueta.

Dave’, como le apodan por los barrios de Londres, nació en Navarra hace 30 años. Tras criarse como futbolista en la cantera de Tajonar y hacer un buen papel en el primer equipo de Osasuna, el polivalente defensa firmó por el Olympique de Marsella, dando un gran paso en su carrera tras fichar por un equipo puntero en Ligue 1. Tras pasar dos veranos en Francia, Roman Abramovich puso sus ojos en el zaguero navarro, a quien se llevó rumbo a la capital del Támesis a cambio de tan sólo ocho millones de libras. Desde que puso un pie en el fútbol inglés, Azpilicueta ha jugado en todas las demarcaciones posibles dentro del eje defensivo, incluso en posiciones más adelantadas como carrilero y, cuando el encuentro lo requería, de ariete. 

Esa facilidad para acoplarse a distintas posiciones dentro del rectángulo de juego le ha convertido en lo que es a día de hoy, un futbolista polivalente que ha gozado de la simpatía y confianza de todos y cada uno de los técnicos que ha tenido a lo largo de los años en el conjunto ‘blue’. Entrenadores con estilos de juego muy distintos entre sí como Rafa Benítez, José Mourinho, Antonio Conte, Maurizio Sarri y ahora Frank Lampard, se han deshecho en elogios hacia el navarro en infinidad de ocasiones tras conocer otras de las cualidades que le caracterizan: su capacidad de sacrificio y el liderazgo que aporta. “En los entrenamientos trabaja de manera fantástica, para un entrenador es un sueño contar con jugadores como él. Azpi es, sin lugar a dudas, uno de los jugadores más importantes de nuestro equipo”, comentaba Antonio Conte, técnico con el que tanto César como Marcos Alonso en el otro costado, alcanzaron su mejor versión futbolística, hasta unas cotas que probablemente ni ellos mismos hubieran llegado a imaginar.

Con más de 300 partidos enfundándose la elástica ‘blue’, Azpilicueta se ha convertido en todo un referente y estandarte del Chelsea, portando, desde hace unos años, el brazalete que le acredita como capitán del equipo. Según un estudio del CIES (Centro Internacional de Estudios Deportivos) el futbolista que juega cada semana en Stamford Bridge se ha erigido como el jugador que más minutos y esfuerzo ha depositado sobre el verde en los últimos cinco años dentro de las grandes ligas europeas, desmarcándose así como uno de los defensores más fiables del panorama futbolístico mundial.

Desde que llegué, sentí la alegría y la responsabilidad de jugar para este club, por estos aficionados. Cada vez que salto al campo trato de dar lo mejor. Espero que quede mucho por venir y que podamos mantener al Chelsea donde pertenece“, añadía ‘Dave’ en unas declaraciones a la web del conjunto ‘blue’ tras su última renovación con el club de Stamford Bridge, que estarán unidos por lo menos, hasta 2022.

A jugadores como Azpilicueta no les preocupa lo más mínimo estar los 90 minutos persiguiendo rivales del nivel de Mané, Mahrez o Redmond, auténticos velocistas con los que debe lidiar cada domingo. ¿El motivo? La capacidad de asegurar un despliegue físico durante todo el encuentro, siendo esencial en defensa y participativo en ataque. Incluso cuando se ejercitan en Cobham, compañeros como Willian o Pulisic prefieren tenerle como aliado y no como rival, evitando así una férrea marca de un futbolista al que no le gusta perder ni a las canicas.

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La dedicación aplicada en cada entrenamiento. La actitud demostrada en los buenos y los malos momentos. El carácter transmitido dentro y fuera del terreno de juego han convertido a César Azpilicueta en un futbolista especial para la afición de Stamford Bridge. Un auténtico capitán. Líder. Leyenda.

 


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Fotografía de Getty Images.