Por la desaparición de 110 niñas en una aldea del Estado de Yobe tras un nuevo ataque de Boko Haram. El incidente, ocurrido en febrero, fue uno de los más graves de este tipo desde que la secta yihadista raptara a más de 270 chicas en la ciudad de Chibok en 2014. Unas semanas más tarde, a finales de marzo, el grupo terrorista liberó a un centenar de las secuestradas. Aunque el gobierno no se pronunció sobre el paradero de las chicas que faltaban, los medios locales apuntaron a que habrían muerto por asfixia después de su secuestro. Un nuevo capítulo negro que agranda la herida de la sociedad nigeriana, maltrecha y cansada de vivir bajo la amenaza permanente de Boko Haram. Ni tan siquiera el fútbol le sirve como vía de escape.
Durante la disputa del pasado Mundial de Brasil, justo por las mismas fechas en las que Nigeria certificó su pase a octavos, en el país se produjo un nuevo atentado en el que murieron más de veinte personas. La cara con la que el seleccionador de entonces, Stepehen Keshi, salió a la rueda de prensa, lo decía todo. No había nada que celebrar.
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