Miradas

¿Cocaína en las áreas?: un avance de ‘No es solo un juego’


Europa no es solo la tierra que alumbró el fútbol. Europa no es solo el frente en el que batallan los clubes más poderosos. Europa no es solo el escenario en el que brillan las grandes estrellas. Europa es un enorme tablero donde se cruzan tradiciones, culturas, memorias y pueblos. Todos ellos unidos y a la vez enfrentados por una pasión, el balón. Jordi Domínguez, con este libro, propone un juego: recorrer el pasado y el presente de este continente a través de sus cincuenta y cinco federaciones balompédicas. Un itinerario que escapa de los episodios y los nombres de siempre, para desenterrar curiosidades y mitos sin dejar ningún rincón por explorar. El fútbol europeo como nunca se ha contado. Barajen las cartas y que comience la partida.


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Quizá hayas visto Rabo de Peixe, la serie que Netflix lanzó en 2023, pero si no sabes de qué va esta historia, quedas avisado: es droga dura. Nos situamos en São Miguel, la mayor y más poblada de las nueve islas que forman el archipiélago de las Azores, territorio bajo soberanía portuguesa en pleno océano Atlántico. En junio de 2001, un velero procedente de Venezuela rompió el timón cerca de sus costas y quedó expuesto a lo que el mar quisiera hacer con él. Pedir auxilio no era una opción por una razón de peso: la embarcación iba hasta arriba de cocaína. Antes de intentar llegar a un puerto y reparar la avería, su único tripulante fondeó una parte del alijo y escondió el resto en las escarpadas cuevas de la isla. Cuando todo parecía bajo control, dirigió el buque hasta Rabo de Peixe y luego hasta Ponta Delgada para arreglar el timón. El plan era recuperar la merca tras pasar por el astillero y continuar la travesía hacia su destino final: las Baleares. Pero todo salió mal.

Mientras exploraba su zona de trabajo habitual cerca de la pedanía de Pilar da Bretanha, un pescador local se topó con casi trescientos fardos escondidos en una gruta. A los pocos días, otro marinero descubrió 150 kilos más en otra cueva. Y así, tras varios hallazgos, las autoridades aprehendieron media tonelada de cocaína. Pero había mucha más escondida, y lo peor estaba por llegar. La virulencia del mar azoriano liberó decenas de fardos hasta entonces en paradero desconocido y los paquetes empezaron a flotar hasta distintas playas de São Miguel. Muchos acabaron en Rabo de Peixe, una de las villas más pobres de Portugal. En un lugar tan desfavorecido, aquello fue un regalo envenenado de Neptuno.

 

Todavía hoy permanecen algunas historias surrealistas que hablan de mujeres rebozando pescado con cocaína y hombres echándola a cucharadas en el café

 

Hasta entonces, las únicas sustancias estupefacientes al alcance de la población local eran el hachís y, como mucho, la heroína. Decenas de ladrillos de la droga de los ricos escupidos por el mar tendrían consecuencias devastadoras. Esa farlopa sin cortar, además, presentaba un elevado grado de pureza. Si te pasabas de la raya lo pagabas con la muerte. El hospital de Ponta Delgada empezó a recibir un goteo constante de pacientes con sobredosis. Había tanta cocaína en las calles que no se distribuía en gramos, sino en vasos y a precio de saldo. Por apenas veinte euros podías comprar un envase de cartón repleto de polvo blanco. En cuanto se corrió la voz, drogadictos y drogocuriosos de toda la isla aparecieron en busca de aquella nieve de rebajas.

Todavía hoy permanecen en la memoria colectiva algunas historias surrealistas, leyendas repetidas hasta pasar por reales, que hablan de mujeres rebozando pescado con cocaína y hombres echándola a cucharadas en el café. No por vicio, sino por puro desconocimiento: creían que aquello era harina o azúcar. Los más viejos del lugar aseguran que esas chaladuras son una mentira tan grande como la isla de São Miguel. Ellos presentan un Rabo de Peixe muy distinto: una villa humilde y trabajadora, con una comunidad de gente de mar orgullosa de sus orígenes, unida y solidaria, y recelosa de quienes acuden hasta allí atraídos por el morbo, con ideas prejuiciosas y cargadas de estigmas. “Rabo de Peixe no é isso”, dicen con su fuerte acento azoriano. “É a melhor vila do mundo”, aseguran sin levantar la mirada del pescado que acomodan en cajas.

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Las autoridades recuperaron unos quinientos kilos de cocaína, pero un velero de esas características, con catorce metros de eslora, podía almacenar hasta tres toneladas. ¿Quién se arriesgaría a hacer una travesía transportando esa carga cuando el negocio podía multiplicarse por seis empacando el yate hasta arriba? Nadie sabe con exactitud qué cantidad acabó en las manos equivocadas. En 2001, las Azores eran el punto donde menos droga se consumía en Portugal. En 2017, ya lideraban la tabla, y según el último estudio quinquenal del Servicio de Intervención en los Comportamientos Adictivos y las Dependencias (SICAD), en 2022 seguían por encima de la media nacional. Paulo Paiva, psicólogo del Proyecto Equipa-TE, cuyo objetivo es mantener a los jóvenes azorianos lejos de las malas tentaciones a través del deporte, me explica que “el boom de la cocaína ya pasó porque hubo un momento en que la sustancia se terminó. Ahora, el principal problema son las drogas de diseño”.

El Jornal do Noite del canal de televisión SIC Notícias visitó Rabo de Peixe dieciocho años después del desastre para resucitar la historia y hablar con sus protagonistas. O con los que todavía vivían para contarlo. En el reportaje, titulado Ilha traída pelo mar (‘isla traicionada por el mar’), la periodista Carolina Valadas charla con un tipo que vivió todo lo que cuenta de primera mano. “Donde están esas casetas en las que ahora trabajan los pescadores”, dice señalando hacia un lugar fuera de plano, “antes era una gran esplanada de tierra. La gente solía jugar al fútbol allí. Un día llegó un grupo de chavales diciendo: ‘¡Necesitamos esa harina!’. Harina, decían… No sabían ni lo que era eso. Preguntamos para qué la querían, y respondieron que la querían para pintar las líneas del campo de fútbol”. El campo del que hablaba ese tipo, sin embargo, no es el del Clube Desportivo Rabo de Peixe.

 

“Un día llegó un grupo de chavales: ‘¡Necesitamos esa harina!’. No sabían ni lo que era eso. Preguntamos para qué la querían, y respondieron que para pintar las líneas del campo”

 

El equipo de fútbol de la localidad, fundado en 1985, jugaba entonces en un estadio que ya no existe. En 2016 vendieron los terrenos a la conservera Cofaco para permitir la ampliación de su planta y mantener casi doscientos puestos de trabajo. Que se sepa, ningún empleado del club usó cocaína para delimitar las áreas del antiguo terreno de juego. Sergio Pirés, periodista de Mais Futebol, me pone al día de la idiosincrasia del club: “Rabo de Peixe es una de las poblaciones más pobres de Portugal. Según las estadísticas, el 30% de sus residentes viven de las ayudas del Estado, presenta una de las tasas de abandono escolar más altas de Europa y son desgraciadamente conocidos los problemas de drogodependencia que sufre una parte significativa de sus jóvenes, algo que se asocia a esta villa desde el famoso caso del velero. Más que un lugar peligroso, Rabo de Peixe es un sitio en el que faltan recursos. La mayoría de sus vecinos se dedican a la pesca y, tradicionalmente, el equipo de fútbol ha recibido el apoyo de la cofradía de pescadores, que dedicaba una pequeña parte de sus beneficios a la financiación del club. Ahora ya no es tan común, pero en sus primeros años la mayoría de futbolistas eran marineros de la propia pedanía que faenaban de madrugada y sacrificaban horas de sueño para jugar. Sobre la leyenda urbana de las líneas del campo pintadas con cocaína, no es más que eso, una leyenda”.

En 2023-24, el Rabo de Peixe disputó por última vez el Campeonato de Portugal, la cuarta división del fútbol luso. Nunca ha sacado las branquias más arriba. Pese a perder la categoría, aquel curso se dio una alegría conquistando por segunda vez consecutiva la Taça de São Miguel, el torneo copero que enfrenta a distintos clubes de la mayor isla de las Azores. El club con más solera del archipiélago, sin embargo, es el Santa Clara, el único que ha alcanzado la máxima categoría lusa e incluso ha competido en Europa. Radicado en Ponta Delgada, los ‘açoreanos’ son el equipo más occidental que ha participado en las competiciones continentales a lo largo de la historia. Aunque, sin duda, el mejor embajador de su fútbol ha sido Pedro Miguel Carreiro Resendes, más conocido como Pauleta. Exdelantero del propio Santa Clara, Deportivo de La Coruña o Paris Saint-Germain, disputó dos Eurocopas y dos Mundiales con Portugal y celebró sus más de trescientos goles batiendo las alas como un azor, el ave que da nombre a su archipiélago natal. Desde 2004, su fundación en Ponta Delgada hospeda a centenares de futbolistas de hasta diecisiete años a quienes no solo forman como deportistas, sino también como personas. Algunos de ellos son chicos y chicas procedentes de centros de acogida a los que, a través de la pelota, se les da la oportunidad de regatear los peligros de la calle y evitar los tackles de la droga. Son los goles más importantes de Pauleta, y también se celebran batiendo las alas como un azor.

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Jordi Dominguez

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