Si la hinchada del Watford hubiera podido llenar Vicarage Road durante el año quizá le habría cantado aquello de How wonderful life is since you’re in the world…, de Moulin Rouge. Quizá incluso Elton John, autor de Your song y figura clave de la entidad, se hubiera sentado al piano para agradecerle lo conseguido. “Lo curioso es que es una de mis canciones favoritas de siempre, junto a alguna de El Canto Del Loco”, admite, riendo, Xisco Muñoz (Manacor, 1980), un mes después de devolver al Watford a la Premier League y de convertirse, según datos de BeSoccer, y pese a su juventud, en el entrenador con mejor porcentaje de victorias de toda la historia de la Championship, de entre los que han dirigido un mínimo de 20 partidos: con un 66,75%, se ha situado justo por delante de Nuno Espirito Santo (65,2%) y Rafa Benítez (63%); con un balance de 18 triunfos y apenas cinco derrotas en 26 partidos de liga.

Xisco, que a finales de año relevó a Vladimir Ivić en un banquillo siempre complicado, repite cien veces, quizá mil, la palabra disfrutar, casi en cada una de sus largas respuestas. “A veces es difícil, pero hay que disfrutar”, afirma el técnico de los ‘Hornets‘, exjugador del Valencia, con el que alzó una liga, una UEFA y una Supercopa de Europa, el Recre, el Tenerife, el Betis, el Levante, el Dinamo de Tbilisi, donde también inició su camino como entrenador, y el Nàstic de Tarragona. Xisco, un tipo sencillo que retuitea todo lo que tiene que ver con él, explica que ha comenzado una colección de botas antiguas. “El otro día encontré unas Kelme que habían sido mías. No sé cómo le llegaron al chico que se las compré, pero son mías porque solo las hacían para mí. Llevan mi número y mi nombre. Eran mías. ¡Eran mías! Quiero tener todas las botas con las que jugué”, añade el balear; consciente de que son los pasos que dio ayer y anteayer, desde que empezó a ponerse de pie en su Manacor natal, los que le han conducido hasta aquí. 

 

“Recordaré toda la vida el día que el director del colegio le dijo a mi madre: ‘Antonia, tienes que pasar a pagar la factura del fútbol de tu hijo’. ‘¿Cómo? Si mi hijo no juega a fútbol’, dijo ella. Así se enteraron mis padres”

 

Cuando la semana pasada empecé a preparar esta entrevista lo primero que pensé que debía preguntarte era: ¿cuándo y cómo ha cumplido ya Xisco Muñoz, ese chaval que siempre sonreía, que en la primera foto de su perfil en BDFutbol incluso sale con uno de esos collares que solíamos comprar en la playa, en verano, 40 años? ¿Qué fue de la perilla? Nos hacemos mayores, y el fútbol quizás es una de las cosas que más evidencian e ilustran el paso del tiempo.

El tiempo pasa, sí. Pero me siento un afortunado de seguir teniendo el fútbol en mi sangre. En mi día a día, en mi vida. Es mi vida, en definitiva. He tenido la suerte de vivir las tres partes del fútbol. He sido un aficionado más. Un aficionado que iba a animar al Mallorca en la grada, o incluso desde el mismo césped, siendo recogepelotas. He podido ser futbolista profesional, y vivir títulos, momentos mejores, momentos peores, ascensos, descensos, competiciones europeas. Me siento un privilegiado de haber podido ver de verdad lo que es el fútbol. De haber vivido de todo, todas las caras de este deporte. De haber podido estar en el primer nivel. Me siento un afortunado tanto por las alegrías como por las penas, porque tanto las primeras como las segundas me han servido para aprender a valorar mucho más las cosas. Y ahora como técnico también me siento un privilegiado, porque en dos o tres años de carrera voy a entrenar en la mejor liga del mundo, o en la mejor liga del mundo junto a la española. He podido disfrutar esas tres partes del fútbol, aprendiendo muchísimo de cada una de ellas. Y ahora quiero continuar disfrutando y mejorando como entrenador.

¿Cómo empezó el camino?

Empezó en mi colegio, en La Salle. Jugaba a fútbol sala con los mayores, sin que mis padres supieran nada. Recordaré toda la vida el día que el hermano Ricardo, el director, le dijo a mi madre: ‘Antonia, tienes que pasar a pagar la factura del fútbol de tu hijo’. ‘¿Cómo? Si mi hijo no juega a fútbol’, dijo ella. Así se enteraron. Y así empezó todo, siempre con un apoyo y un sacrificio brutal por parte de la familia, de mis padres. Vivíamos a 60 kilómetros de Palma y desde que me fichó el Mallorca, con 13 o 14 años, había que hacer una hora de coche para ir y una hora para volver casi diariamente. Días de lluvia y días de sol. Carreteras nuevas y carreteras antiguas. Mi padre era mecánico y puso una luz para que pudiéramos hacer los deberes en la vuelta. Recuerdo romper varias veces esa bombilla. Y también recuerdo, volviendo a la infancia, empezar jugando con unas Munich para pasar, después, a las Copa Mundial. También tuve unas Marco: no eran las más típicas, pero eran las más cómodas. También recuerdo el Tango Napoli que me regaló mi padrino. Para mí era algo tan sagrado, tan preciado, que ni siquiera tocaba el suelo esa pelota. El de jugar era el Mikasa. Si te ponías en la barrera, el tatuaje te duraba toda la semana. Era un tatuaje de los permanentes. Es bonito recordar los principios. Los campos de tierra. Luego pasas a ser un poco más profesional y todo cambia. No es que sea menos puro, después también lo es, pero cuando juegas con los amigos del pueblo todo es un poco más fácil, menos complejo. Ahí, si se rompían las botas las pegabas y pa’lante.

En agosto se cumplirán 20 años del debut en Primera, con el Tenerife y de la mano de Pepe Mel, y en septiembre hará 21 años del estreno en Segunda con el Recreativo de Huelva, con Lucas Alcaraz. ¿Cómo recuerdas esos días?

Cuando yo empecé a jugar mi sueño era llegar al Mallorca, luego jugar con las inferiores de la selección, luego tocar Segunda División B, luego entrar en Segunda A y luego debutar en Primera. Y lo logré. Igual habría 400 jugadores en Primera División, con, quizás, 150 extranjeros, y entonces te das cuenta de que poder ser una de esas 250 personas que están ahí es increíble. En aquellos momentos recuerdas el sacrificio que ha habido detrás de todo ese camino el apoyo de la familia y los amigos y todos los compañeros que se han ido quedando atrás. En esto debes tener la suerte de estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. Recuerdo todos aquellos días como momentos especiales, con nostalgia.

¿Es posible ser tan feliz como entonces, como cuando eres futbolista? Quizás ser entrenador no es lo mismo que ser futbolista, pero quizás, a la vez, es lo único que se le acerca un poco.

Tú, como jugador, estás acostumbrado a disfrutar de 24 personas, de 24 historias, de 24 risas, de 24 bromas y, de repente, llega un día que se baja la persiana, y siento que no hay mejor manera de poder seguir lo más cerca posible de todo esto y de seguir oliendo lo que lo que de verdad es estar con 24 chicos que esta. No hay otra forma de hacerlo. Simplemente antes estaba dentro y ahora estoy medio metro fuera. Solo son 50 centímetros, e intento que sea lo mismo. Lo intento. No quiero ser una figura más importante: en el training ground, desde el utillero hasta el director deportivo, nadie es menos ni más que nadie. Me gusta que mis futbolistas sepan que estoy a su lado, que sepan que yo sé lo que es ser futbolista. Yo he estado ahí. Yo sé cuando te intentas escaquear. Sé cuando lo haces bien, cuando lo haces mal. Sé lo que sientes cuando lo quieres hacer bien y lo haces mal. Sé cuando tienes miedo a hacer cosas, que es un gran problema del fútbol y del mundo actuales: yo no quiero causar miedo en el vestuario, yo quiero transmitir confianza. El fútbol depende del error. Hay que ser valiente, hay que convivir con el error y persistir. Estamos en una sociedad en la que parece que equivocarse es malo. Hay que ser honestos: tengo 40 años, estoy empezando y me puedo equivocar. Todos podemos equivocarnos. Vamos a intentar hacerlo todo de la mejor manera posible, pero vamos a probar. Vamos a equivocarnos. Vamos a aprender. Vamos a generar. Podría limitarme a dar opiniones ventajosas, porque al final hoy tenemos tantas tecnologías que puedes repasar las jugadas hasta encontrar lo que quieres, pero prefiero ser muy cercano. Porque es como lo siento, además. Me gusta respirar lo que respiran ellos. Me gusta sentir lo que sienten cuando ganamos y cuando perdemos. Pero, además de esa cercanía, también debes estar preparado, porque al exfutbolista que entra en un vestuario como técnico se le tiene respeto los 15 primeros días, y después si no estás preparado y no le ofreces soluciones el futbolista deja de creer en ti.

Juan Carlos Unzué me decía, hace unas semanas, que siendo entrenador “no te sientes partícipe de la misma forma, pero, a la vez, cuando eres futbolista tienes la sensación que bastante tienes con preocuparte por ti. Se tiende a ser más egoísta: bastante tensión te genera la situación personal. Es muy curioso cómo cambia la percepción de la realidad cuando pasas al otro lado de la línea. El cambio es muy grande: la preocupación principal cuando eres técnico ya no es la personal. La visión y las preocupaciones son en esencia totalmente diferentes, y la sensación de sentirse involucrado con el grupo también”. ¿Lo compartes?

Cuando eres futbolista piensas en ti, en tu espalda, en tu jugada, en tu momento, en lo que juegas y en lo que no juegas. No es que seas 100% egoísta, pero piensas en rendir bien, en ofrecer lo mejor, en aportar el máximo. Yo tuve la suerte de aprender a retirarme: en mi último año como futbolista lo daba todo, lo prometo, lo intentaba todo para dar el máximo nivel, pero no me daba: los que iban conmigo me pasaban por el lado como aviones. Entonces tienes dos caminos: amargarte, putearte y joderte, que no fue el caso, o intentar ayudar a crecer al otro a través de competir con él. A partir de entonces empecé a ver cómo sería como técnico, pero también es cierto que ser entrenador se lleva dentro. Es un proceso, como todo, pero es algo que tienes que nacer para ello.

Más allá de las dos ligas ganadas como jugador y las dos ganadas como entrenador, ¿qué te dio Tbilisi?

Llevaba diez o 12 años en la liga española, entre Primera y Segunda, y las inquietudes me llevaron ahí. Quería entender cómo se vive el fútbol fuera de España. Cómo se entiende, cómo se aprende, cómo se transmite. Qué sensaciones genera. Quería descubrir maneras diferentes de entender el fútbol, y una cultura nueva. ¿Me hubiera gustado más ir a otro sitio? No sé. Me salieron Tbilisi y el Dinamo, un club histórico. No pudimos meter al equipo en la UEFA, ni como futbolista ni como técnico, pero disfruté la experiencia y aprendí muchísimas cosas. En diciembre nos proclamamos campeones por segundo año seguido, y justo después llegó el reto del Watford. El equipo estaba hecho para regresar a la Premier League, pero las cosas no iban como se esperaba. Era un reto bonito e interesante. Era un reto brutal. Todo el mundo habla de la Championship com la sexta mejor liga del mundo. Hay muchos partidos, mucha intensidad, mucha emoción; situaciones incontrolables a nivel táctico. Es fútbol de verdad. Es un espectáculo adictivo porque es precioso. Es una pasada. He disfrutado muchísimo del fútbol inglés, y de la pasión y la intensidad con la que se vive ahí.

¿Cómo explicarías lo que ha pasado en Vicarage Road entre el 26 de diciembre, día del debut, con triunfo frente al Norwich, a la postre campeón, hasta el 24 de abril, día del ascenso, con triunfo ante el Millwall? En menos de cuatro meses el equipo pasó de ser quinto, a cuatro puntos del segundo y con solo uno de renta sobre el séptimo, a acabar segundo, con tres puntos de ventaja sobre el tercero y 21 sobre el séptimo, subiendo con dos jornadas de antelación.

Los chicos han hecho un trabajo brutal. Han salido de su zona de confort. Cuando llegamos, el equipo defendía encima del área. Literalmente: la línea defensiva estaba encima del área. Nosotros la hemos avanzado a campo contrario, y donde la gente ve 45 metros de distancia yo veo once chicos, o 24, 45 metros lejos de su zona de confort. Y lo más importante que puedo decir es que hemos logrado ser un equipo: pensar como un equipo, actuar como un equipo, sufrir como un equipo. Aquí la gente ni se ha bajado del barco cuando las cosas iban mal, porque también ha habido momentos difíciles, ni se han tenido que que subir a él cuando las cosas iban bien, porque ya estaban dentro. Creo muchísimo en la importancia de ser un equipo. Es lo que me ha enseñado mi carrera deportiva. Los momentos exitosos, en mi carrera, siempre han llegado cuando alguien ha dicho: ‘vamos a ser un equipo. Vamos a ser más equipo que los demás’. Aquí se ha generado un gen ganador y un fuerte espíritu de equipo, y si a eso le sumas tener buenos jugadores, como ha pasado este año, las posibilidades de ganar aún son más altas. Luego se puede ganar o no porque puedes jugar bien y perder. El margen de error es muy, muy, fino, en el primer nivel, y a los entrenadores siempre se les evalúa por los resultados. Pero ha ido todo perfecto. Los números logrados desde diciembre son espectaculares, pero detrás de todo esto hay mucho trabajo. Detrás de todo esto hay trabajo de día y de noche, porque cuando curras en este mundo, como entenderá la gente, no puedes desconectar.

¿Qué pensabas mientras tus jugadores te manteaban? Parecía que abrazaras el cielo, entre lágrimas.

En mi familia. En mis niños. Llevaba cinco meses sin verlos, desde diciembre. Cada vez que hablábamos, mi hija, de siete años, me preguntaba: ‘¿por qué nunca vienes a buscarme al colegio? ¿Cuándo volverás?’. Contaba los días que faltaban para que volviera. Son momentos difíciles. Son palabras simples, inocentes, pero te atraviesan. Te tocan cuando te dicen una frase así. Todos necesitamos a nuestros padres. Ahora estoy de vacaciones y hemos cogido una autocaravana e iremos aquí y ahí con ellos y nos divertiremos y disfrutaremos, sin pensar más allá, pero luego llegará la fecha tope para regresar a Inglaterra, y el momento de papá tiene que trabajar y también deben entenderlo. Esto pasa en muchos trabajos y yo no soy el más adecuado para quejarme, pero siempre es duro estar lejos de tu familia, de tus hijos, y más en situaciones como la presente, con el Covid. ¿Si compensa? No. No compensa. Claro que no compensa. Poder conquistar un objetivo tan importante fue muy bonito, pero nada compensa estar sin tus hijos.

No es oro todo lo que brilla, dice el dicho. En la vida del futbolista y del entrenador hay peajes caros.

Mi vida es un peaje muy caro. Salí muy joven de casa, y cuando era futbolista solo volvía a casa una vez al año, 20, 25 o 30 días. Mis padres viajaban, pero perdimos lo que era el día a día. ¿Compensa? No. Claro que no. Lo tengo claro. Pero tenemos algo dentro, unas mariposas que flotan por ahí, que cuando llevas cuatro, cinco o seis meses sin esto te obligan a regresar. Tenemos esta adicción y esta locura por el fútbol, tenemos esta pasión y esta ilusión que nos nace dentro, y al final es así. No se puede explicar, pero nos engancha.

 


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Fotografía de Imago.