¿Para qué sirve un chaleco? Uno puede pensar que su utilidad es más bien escasa cuando reflexiona sobre cómo ha ido cayendo en desuso con el paso del tiempo, hasta el punto de convertirse en un elemento pintoresco, más estético que práctico, propio de gente encantada de llamar la atención. Pero la experiencia de lo vivido en el Mundial de Rusia y, por extensión, ante los televisores y las pantallas gigantes de toda Inglaterra, ha contribuido a romper con los injustos prejuicios que caían sobre la prenda sin mangas. Ajustado en la silueta esbelta de Gareth Southgate, el chaleco ha podido, al fin, recuperar su viejo significado, más cercano a la discreción y a la sobriedad que a lo estrambótico. Quizá parezca que, gracias a la aportación del entrenador, esta pieza de vestir se haya modernizado, incluso sofisticado. Pero no: un chaleco es un chaleco. Como Inglaterra es Inglaterra -y pierde como Inglaterra-. Eso sí, el atuendo se marcha del Mundial con dignidad, limpio y desprendiendo aún un aroma fresco. Hasta que la brava Croacia lo hizo desaparecer de nuestras vidas, el chaleco parecía ser una opción interesante por las mañanas, al abrir el armario. Algo que, solo unas horas después de la eliminación inglesa nos parece una locura. ¿Qué van a hacer todos esos ingleses que adquirieron en masa el atavío de Southgate en Marks and Spencer? ¿Realmente volvimos a creer en el chaleco? O, lo que es lo mismo: ¿de verdad pensábamos que Inglaterra podía ser campeona del mundo?  Si la respuesta es positiva es gracias a la obra de Southgate, uno de los nombres inesperados del Mundial más sorprendente de la era moderna.

Criado en un hogar en el que el deporte tenía una presencia importante -su padre lleva toda la vida entrenando a atletas-, el seleccionador inglés accedió al balón de forma natural. Una base teórica desde la que solo pudo elevarse gracias al trabajo y la disciplina, personificando la moral del primero que llega al entrenamiento y el primero que se va a dormir. Cuando aún siendo él un adolescente el Sunderland decidió prescindir de su fútbol, siguió adelante sin dramatizar demasiado, y encontró cobijo en el Crystal Palace. Allí, al sur de Londres, se convirtió en profesional, un futbolista de corte defensivo lo suficientemente eficiente para dar el salto al Aston Villa y labrarse una carrera internacional con la zamarra blanca de su país. Un tiempo, el de futbolista, que para el hoy preparador fue casi ideal: con dos títulos menores, dos Copas de la Liga, pero con lágrimas cuando acarició la gloria con los dedos, al término de la tanda de penaltis que sacó a los ingleses de la Eurocopa que disputaban en casa, en 1996. Un lanzamiento fallado por Southgate los condenó, pasando el futbolista de Watford a formar parte de la leyenda negra del combinado nacional, uno más en la colección de recuerdos negros que se recuperan a modo de aperitivo cada verano de cada año par -y a la que ahora se añade el gol de Mandzukic-. Una de esas heridas que nunca dejan de escocer. 

Cerró su carrera perdiendo la final de la UEFA ante el Sevilla, cuando era jugador del Middlesbrough, el mismo club que le abrió una vía profesional en los banquillos. Quizá era demasiado pronto, una manera empezar la casa por el tejado que no iba con su personalidad metódica y ordenada. Dos años y medio de altibajos, con un descenso y un despido inesperado en 2009, cuando tenía argumentos para creer en la vuelta a la Premier, lo llevaron a replantearse su camino. Sin nuevas ofertas interesantes en el horizonte, Southgate no abandonó. Como cuando aquella puerta se le cerró a los 13 años, abrió otra. Rehizo el camino, volvió a la casilla de salida, estudió, viajó, vio y aprendió. Pasó a formar parte del organigrama de la Football Association, creció al mando de los sub-21 ingleses y cuando The Telegraph destapó el escándalo del seleccionador Sam Allardyce y sus ‘consejos’ a empresarios para saltarse el control de la federación, le llegó de nuevo la oportunidad. Empezó como interino, pero los resultados no dejaron más opciones a los jefes de la FA que la de entregarle plenos poderes, iniciando un reto mayúsculo que asumió sin miedo. De la forma más casual, el cargo de mánager de Inglaterra cambiaba de enfoque, dejaba de pertenecer a una personalidad marcada de los banquillos -Eriksson, McClaren, Capello, Hodgson…-, con sus tics y vicios adquiridos, y le caía a un currante aún joven y con la experiencia justa: nacido hace 48 años en Watford en una familia de clase media, Southgate probablemente vista chaleco porque dicha prenda, aun siendo un atuendo elegante, le permite a uno arremangarse y acometer cualquier tipo de trabajo.

 

Southgate probablemente vista chaleco porque dicha prenda, aun siendo un atuendo elegante, le permite a uno arremangarse y acometer cualquier tipo de trabajo

 

Mientras desde la propia federación se enviaba el mensaje de que venían años de sequía y de reconstrucción, Southgate estaba determinado a aprovechar el potencial de la generación que tenía en sus manos. En un deporte cada vez más igualado, el rey es quien saca más partido a las ganancias marginales que esconde cada detalle. Solo hay que prestar atención. Y en su largo camino desde su marcha del Middlesbrough hasta la semifinal perdida del miércoles, Southgate se dejó llevar por un ansia de conocimiento que lo llevó a viajar hasta los Estados Unidos, donde pudo empaparse de conceptos tácticos del baloncesto y el fútbol americano. En especial, de la ocupación de espacios y del arte del bloqueo. Después de comprobar cómo Inglaterra no había producido absolutamente nada a balón parado ni en las Eurocopas de 2012 y 2016 ni en el Mundial de 2014 -ningún gol en 72 córners-, necesitaba respuestas, ideas y recursos. La solución, esa icónica y rocambolesca fila india, a veces tren humano, a veces conga, con la que los posibles rematadores ingleses se sitúan en el área rival antes de una acción de estrategia. El balón parado ha funcionado: nueve de los once goles del equipo en la presente Copa del Mundo han llegada en acciones de este tipo. Un ejemplo concreto para constatar un hecho general: se ha terminado la desidia que marcaba los tiempos pasados, en los que Inglaterra llegaba a grandes torneos por pura inercia, a lo bruto, ignorando el poder de lo sutil y confiando sus escasas opciones a la inspiración de un par de jugadores que sobresalían por encima del resto. Aun siendo el suyo un planteamiento simple y básico, como el de un chaleco, con Southgate Inglaterra ha conseguido tener una idea seria que hasta podría ser ganadora. 

Aunque habitualmente complementen la indumentaria clásica de la alta sociedad británica, los chalecos no son solo cosa de ricos. Uno puede trabajar diez horas llevando uno sin dejar de ser productivo ni perder un ápice de credibilidad. El chaleco salta de clase en clase y se pasea de derecha a izquierda con naturalidad. Es tan democrático como la propia Inglaterra de Southgate: por primera vez desde los tiempos anteriores a David Beckham, nadie ha llevado un traje más caro que el resto. El peso del liderazgo de los Three Lions ha descansado en tierras rusas sobre los hombros de varios futbolistas a la vez, no solo de un elegido señalado como líder. Un grupo corto, de no más de 15 jugadores, del que Harry Kane es el capitán. Pero lo mucho que se tardó en conocer quién llevaría el brazalete en Rusia indica que los tiempos en los que Inglaterra era un conglomerado de obreros que apoyaban a dos o, a lo sumo, a tres futbolistas de relumbrón han quedado atrás. La idea de Southgate en este torneo se ha basado en el colectivo, en ser un conjunto en el que no hay nada ni nadie imprescindible -tampoco prescindible, he ahí la clave para mantener unido al grupo de 23-. Apoyado esencialmente sobre las influencias de casos de éxito como el Tottenham y el Manchester City, los internacionales ingleses, aun hundidos tras la derrota contra Croacia, pueden reclamar como suya la victoria sobre el integrismo y la tozudez, que solo llevó al caos y la improvisación, endémico mal de un equipo nacional que desde 1990 casi únicamente regaló frustraciones. Las influencias de la tan heterogénea Premier League, punto de encuentro de culturas, estilos y filosofías -del Burnley al Chelsea, pasando por los mencionados equipos de Pochettino o Guardiola-, ha acabado al fin por enriquecer a la selección. Aunque suene paradójico, no deja de ser un proceso natural; aferrarse a la tradición, en lo futbolístico, es ya contracultural. Y en un Mundial en el que el éxito se ha basado en la flexibilidad, en la combinación entre transición y dominio, entre elaboración y balón parado, en el relativismo de jugar siempre en función del rival, beber de distintas fuentes es una bendición. Eso, sumado al sentido práctico de la filosofía de Southgate, explica por qué los ingleses, al fin, se han sentido incluso cómodos en un Mundial, dado que está siendo un torneo en el que han triunfado los bloques que han sabido tomar el camino más sencillo y corto para ir del punto A hasta el punto B. 

Con una crisis política abierta en Londres, con las intrigas del Brexit y su fuego cruzado derivado, y hasta con Donald Trump de visita oficial por las Islas el día después de la debacle futbolística, es fácil entender por qué este año se ha tarareado el It’s coming home con mucha más fe de lo habitual. Se buscaban referentes, y símbolos como la canción popularizada en la Eurocopa del ’96. Southgate es uno de ellos. El mismo Southgate que respiró cuando Dier marcó desde los once metros para superar en octavos a Colombia y ganar la primera tanda mundialista para los ingleses. El mismo Southgate que acto seguido se fue a consolar a Uribe, uno de los que erró para los cafeteros, en un acto de empatía que fue muy aplaudido. El mismo que ayer, tras la debacle contra Croacia, después de ver como su equipo no solo caía derrotado, como casi siempre, sino que que desaprovechaba la mayor oportunidad que quizá le ofrezca nunca la vida de reeditar el ’66, expresó que Inglaterra se había “convertido en un equipo ganador”. Para eso sirve perder. Aunque no lo parezca, puede ser muy útil. Para eso sirve un chaleco.