Si los ojos son el espejo del alma, el Barça que saltó ayer en Anfield fue El Dioni. Quiso robarle un gol a la eliminatoria, pero en plena huida hacia delante acabó estrábico: dos ejes visuales bailando de izquierda a derecha a la velocidad que impuso el rival, la imposibilidad de enfocar hacia una única dirección y una dificultad exagerada para coordinar movimientos sin acabar tirado en el suelo. Confusión, mareos, descontrol. No hace mucho, o quizá sí, este equipo podía jugar en cualquier estadio del planeta a ciegas. Y los que tropezaban convertidos en un manojo de nervios eran los otros.

El Barça que saltó ayer en Anfield no quiso aguantarle la mirada a su rival porque creyó que no era necesario. Que con la visión panorámica de uno, Messi, y las pupilas inyectadas en sangre de otro, Arturo Vidal, sería suficiente para asustar al Liverpool. Así pareció demostrarse en la ida, donde los ‘reds’ se sintieron incluso más a gusto que en la vuelta, a pesar de salir escaldados por un engañoso 3-0 que contribuyó a alimentar las esperanzas de un equipo, el azulgrana, que renunció a dominar el partido para evitar comprobar lo mucho que le cuesta lograrlo.

El Barça que saltó ayer en Anfield pensó que podría sobrevivir a la guerra sin el balón como escudo. Y en un contexto tan reactivo, donde la asunción de la resistencia desnuda el poder de intimidación, el miedo suele deparar escenas tragicómicas, como cuando un soldado se dispara en el pie (Jordi Alba) y otro lanza una bomba de humo en su propia trinchera (Coutinho). La tensión competitiva la pusieron los locales, que también corrieron más, pero no necesariamente detrás del esférico, consecuencia del juego culé de antaño. Wijnaldum, revulsivo tras el enésimo contratiempo ‘red’, marcó un doblete en dos minutos aciagos. Y el cuchillo de Origi perforó otras dos veces la cicatriz que había dejado Manolas. La cuarta puñalada de la noche, la definitiva, con giro de muñeca incluido, fue la prueba de que en Europa los rivales hace tiempo que no se toman al Barça en serio. Cuatro años cayendo sin reacción ni juego, más un buen puñado de noches como visitante rezando para que el contrario no tenga su día; esa es la realidad del conjunto culé en las últimas Ligas de Campeones.

 

La cuarta puñalada de la noche, la definitiva, con giro de muñeca incluido, fue la prueba de que en Europa los rivales hace tiempo que no se toman al Barça en serio

 

Aunque dramáticamente mermado, el ejército de Jürgen Klopp no solo se presentó al partido a unas pulsaciones por minuto que el conjunto catalán no necesita para pasearse en La Liga; también demostró tener un plan perfectamente estudiado, algo de lo que careció el conjunto de Valverde a no ser que se entienda como estrategia repetir los mismos errores que en la ida, fiado como ha estado el técnico extremeño desde que llegó al club (y de forma más que legítima) a que el mejor futbolista de todos los tiempos sea Rambo cada semana, participe en más de medio centenar de goles por curso y lidere desde lo emocional al resto de sus compañeros. Lo cual es fabuloso para el espectador porque a Leo da gusto verle… Pero a este Barça, no tanto. La fiabilidad no tiene por qué ser glamurosa y aunque Messi ya ha demostrado ser decisivo tanto desde la excelencia coral como con un machete entre los dientes, lo único que se le exige en la actualidad es que decida. Todo lo demás, es secundario.

El Barça que saltó ayer en Anfield creyó que con los ansiolíticos que el Camp Nou le recetó el pasado miércoles y el sabor de una temporada inmaculada la mente le aguantaría despejada al menos 90 minutos. Mal asunto porque olvidó que un trauma como el de Roma no se cura de un día para otro; fundamentalmente porque nace de otros traumas recientes. Requiere paciencia y voluntad y este Barça no va sobrado en ninguna de las dos cosas. ‘El tiempo corre para Leo’; sirva la penitencia que Messi arrastra con Argentina cada vez que disputa un torneo de selecciones para advertir del riesgo que supone transitar por la máxima competición de clubes desde la necesidad y la obsesión. Porque ni las prisas ni las carreras a contrarreloj han sido nunca sinónimo de Champions. Mucho menos en el Barça, donde los proyectos que han descargado ‘Orejonas’ en primavera se han cocinado a fuego lento y a través de una idea innegociable: la de ser protagonistas.

¿El Barça que saltó ayer en Anfield podría haber caído eliminado siendo protagonista? Sí. Pero no lo fue.