¿Es México la selección más antipática de América? Al menos fue el título de la BBC hace poco más de un año, cuando los aztecas daban tumbos en la clasificatoria de la Concacaf al Mundial de Brasil. La nota, que recogía dolidos testimonios de periodistas centroamericanos, pasó de curioso manifiesto a mensaje inflamable semanas después, cuando Panamá se inclinó con Estados Unidos en un partido que ganaba al minuto 91 y perdió los pasajes a la primera Copa del Mundo de su historia. El beneficiado de la carambola fue, por cierto, la selección mexicana.

Ayer en Atlanta se citaron esas dos banderas, México y Panamá, para dirimir un lugar en la final de la Copa Oro. Poco antes se utilizó el gramado para jugar fútbol, y Jamaica eliminó a Estados Unidos, el local, inmerso en un proceso ambicioso de la mano de Klinsmann, con los lujos que permite un PIB más de mil veces mayor. Fue a mano limpia, armado de dos centelleadas en el área.

Lo que vino después operó como actúa la arena en el fuego. México navegaba a gusto en el partido, como mandaba su historia y aquello del sentido común. Pero Carlos Vela dio un pequeño codazo en el área y solo se le castigó con amarilla, y muy pronto, a los 25, Tejada recibió la roja después de un manotazo en el aire. La decisión arbitral obró un cambio sorprendente en los canaleros, que pasaron a dominar el duelo aprovechando una condición física descomunal. Román Torres, homérico en la grama, le dio la ventaja a su equipo con un testazo tras el descanso.

Los mexicanos enfilaron cabizbajos a las duchas. No había en la cancha indicios de ganador.

La épica pareciera desconcertar al equipo que dirige el Piojo Herrera, acostumbrado a salir sin el cuchillo entre los dientes. Al minuto 88, México, con más de una hora jugando con un hombre de ventaja, no había logrado tirar una sola vez entre los tres palos. El partido anterior, ante Costa Rica, había caído al minuto 122 gracias a un penal inventado. Antes, solo sumaba el triunfo ante Cuba –diezmada por las deserciones y su propio amateurismo-, empatando con Guatemala y el archipiélago de Trinidad y Tobago. No tiene la culpa de esto el aficionado mexicano, estoico, acostumbrado ya a que su selección juega más –mucho más- en suelo estadounidense que en el Azteca para doblar ingresos, a que le cambien el verde de la camiseta por el negro para que Adidas pueda vender más playeras, a que se menosprecie los espectaculares éxitos de su equipo, Copa Confederaciones y oro olímpico incluido, en las últimas dos décadas.

La culpa siempre es resbalosa, pero ayer habrá que buscarla, para empezar, en el colegiado estadounidense Mark Geiger, gesto serio, otrora profesor de matemáticas. A ciento veinte segundos del final, se llevó el pito a la boca y sopló apuntando al punto penal cuando Torres caía, de espaldas, sobre el balón en el área. Indignados, traumados, los panameños amenazaron con no seguir. Geiger no pareció encontrar el número para salir del paso. Pasaron una docena de minutos hasta que los rojos decidieron volver y Guardado, con la elegancia que tiene atada a sus botas, cambió el tiro penal por un bello gol esquinado. No lo gritó.

Lo que vino después fue un fade, una ampolleta que berrea hasta que no queda más remedio que cambiarla. Blas Pérez vociferaba que ahora el árbitro tendría que “cobrar algo para nosotros”, mientras el técnico Bolillo trataba de pedir inteligencia y el capitán Torres lo ignoraba.

Vino el peor cierre entonces, el evidente: un jugador mexicano cayó en el área –para desgracia del fútbol, de nuevo en una cabriola cuestionable-, y Guardado volvió a ejecutar al portero. El pitido último de Geiger, pálido desde horas atrás, consumido por las variables humanas, lo encontró en medio de un grupo de panameños descontrolados, bramando por justicia. Los mexicanos enfilaron cabizbajos a las duchas. No había en la cancha indicios de ganador.