En sus dos apellidos, Vecino Escuadra, se condensa la esencia de uno de esos hombres que cuando te estrecha la mano, lo hace de verdad, apretando fuerte y mirando a la cara. Vecino por su cercanía, un tipo que lleva la expresión ‘campechano’ a su sentido más amplio, y Escuadra porque fue un jugador de brega, peleón como pocos y con algún que otro gol para el recuerdo. Quizá no por la escuadra, pero sí para el recuerdo, como el que marcó en el Camp Nou cuando apenas había jugado tres partidos en Primera. Pero lo suyo no fue marcar goles, sino evitarlos. Desde que llegó al Celta en 1982 viajó por toda la defensa, aunque donde más se le recuerda es en el lateral diestro de aquel equipo ascensor (en diez años vivió tres descensos y tres ascensos), más preocupado por defender que por pisar el área rival, antes de que se pusieran de moda los carrileros. Le llamaban ‘Atila’ para acortar su nombre; nada que ver con el rey de los hunos, que tenía fama de implacable. Vuelve cada verano a su pueblo natal, Coreses, en la Tierra del Pan de la provincia de Zamora, pero no tarda en volver a Vigo porque ya es un habitual del paisaje de la ciudad.

En el Celta, Atilano lo ha sido todo. Literalmente. Relaciones externas, adjunto al departamento de prensa, administrativo y un largo etcétera. Desde que se retiró en 1994, es el empleado perfecto; cumplidor, amable y entregado a su trabajo, el mejor embajador que podría encontrar el Celta, tan disponible para llevar unos papeles al Ayuntamiento (ahora anda con la agenda llena por el nuevo estadio que quiere construir el club) como para buscar unos viejos partidos grabados en VHS del Celta en Europa a petición de un aficionado. Dicen que su peor momento fue el verano de 1995, cuando el Celta vivió dos semanas en Segunda B por el descenso administrativo, después de presentar demasiado tarde los avales que exigía la Liga. “No tuvo la culpa, alguien se hizo un lío con los papeles y los plazos, pero él lo pasó realmente mal porque se sintió responsable”, cuentan desde la redacción de Faro de Vigo. Superado el mal trago, Atilano continúa en el club como si formase parte del escudo. Ve cada día su imagen en una de las lonas que cubre el exterior de Balaídos y si no fuera tan modesto, podría decir en voz alta lo que muchos piensan de él: “El Celta soy yo”.


Este texto está extraído del #Panenka67. Puedes conseguirlo aquí.