La eclosión de Andrés Guardado con el Atlas en 2005 lo insinuó como el marcador de punta zurdo del futuro en clave selección mexicana. Entonces no estaban en boga los laterales-interiores, pero en aquel jugador de banda había genética de centrocampista. Tenía una zurda de museo, solía marcarle grandes goles al Guillermo Ochoa más elástico y su inconfundible melena rizada le ofrecía un extra de carisma.

Ricardo Antonio La Volpe lo llevó al Mundial de Alemania 2006 con apenas 19 años como comodín del 5-3-2 más sugerente del mapa en aquella época. Tras alcanzar su cenit futbolístico en la Copa Confederaciones previa, el equipo de Rafael Márquez, Pavel Pardo, Ricardo Osorio y Carlos Salcido llegaba con grandes aspiraciones de trascender en una Copa del Mundo, pero Maxi Rodríguez marcaría el tanto más artístico de toda su carrera bajo el sol de verano de la Leipzig de Johann Sebastian Bach. Pese a la amargura de la enésima derrota mexicana en octavos de final, la memorable exhibición del jovencísimo Guardado como ‘falso carrilero’ —intercambiaba posición con Ramón Morales— por izquierda ante Argentina lo llevaría meses más tarde a fichar por el Deportivo de La Coruña de España. El cielo era el límite.

Un año antes de firmar su temporada de consagración en Europa, Guardado desarrollaría una convulsa relación con Javier Aguirre durante la Copa del Mundo de Sudáfrica 2010. Sin ser titular indiscutible en aquel equipo, firmaría 45 minutos inolvidables como interior, lejos de la línea de cal, ante la Uruguay semifinalista de Diego Forlán, en lo que sería el preludio de su reconversión definitiva. Llegó entonces la 2011-12, donde dominó la Liga Adelante con el conjunto gallego como un mediapunta zurdo de tendencia asociativa en el 4-2-3-1 de José Luis Oltra y el último gran Juan Carlos Valerón.

Tras conseguir un brillante ascenso a Primera, desembarcaría en Mestalla con el Valencia para volver a ocupar el lateral izquierdo y terminar siendo recordado, entre otras cosas, por aquel tormentoso partido de Copa de Europa ante el electrizante Lucas Moura. Su periplo en tierras mediterráneas fue más amargo que dulce, con un discretísimo paso por el Bayer Leverkusen en el camino.

 

Su jerarquía y adaptabilidad le permitieron sobrevivir a las turbulencias de la gestión de Rubi, para luego volver a consolidarse como uno de los capitanes del actual proyecto de Pellegrini en el Betis

 

Contra todo pronóstico, Guardado terminó siendo el interior zurdo titular de Miguel Herrera en Brasil 2014. Un centrocampista que, a partir de su movilidad y agresividad para recibir en zonas altas, firmaría una rutilante exhibición ante el doble pivote croata conformado por Ivan Rakitic y Luka Modric. No volvería jamás a ser lateral. A partir de entonces ya nadie dudaría de que se trataba de un centrocampista puro y duro.

Así se convirtió en el refuerzo estelar del PSV de Phillip Cocu, un novel entrenador descendiente del árbol genealógico de Louis van Gaal. El 4-3-3 sempiterno de la Eredivisie no lo visualizó como interior, sino como mediocentro posicional. Se convirtió en capitán, ganó dos ligas siendo protagonista absoluto y sobrevivió en ronda de nocaut de Champions League al entorno del Vicente Calderón, ante un Atlético de Madrid que había cimentado una candidatura europea igual de legítima que la del Barcelona de Messi, el Real Madrid de Cristiano y el Bayern Munich de Robben.

Para el verano de 2017, el ajedrecista cántabro Quique Setién lo convenció de fichar con el Betis de Sevilla, dentro de un sistema más o menos compatible con el del colombiano Juan Carlos Osorio en su proceso como seleccionador mexicano rumbo a Rusia 2018. Ahí alcanzó su punto más alto de madurez y concepción del juego como interior de base de la jugada y mediocentro en escenarios de mucho balón. Su jerarquía y adaptabilidad le permitieron sobrevivir a las turbulencias de la gestión de Rubi, para luego volver a consolidarse como uno de los capitanes del actual proyecto de Manuel Pellegrini.

Si no ocurre nada extraño de aquí a noviembre, Andrés Guardado tiene buenas posibilidades de arrancar como el interior izquierdo de Gerardo Martino en el debut ante Polonia en Qatar, su quinta comparecencia en una Copa del Mundo. Para entonces ya habrá cumplido 36 años y, muy probablemente, superado la marca histórica de más partidos disputados como internacional mexicano que hasta ahora le pertenece a Claudio Suárez. 

A su retiro, no deberían existir demasiadas dudas en torno al sitio que ocupa en el panteón de leyendas mexicanas: el proyecto de lateral que opositó a la élite como centrocampista.

 


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Fotografía de Getty Images.