Su currículum, infinito, inacabable, no cabría en estas líneas. Alejandro Valverde (Las Lumbreras, Murcia, 1980), campeón del mundo en 2018 y con nueve podios en las tres grandes vueltas en su haber, empezó a ganar con once años, en Yecla, y aún no se ha cansado de hacerlo. Es, a la vez, uno de los ciclistas más mayores del pelotón internacional, por edad, y uno de los más jóvenes, por ilusión. “No hay que perderla nunca, hay que mantenerla siempre viva”, afirma, con el Tour de Francia, los Juegos Olímpicos y La Vuelta como horizontes y en su última temporada sobre la bicicleta. “A no ser que el virus haga que sea muy sosa, muy descafeinada, y decida hacer una más”.

¿Qué llegó antes, la bicicleta o la pelota?

A casa llegó antes la bici que la pelota, pero, como cualquier niño, yo también quería ser futbolista. También soñaba con ser futbolista. Pero, por suerte, pronto me di cuenta de que era mucho más para la bici que para el fútbol, porque era muy malo y lo único que hacia era correr de aquí para allá. Al balón le daba poco y en silencio deseaba que no me la pasaran. Pero hasta los nueve años, que es cuando comencé a competir en ciclismo, tuve una relación muy fuerte con el fútbol, y hoy aún me gusta muchísimo recordar aquellos días tan y tan bonitos en los que con los amigos del pueblo jugábamos en la calle y en la pista del colegio de Las Lumbreras. Siempre íbamos a esa pista, y ahí me reventé muchas veces las rodillas. Casi más que sobre la bici (ríe). Ni siquiera nos hacía falta una pelota. Jugábamos con lo que fuera. Con algo que rodara un poco por el suelo ya era suficiente.

¿Madridista de cuna?

Por herencia familiar, siempre me ha tirado más el Madrid, y recuerdo con muchísima ilusión las Champions y las ligas que ha ganado, y me encantaban los Raúl, Figo, Butragueño e Hierro. Pero a mí lo que me gusta es el deporte. Y el fútbol lo disfruto como tal. Con un poco de distancia a nivel sentimental. No soy cerrado de mente ni de equipo. Si el Barça, el Atleti, el Sevilla o el que sea juegan mejor y ganan también me alegro, aunque, por supuesto, si puedo escoger, prefiero que gane el Madrid porque es el equipo de mi corazón. Y el Murcia es el equipo de mi tierra, y también tiene mi apoyo al 100%. Recuerdo con mucho cariño los años de Primera División, cuando yo era bastante más joven, y de hecho vivo muy cerca de la Nueva Condomina y todos los días paso por ahí entrenando, y es un orgullo. La tengo muy presente, y continúa siendo un sitio muy, muy, importante en mi vida. Además, uno de mis cinco hijos juega en el Murcia y otros dos en el Murcia Promesas.

 

“La gente es la esencia de cualquier deporte. Sin su empuje, su apoyo, su murmullo, te falta algo. Te falta calor. Con público es igual de duro en realidad, pero sin la gente es todo mucho más frío”

 

¿Recuerdas tu primera vez en el campo del Murcia?

De forma muy lejana, pero recuerdo mi primera vez en La Condomina. En la antigua. Tenía ocho años o así, y, aunque no es lo mismo que el Camp Nou o el Bernabéu, me pareció grandísima, enorme, gigante, como te lo parece todo de niño. Estar ahí, con la gente animando, con ese murmullo, con ese ruido, fue espectacular, y espero que la gente pueda volver pronto a los estadios, igual que a las carreras, porque el jugador, el ciclista y cualquier deportista necesitan a la gente. La gente es la esencia de cualquier deporte. En el ciclismo, por ejemplo, los puertos, que es donde más público se congrega, cambian muchísimo con público apoyándote, chillándote, o sin él. Estamos acostumbrados a coronar los puertos míticos en un pasillo, y El Angliru, por ejemplo, sin gente se te hace larguísimo, eterno, muy diferente, demasiado. Las rampas como la de Les Cabres parece que tengan diez kilómetros en lugar de uno. En el fútbol pasa un poco lo mismo: sin el murmullo y el empuje de la gente, sin la euforia de la afición al marcar, te falta algo, te falta calor. Con público es igual de duro en realidad, pero sin la gente las sensaciones son otras y es todo mucho más frío.

¿Cuáles son el peor y el mejor momento que te ha dado el fútbol?

De niño, recuerdo tragarme los Mundiales enteros en casa con mis padres, y, sobre todo, los partidos de la selección. Mi peor recuerdo futbolístico es el codazo a Luis Enrique. Aún siento la frustración y la impotencia de verle chorreando sangre, y el mejor es, sin duda, el Mundial del año 2010. Recuerdo vivir cada partido con emoción e ilusión, viendo que nos íbamos acercando a la final, que podíamos ser campeones. Y lo fuimos. Fue increíble. Fue una explosión de alegría para toda España.

¿Qué se siente al llegar primero a la meta?

La sensación de cruzar la meta en primer lugar es difícil de explicar con palabras, y debe ser muy parecida a la de marcar un gol. ¡Buah! Explotas de euforia por dentro. Es una alegría tremenda. Eres el rey del mundo. Es como un orgasmo, y es una sensación adictiva. Engancha. Siempre quieres más, más, más. Y aquí sigo con 40 años, luchando con la misma ilusión de siempre. Luchando por esa sensación, y ahora también, sobre todo, por la sensación de ayudar a mis compañeros a conseguir victorias. Ganar es algo grande, pero ayudar a ganar, dar el pase de la victoria, también es algo brutal.

La carrera solo la gana uno, pero en una prueba de 21 días y 3.000 kilómetros si no tienes unos compañeros al lado que te ayuden es imposible. Una persona sola no puede controlar un pelotón entero, y eso es lo bonito de la bici, y de la vida. Puede que seas tú el que remates y ganes, pero si no tienes un equipo fuerte difícilmente te llegue el balón para hacer el gol decisivo.

 


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