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El fútbol derriba todas las puertas, también las de la literatura. El balón se cuela en la obra y la vida de autores que han tendido puentes entre estos dos mundos aparentemente disociados. De Marguerite Duras a Eduardo Galeano, pasando por Albert Camus, Roberto Bolaño, Svetlana Aleksiévich o Federico García Lorca. El libro de ‘Kafka en Maracaná’, escrito por David García Cames, Miguel Ángel Ortiz y Marcel Beltran, está compuesto por 90 relatos; cada uno de esos cuentos está protagonizado por un autor y vinculado a un partido de fútbol. Son textos a medio camino entre la realidad y la ficción que pretenden rendir homenaje a esos creadores extraordinarios que han influido en nuestra manera de entender el fútbol.

En este caso, como avance, publicamos el relato dedicado a Manuel Vázquez Montalbán, periodista, escritor, poeta, ensayista. Y, sobre todo, un gran aficionado al fútbol y al equipo de su vida, el FC Barcelona. 


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UNO DE LOS NUESTROS

18 de octubre de 2003,

Camp Nou Barcelona vs. Deportivo

Por Marcel Beltran

 

Entre las muchas normas que componen el manual de todo buen detective hay una que se impone a las demás: no se puede empezar a trabajar con el estómago vacío. Pepe Carvalho destinó la primera hora de su jornada a liquidar con una disciplina espartana lo que le iban sirviendo en Casa Leopoldo. Primero abordó las rebanadas de pan tostado con tomate, la tapa de rabo de buey estofado y la copa de pisco sour, que fulminó con tres tragos tajantes que le supieron a gloria. Ya en caliente, atacó el segundo plato. No hay nada como un arroz con bacalao, con poco bacalao, mucha acelga, algunas judías y una ñora triturada filtrada en el sofrito. Si se cocina como es debido, opinaba Carvalho, es la clase de manjar que justifica la extraña presencia del paladar en el cuerpo humano.

Cuando hubo acabado de comer, pidió una botella de Sancerre para afrontar con cuerpo la digestión y empezó a ojear los documentos. Releyó con calma la carta de su cliente. No constaba ninguna firma, solo una dirección de correo donde enviar los hallazgos pertinentes y la factura una vez se hubiese cumplido con el encargo. Por el tono, excesivamente amable, Carvalho no tenía dudas de que estaba tratando con un militante de izquierdas, alguien que no estaba acostumbrado a transgredir los principios de la moral para pedirle a un tercero que investigara a uno de su bando. Aquel sujeto anónimo, pudores al margen, se había puesto en contacto con él para que sacara a la luz toda la mierda de un “supuesto” progresista ejemplar. “Hay que desmontar el mito de Manuel Vázquez Montalbán, y, si me permite la sugerencia, creo que sé por dónde podría comenzar a tirar”, había escrito.

El desconocido le recomendaba que acudiera esa noche al Camp Nou, a sabiendas de que Montalbán también estaría ahí, recién llegado de un viaje por Australia y Nueva Zelanda en el que había dado varias conferencias sobre sus novelas. “Le acompañarán Josep Termes, Miquel Barceló y Jorge Herralde. Fútbol e intelectuales. No me dirá que la mezcla no le parece, cuanto menos, inquietante”. Carvalho encajó generosamente el consejo, sobre todo cuando supo que los gastos no correrían de su cuenta. Además, le atraía la idea de asistir a un Barcelona-Deportivo de La Coruña. Se lo tomaba como una oportunidad para sentirse un poco menos lejos de Galicia, esa tierra a la que le debía unos cuantos antepasados y su amor incondicional por el marisco.

Carvalho extrajo de su maletín unos cuantos libros de artículos de Montalbán que había comprado esa misma mañana. A él, por lo general, los libros no le interesaban mucho más que para echarlos al fuego (lo hacía por mero placer sensorial, había que ver lo bien que ardía un poemario de Gil de Biedma entre las brasas de la hoguera), pero esos tomos podían ayudarlo en la investigación. Cató algunos párrafos sueltos. La primera impresión le sirvió para descubrir que se sentía más cerca de ese personaje de lo que su cliente hubiera deseado. “Ni la vida será como la esperábamos ni la Historia como nos la merecemos”. Alguien capaz de escribir eso, dedujo, no podía ser uno de esos plumillas endomingados que tanto abundaban en las redacciones de los periódicos.

Animado por su percepción inicial, el detective tomó el volumen donde se recopilaban algunas de las columnas sobre fútbol del autor. Por lo que se anticipaba en el prólogo, Montalbán se había hecho seguidor del Barça por necesidad emocional: condenado al fracaso social y político por haber nacido en un barrio de perdedores en medio de una dictadura, su única opción de redimirse radicaba en los éxitos deportivos del club más importante de su ciudad. Con los años, sin embargo, se había gestado la figura de un hincha nada convencional, que más que seguir las andanzas de su equipo cegado por la pasión, había hallado en el campo un terreno desde donde analizar la sociedad de masas y denunciar sus farsas y excesos.

Carvalho pagó la cuenta y salió a la calle. Precisaba soldar las ideas con el humo de un Cerdán Gable. Justo cuando iba a encenderlo, se percató de que estaba incomodando a unas turistas que, en ese momento, miraban el menú, así que decidió alejarse unos pasos. No hay peor manera de fumar un puro que en presencia de alguien que odia el tabaco. No solo sufre el fumador; también el alma del puro se resiente y trata de suicidarse mediante súbitos apagones. Un par de caladas le bastaron para resintonizarse. Sacó el móvil y marcó el número de la Charo, que años atrás había dejado los jaleos del prostíbulo para abrirse un hotelito. Descolgó a los pocos segundos.

—¿De qué va esta vez?

—Ya ni los buenos días se dan. Qué fea que se ha puesto la cosa en este país desde que Pujol toma jarabe para la tos.

—No creo que me hayas llamado para saber cómo estoy de mis almorranas. Además, estoy trabajando.

—¿Almorranas, dices?

—Déjalo, Pepe. Vayamos al grano.

—Vázquez Montalbán. Nació aquí, en el Raval. Hace años se mudó a las afueras pero tengo entendido que sigue frecuentando el barrio. ¿Lo ubicas entre tu clientela habitual?

—Ese es el Manolo que publica en El País, ¿no?

—Ese: el escritor, poeta, ensayista y no sé cuántas cosas más.

—Un hombre muy culto, desde luego. Y uno de los nuestros, eso también. Hace poco le escuché decir en la radio que la vida es como la escalera de un gallinero: corta, pero llena de mierda.

—¿Tienes algo?

—Nada. Jamás le vi por aquí. Los escritores follan poco, cariño. Tienen suficiente con ellos mismos.

Tras despedirse, guardó el teléfono en el bolsillo del abrigo y paró a un taxi en la calle Hospital. Daría una cabezada en casa, se cambiaría la camisa e iniciaría el paseo hacia el estadio, donde esperaba encontrar algún detalle que le permitiese avanzar.

Repantigado en el asiento trasero del coche, Carvalho reflexionó sobre lo mucho que había cambiado su carrera. De ocuparse de cadáveres que aparecían en Prado del Rey con un misterioso ramito de violetas en la bragueta, había pasado a lidiar con las paranoias de viejos comunistas que no saben apreciar la elegancia de un steak tartar o de un gol de Ronaldinho. Más que en un declive, andaba metido en una lenta y merecida prejubilación, pensó cuando el auto se detuvo.

Al bajar, vio a Biscuter delante de su portal con cara de haberse cruzado con el fantasma de Calígula.

—¿Se puede saber qué haces aquí?

—He recibido un teletipo. Tengo malas noticias, jefe. Manuel Vázquez Montalbán murió hace unas horas por un paro cardíaco en el aeropuerto de Bangkok. Nos hemos quedado sin caso, ¿qué hacemos?

Carvalho se quedó paralizado, como si un rayo lo hubiese partido por la mitad.

—Jefe…

—De momento —dijo Carvalho—, me ayudarás a encender la chimenea, que se acerca el invierno y hay que comenzar a calentar el piso. Traigo libros de sobra.

 


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