Argentina es fútbol. Una nación que en cada sobremesa de fin de semana huele a césped recién cortado, grasa de caballo y pasión; sobre todo, mucha pasión. Una pasión, en ocasiones, desmedida. Así pues, cada vez que la pelota comienza a rodar, una efervescencia emocional prende cada uno de los corazones de los hinchas argentinos que viven por y para el balompié. Entre ellos, el de Lucas Ledezma. Este argentino de 30 años, nacido en la pequeña localidad de Toledo -situada al sudeste de la provincia de Córdoba- vio en el fútbol una oportunidad de cumplir sus sueños.

Dividiéndose entre sus dos deportes favoritos: el fútbol y el ciclismo, el argentino decidió, ya en 2014, acudir en bicicleta a la Copa del Mundo disputada en Brasil. 2.800 kilómetros de sufrimiento, devoción por el deporte y esperanza por ver a Argentina coronar la cima del fútbol mundial no fueron suficientes para que Ledezma dejara de seguir recorriendo el mundo encima de su bicicleta.

En 2015 y con motivo de la Copa América celebrada en Chile, el hincha argentino realizó la misma operación; en esta ocasión, fueron 1.040 los kilómetros que le separaban de su meta. Dos logros, sin duda, memorables, pero el argentino -como sus compatriotas, si algo posee es esa capacidad, casi inhumana, de entregar todo lo que tiene hasta lograr lo imposible- quería volver a hacerlo. El objetivo estaba claro: la Copa del Mundo de Rusia’18, abanderando -una vez más- una cruzada por el deporte y la actividad física. El más difícil todavía. Y esta vez sería para lograr algo más que la satisfacción personal de haberse esforzado al máximo para ver a su selección. Ledezma haría los 14.500 kilómetros que le separaban desde la ciudad argentina de Córdoba hasta Moscú con el fin de recaudar materiales y fondos para construir una escuela para jóvenes discapacitados en Toledo, su pueblo natal.

El ciclista argentino, cuya condición de profesor de educación física le hace estar todavía más ligado al deporte, conseguiría una gesta heroica. El camino sería muchísimo más duro que en las dos ocasiones anteriores, en las que únicamente necesitó 20 y once días, respectivamente, para llegar a su destino. Ahora serían casi seis meses de ruta. Medio año en el que miraría de tú a tú a sus condiciones físicas y psicológicas, retándolas para la consecución de un sueño. Casi una quimera.

 

“Los pensamientos, nacen como locuras, pero se convierten en grandes desafíos”

 

Así que el argentino, con una bicicleta bien distinta a la que utilizó en su primer viaje –aquella se la regaló su padre y estaba hecha con piezas de distintas bicis-, se aseguró el casco, se ató las zapatillas, llenó su mochila de optimismo y fuerza de voluntad y emprendió el camino el 5 de enero de este año hacia un futuro mejor para sus alumnos.

La soledad del ciclista

No fue aquel, precisamente, un día de Reyes que hubiera imaginado tiempo atrás, pero bien es cierto que Lucas -con toda la ilusión del mundo- iniciaba el camino para hacerle el mejor regalo posible a los niños de su pueblo. Ledezma recorrería el camino entre la ciudad de Córdoba y el sur de México, donde cogería un avión rumbo a España para, más tarde, emprender su ruta europea en dirección a Moscú.

Alrededor de los 21 países, los tres continentes y los 14.500 kilómetros que atravesaría durante el viaje, Lucas se encontró con todo tipo de condiciones adversas que le dificultaron avanzar hacia su objetivo. “Nunca pensé que la soledad fuese tan cruel en esas rutas, en las que el frío golpea y el corazón se entristece”, explica. El argentino destaca la dificultad que le supuso el Paso de Jama -en la frontera entre Argentina y Chile-, a 4.800 metros de altitud, y para el que Ledezma tuvo que hacer noche en tres ocasiones consecutivas en medio del desierto, donde por el día la asfixiante calor y, por la noche, el frío extremo, la falta de oxígeno y el constante viento fueron sus mayores enemigos. Pero no los únicos.

Con tantos días fuera de casa, pedaleando sin parar en busca de una meta demasiado lejana, la soledad es una piedra grande en el camino. Demasiado grande, tal vez. Más que el cansancio físico, Ledezma acusó de gran manera un desgaste mental que, en ocasiones, le hizo plantearse abandonar el reto. Ante esto, afirma: “Si me preguntan cómo lo hice para continuar avanzando, solo puedo decir que imaginé lo mismo que cuando hice mi primera ruta: a mis padres, mi familia y mis amigos pedaleando a mi lado, empujándome la bici para llegar más fácilmente al objetivo”.

Lo de Lucas es otro rollo. Es tirarse al vacío sin red alguna; hacer paracaidismo sin paracaídas. Este argentino dependiente de esa adrenalina que solo proporciona el hecho de dejar el bienestar personal en manos de la aventura, ha viajado de Argentina hasta Rusia sin tener comprada ninguna entrada. Sin tener garantizado su acceso al estadio para ver a su selección. Sin saber si, después de tantos kilómetros y emociones, podría ver a sus ídolos luchar por estampar la tercera estrella en el pecho de todos los argentinos. De locos. Algo que él mismo se encarga de normalizar: “Los pensamientos, nacen como locuras, pero se convierten en grandes desafíos”. Por suerte, un paisano, el también cordobés Paulo Dybala, conoció la historia de Lucas y días antes del debut de la albiceleste en el Mundial, le otorgó unos pases para poder ver en directo el primer partido de Argentina en Rusia. El plan volvió a salir perfecto, aunque no era la primera vez que ejercía esta estrategia para cumplir sus objetivos: tanto en el Mundial de Brasil como en la Copa América de Chile, en 2014 y 2015, Ledezma se las apañó para poder ocupar un asiento dentro del recinto deportivo sin haberlo comprado antes de emprender su viaje.

“Nunca pensé que la soledad fuese tan cruel en esas rutas, en las que el frío golpea y el corazón se entristece”

De momento, el sueño de conseguir fondos para la construcción de la escuela para sus alumnos con discapacidad ya es una realidad. Y seguro que en las próximas citas importantes de su selección, estará allí para conseguir muchos más logros para su pueblo. Este treintañero que coció lentamente su pasión futbolera vitoreando los éxitos del Club Atlético Talleres de Córdoba, desatará su argentinidad este verano por Rusia, en una experiencia realmente catártica en la que el deporte es el hilo conductor de una tremenda lección de vida.