La campaña 96-97 no empezó bien para el Southampton. El primer triunfo llegó en la jornada 8, con un 4-0 ante el Middlesbrough, y el 26 de octubre The Dell vibró con un mágico e histórico 6-3 ante el Manchester United de Éric Cantona, David Beckham, Paul Scholes, Roy Keane, los hermanos Nevillle, Peter Schmeichel, Ole Gunnar Solskjær, Jordi Cruyff y Alex Ferguson, con un hat-trick del noruego Egil Johan Østenstad, un doblete del israelí Eyal Berkovic y un tanto de Matt Le Tissier, pero todo atisbo de mejora se evaporó con un 7-1 en contra en Goodison Park en la decimotercera jornada. A mediados de noviembre, el cuadro del escocés Graeme Souness andaba peligrosamente cerca del descenso.

Abundaban los malos resultados y las lesiones, sobre todo en la parcela ofensiva, y, en ese difícil contexto, Souness, triple campeón de Europa con el Liverpool, recibió una llamada de alguien que aseguraba ser George Weah, mezcla sublimada de potencia, talento y definición. El vigente Balón de Oro (y único africano en conseguirlo), por aquel entonces en el Milan, le recomendó fichar a su primo: un joven delantero que había jugado 13 partidos con la selección de Senegal y que estaba sin equipo tras pasar por Francia. “Ha jugado con Weah en el Paris Saint-Germain y el año pasado estuvo jugando en la segunda división alemana. Veremos. Cuando alguien como él te da una recomendación sueles sentarte y tomar nota”, reconocía Souness, desesperado por hallar un revulsivo y por celebrar una victoria que permitiera calmar los ánimos y enderezar el rumbo, sobre el césped del campo de entrenamiento del Southampton, en la víspera de partido contra el Leeds del 23 de noviembre de 1996. Con el mercado cerrado, la única opción de fortalecer y revitalizar el equipo pasaba por incorporar alguno de los jóvenes que de vez en cuando Souness citaba para entrenarse a prueba.

Mientras Souness hablaba, Dia corría detrás suyo junto a sus compañeros. Junto a Le Tissier y compañía. “El día anterior al partido entrenó con nosotros y era malísimo. No lo podíamos creer”, afirmaba Le Tissier, leyenda del Southampton, para Panenka. “No estábamos seguros de qué hacía ahí. Pensamos que quizás había ganado un concurso para poder entrenar con nosotros”, explicaba en Fiebre Maldini. “Solo entrené con él una vez, el viernes anterior al fatídico día: se unió a nosotros en un cinco contra cinco. Es muy difícil juzgar a alguien con un cinco contra cinco, pero recuerdo pensar ‘no es muy bueno. No superará la prueba'”, añadía en otra entrevista.

En el paleolítico de Internet, sin Google, YouTube, Twitter, Wikipedia ni Transfermarkt, nadie conocía a Ali Dia, ni siquiera en el propio club, pero el sinfín de bajas que atormentaba al equipo hizo que entrara en la convocatoria para recibir al Leeds. Souness tenía previsto poner a prueba al nuevo fichaje en un partido contra el equipo reserva del Arsenal, pero la lluvia obligó a suspender el partido. Sin tiempo para verle en acción, el técnico escocés se vio obligado a convocarle para la visita del Leeds, para completar la lista. “Al llegar al campo le vi en el vestuario. ‘Has ganado un buen premio. Vas a escuchar la charla del equipo y todo’, pensé. Y, de repente, le nombró como sustituto. Estaba en el banquillo, convocado. No nos lo podíamos creer”, sonreía Le Tissier en Fiebre Maldini, volviendo a ese 23 de noviembre.

 

La expectación fue mutando en desconcierto y, después, en estupefacción, y, finalmente, en indignación; al tiempo que The Dell y Souness descubrían un futbolista torpe, sin brújula ni sentido posicional

 

A la media hora de juego, el propio Le Tissier notó un pinchazo en su pierna derecha que le obligó a dejar el césped. Souness giró la cabeza hacia el banquillo y sus ojos se posaron en Dia, para brindarle la oportunidad de su vida. Saltó al verde en el minuto 33, corriendo. “Con el número 33, Ali Dia”, anunciaron los altavoces de The Dell. ‘Dia, Dia, Dia, Dia‘, gritaba The Dell, aferrándose a la esperanza del nacimiento de un nuevo ídolo. Ali Dia podía ser un nuevo Le Tissier. Pudo serlo mientras no pisó el césped, porque el engaño se descubrió al tocar la pelota. Fue el peaje de cumplir un sueño, como en la historia de Cenicienta, aunque en sus primeras acciones gustó su velocidad, su agilidad y su rapidez. Pero en su lista de virtudes para el fútbol profesional no había nada más; quizás ni eso, y solo lo quisieron ver algunos hinchas hambrientos de noticias felices. Dia incluso tuvo una ocasión de avanzar al equipo local, pero ese chut con el interior de su pie derecho se estrelló en Nigel Martyn, junto a sus sueños.

Con el paso de los minutos, la expectación fue mutando en desconcierto y, después, en estupefacción, y, finalmente, en indignación; al tiempo que The Dell y Souness descubrían un futbolista torpe, sin brújula ni sentido posicional. Corría persiguiendo sombras, incapaz de atrapar el nivel del resto. Corría como un benjamín. Como un headless chicken, como un pollo sin cabeza, como le definió Le Tissier, mientras la hinchada inventaba el cántico ‘Ali Dia, it’s a liar, it’s a liar‘. “Era un ciervo tratando de caminar sobre el hielo”, reconocía Le Tissier en Panenka. “Fue increíble: daba vergüenza verle. Parecía Bambi corriendo sobre hielo. Era jodidamente desesperante”, había explicado antes, en un documental inglés. “Su actuación fue casi cómica. Iba vagando por todos lados, como si realmente no supiera que tenía una posición. Ni siquiera sé si hablaba inglés”, añadiría.

Tan gris fue la imagen ofrecida por Dia, con un 30% de acierto en el pase (de un total de 28), que Souness le sustituyó por Ken Monkou en el minuto 85, justo después de que Gary Kelly adelantara al rocoso Leeds. Lee Sharpe, en el 89′, anotaría el definitivo 0-2, aunque la derrota quedó eclipsada por la inesperada irrupción de Dia. Pese a que la derrota acentuaba el mal momento del Southampton, en el vestuario incluso se bromeó sobre la actuación del senegalés, en pequeños grupos. En la rueda de prensa Souness admitió que “nunca le había visto jugar, pero no tengo delanteros. ¿Si he disfrutado con lo que he visto? ¿Disfrutas de una patada en los cojones?”, y lamentó que lo sucedido “demuestra el estado de las cosas en el club, hasta el punto de que un jugador que nunca he visto puede jugar en la Premier.

La historia es tan surrealista que resulta complicado discernir la verdad de la mentira, separar la ficción de la realidad, pero muchos textos aseguran que Souness llamó a Weah para aclarar lo sucedido, y que el punta ‘rossonero

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‘ respondió que él jamás le había telefoneado y que no conocía a ningún Ali Dia. Todo había sido un engaño. Más tarde se supo que Dia también había entrenado a prueba, sin éxito, en el Port Vale, el Gillingham y el Bournemouth, también bajo el aval de George Weah. “Me impactó recibir una llamada de alguien que decía ser George Weah y recomendaba a un amigo. Jamás habría pensado que un hombre como Weah hubiera hablado de Gillingham, pero le hicimos una prueba al muchacho. And he was rubbish, explicaba Tony Pulis, entrenador del Gillingham en los 90, en The Guardian.

Y más tarde se supo, también, que Ali Dia, nacido en Dakar el 20 de agosto de 1965, tenía 31 años aquel 23 de noviembre, y que, como testimonia Transfermarkt, había jugado en el Beauvais, el Cercle Dijon, La Rochelle y el Olympique Saint-Quentin franceses, el Finnairin Palloilijat y el PK-35 Vantaa fineses, el Lübeck alemán, con el que en 1995 jugó dos encuentros y 45′ en la 2. Bundesliga, y el Blyth Spartans inglés. Ni había jugado en el PSG ni con Senegal. Ni era el primo de George Weah. Después de su fugaz paso por el Southampton, jugaría en el humilde Gateshead. “Lo del Southampton fue un malentendido. Ahora quiero olvidarme de eso”, remarcó en su presentación, antes de firmar dos tantos en ocho encuentros. “Fue un futbolista único. Nos invitó a ir a verlo jugar en la Copa África”, rememoraba Paul Thompson, compañero de Dia en el Gateshead, en FourFourTwo. “Cuando llegó, hablaba de su Mercedes. Pero no nos dijo nada de que tenía 15 años. Cuando llegó al parking todos nos echamos a reír”, recordaba Thompson.

 

“Era un ciervo tratando de caminar sobre el hielo”, reconocía Matt Le Tissier en uno de los primeros números de Panenka

 

Unas semanas después de aquel encuentro contra el Leeds, Dia explicó que “Souness me dijo que George le había llamado y le había dicho que soy un buen jugador. No tengo miedo de decir ‘soy un buen jugador, voy a demostrarlo'”. Cuestionado por si era cierto que Weah había llamado a Souness, admitió: “Personalmente, realmente no lo sé”. “A la mañana siguiente regresó para tratarse de una lesión. Y desapareció. Fue la última vez que alguien le vio. Nunca le volvimos a ver. Dejó la factura del minibar del hotel sin pagar. Nunca volvimos a saber de él. No sabemos adonde fue ni donde está. No hemos vuelto a saber de él”, explicó Le Tissier ante las cámaras de Fiebre Maldini, aunque, según el propio programa, la hemeroteca apunta que disputó un segundo partido, contra los reservas del Chelsea.

Se fue sin dejar pista. Sin dejar rastro. Aunque Bleacher Report deshizo sus pasos hasta encontrarlo dos décadas después de ese partido, reconstruyendo su historia desde su Senegal natal, desde la casa de Dakar en la que se crió y creció, soñando con Michel Platini, Arie Han y Rob Rensenbrink. “Recordar esa historia es como meter un cuchillo en una vieja herida”, asentía la madre. “Ali nunca nos hablaba de su vida futbolística. Alguien nos contó que había jugado con el Southampton, y luego lo comprobamos en Internet. Él nunca nos lo contó. Ni siquiera ahora habla de aquello”, lamentaba. “Cuando leímos la historia, había muchas cosas inventadas. Hubiéramos podido contratar un abogado y pelear. But there’s no need. Somos musulmanes: cuando la gente dice cosas malas sobre ti, debes dejarlos hacer y saber que la verdad seguramente prevalecerá algún día”, decía el padre. En el mismo artículo, un compañero de infancia explicaba que siempre repetía que quería llegar al Manchester United, firmar un contrato profesional y construir una casa para su madre y que “cuando veía a los jugadores en la televisión decía que no eran mejores que él”.

“Me han retratado como un mentiroso, y es mentira. Jugué en el PSG, en segunda, del año 1986 al 1988, y ayudé a ganar la Copa de París en 1986 o 1987. Entrené durante dos semanas con el equipo reserva del Southampton. Conocían mis habilidades. Y antes del partido del Leeds jugamos un once contra once y marqué dos o tres goles. Estaba on fire. Me gané mi sitio”, subrayaba el protagonista de la historia, reivindicándose, contradiciendo la historia oficial. “Ha sido doloroso para mí”, añadía. “Tengo la conciencia tranquila. Dios será nuestro juez”, concluía Dia, siempre presente en las listas de los periódicos de los peores jugadores de la Premier League y de los peores fichajes de la historia, siempre a medio camino entre la figura de impostor y la de afortunado por haber podido cumplir el sueño universal de jugar en la élite, protagonista de una historia única. Digna de Hollywood. 25 años después, Southampton recuerda a Ali Dia con una sonrisa, y las 2.000 libras que se llevó de The Dell ya no duelen. Quizás solo a Graeme Souness, que a los 68 años sigue preguntándose quien estaba al otro lado del teléfono. No era George Weah. Quizás fue el propio Ali Dia. O un amigo, o un colega de la universidad de Northumbria, o un representante. Sigue sin saberse. Y quizás es mejor así: mientras no se descubra todas las historias pueden ser ciertas.

 


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