El Sadar se presentó elegante. No era para menos. Tras dos años en Segunda División volvía a la Liga y lo hacía ante un viejo conocido. Quizá por eso, por enfrentarse a su vecino, quiso ofrecer la mejor imagen posible.

Debido a la cercanía, época del año y la buena hora del partido, viajaron muchos aficionados de la Real Sociedad. Tan solo cincuenta minutos separan Pamplona de Donosti. Desde primeras horas de la mañana se dejaron ver por la parte vieja de la capital navarra. Cerveza en mano, camiseta puesta y sombrero de paja. Esa era la indumentaria clásica. La relación entre ambas aficiones es correcta, pese a la cercanía no existe ningún tipo de rivalidad, más allá de que unos y otros quieran ganar el partido. De hecho, el partido casi era lo de menos. A falta de veinte minutos para el inicio, había más gente fuera que dentro del estadio. Se apuraba la cerveza y el pacharán y se disfrutaba de una sombra que muchos no tendrían durante noventa minutos. Las dos aficiones mezcladas, gritando unos pronósticos que terminaban en abrazo.

Poco a poco el Sadar fue cogiendo color. Se llegarían a registrar 16.610 aficionados, una muy buena entrada para ser el primer encuentro de liga. Lo hinchas visitantes se sitúan en la grada más alta del estadio, en la esquina izquierda. Generalmente suelen desplazarse unos cuantos, pero el sábado esa grada era toda txuri urdin. Pocos equipos atraen a tanto aficionado como la Real, uno de ellos es el Sporting. Pero claro, raro es ver a alguien de Pamplona sintiendo los colores del Sporting. En cambio, es común ver a un navarro defendiendo los colores de la Real. Muchos llegaron tarde, aún debían tener la cerveza bajando por la garganta. Entre los aficionados donostiarras imperaba la camiseta de Zurutuza, alguna de Carlos Vela e incluso de John Aldridge.

Entre todos aquellos que llegaron con el partido empezado, emergió el alma de la grada. Un joven aficionado de la Real apareció junto a su novia veinte minutos tarde. Como ese que da una fiesta en casa y aparece el último. Llegó con ganas de animar, y con mucho calor. Ni dos minutos tardó en quitarse la camiseta, ponerse de pie y gritar como si no hubiera mañana. “Qué calor, la hostia”, exclamó. La grada agradeció su empuje, estoy convencido de que hasta Rulli asintió desde su área al verlo llegar. Todo club de fútbol que se precie debe tener un personaje así. Aquel con la capacidad de movilizar a cientos de personas, con un chorro de voz potente y el ímpetu de un loco. Nada más llegar se colocó en un los asientos del final, pero su energía lo terminó llevando varias filas hacia abajo. Al principio animaba solo, en busca de miradas cómplices que siguieran sus cánticos. Y lo logró. Varios asientos por debajo encontró el cariño de unos cuantos que profesaban su religión, y ahí estaban ellos cantando al unísono. La novia de nuestro amigo también animaba, pero a un ritmo bastante más bajo. Mantuvo cierta distancia, quería verle actuar desde una distancia prudencial.

El partido fue lo de menos. Los dos equipos ofrecieron entre poco y nada, entre tanto balón dividido y juego espeso la Real rescató dos goles. Nada más terminar el partido perdí la pista del enérgico hincha. Estaría ya pensando en la próxima salida, o en renovar su repertorio de cánticos.