Otro domingo. Este, diferente. Domingo sobrio, sí. Pero diferente. Podría ser un domingo de manta, fútbol y sofá pero las elecciones en Catalunya hacen variar mi guion de la jornada. Las emisiones televisivas copan su información con la fiesta de la democracia. Una fiesta, todo sea dicho, a la que no fue demasiada gente. Y pasado el mediodía, somnoliento, paseo por los diferentes canales que ofrece la televisión. Y allá que me detengo. Esbozo una sonrisa al ver que el Betis se impone al Deportivo y continúo pasando de antena en antena. Y vuelvo a contener el impulso, casi nervioso, de mi dedo pulgar contra el mando del dispositivo. Atlético de Madrid-Valencia. Apenas alcanzo para ver el resultado cuando el balón al hueco abre una brecha en la defensa. Una de esas que sangran y para las que no hay puntos de sutura. Y en el descosido aparece Ludmila da Silva, que afila la mirada.

Brasil tiene eso. Uno se pone a pensar en fútbol brasileño y casi por inercia los colores invaden la mente. El balón sobre el césped es el prólogo del jogo bonito. Regates. Magia. Definición excelsa. Samba, bailes y saludos de surfistas en la celebración. Y toda esa composición bucólica gana todavía más fuerza con el confeti de color verde y amarillo que decora la idea. A ojos del mundo, una combinación genuina de fútbol, danza y alegría. Siempre lustrosa como la sonrisa que se desprende. Pero Brasil es mucho más y también mucho menos que eso.

“Estuve en un orfanato. No tengo muchos recuerdos, porque mi tía nos recogió a mi hermana y a mí cuando teníamos tres años”, reveló Ludmila a Virtudes Sánchez, en Marca. “Mis padres tenían problemas con el alcohol y sé por mi madre que mi padre le pegaba mucho… Y a nosotras también. Por eso decidió meternos en un orfanato”, prosiguió la atacante colchonera nacida en Guarulhos, São Paulo.

Se forjó en la calle bajo la retahíla de acabar por el mal camino. Un discurso repetitivo para muchos de los jóvenes que se crían en las favelas y que impide que muchos acaben creciendo. “La favela tenía sus cosas buenas y sus cosas malas. De pequeña, el fútbol o juegos como el pilla-pilla o el escondite te permitían escapar de las cosas malas. Pero al crecer, es cuando se corre el riesgo de ir por el mal camino”, advirtió Ludmila en dicha entrevista. “Cuando creces, quieres mandar y ponerte al nivel de tus amigos. Mi hermana siguió ese camino. Quería mostrar que era dueña de sí misma y se terminó perdiendo”, confesó la futbolista internacional por Brasil.

Fue uno de los golpes más duros en la vida de Ludmila. En mitad de una lesión de rodilla a la que los médicos no encontraban una explicación y en mitad de un periodo de soledad, la delantera vivió de cerca la muerte de su hermana y de una de sus mejores amigas. “Pasé por una depresión. Fue muy complicado para mí. En mitad de esa lesión llegó la muerte de una amiga mía, por culpa de las drogas, y después la de mi hermana”, explicó la brasileña. “Mi hermana murió por las drogas. Acabó tomando demasiado y falleció. Creo que ella nunca aceptó que fuésemos abandonadas por nuestros padres. Nuestra tía nos dio mucho cariño, pero, cuando nos pedía que no hiciésemos algo, ella no lo aceptaba”, contó Ludmila.

 

“Escogí jugar al fútbol para darle una mejor vida a mi familia y, especialmente, a mi tía. Después de todo lo que hizo por mí, lo mínimo que puedo darle es alegría”

 

Sin embargo, la actual delantera del Atlético de Madrid hizo del deporte su refugio. Empezó en la calle, como muchos de sus compatriotas que llegaron a la élite. Anotando goles en esas porterías improvisadas creadas con sandalias. Corriendo por la arena de un estadio que había que imaginarse en las crudas calles de su barrio de São Paulo. “Un día estaba jugando en la calle y me vio un ojeador. Me dijo que jugaba muy bien y que quería que fuese a su escuela. Le dije que sí, que otro día iría. Me llamó durante una semana entera. Yo le decía siempre lo mismo. ‘Voy después, voy después’. Y nunca iba”, recordó la delantera rojiblanca. “Pero otro día me volvió a ver en la calle. Le dije que iría después, pero me cogió y me llevó hasta allí. Jugué con chicas y chicos. Les gusté y me consiguieron una prueba para el Juventus de São Paulo. Estaba muy nerviosa porque quería que todo fuese bien. Jugué. Y mi vida cambió de un día para otro”.

Por aquel entonces, apenas tenía 17 años. Comenzaba, así, su carrera deportiva por los campos brasileños. En apenas tres años pasó del Juventus de São Paulo, a São Cateano y Portuguesa. Tres años que le permitieron dar el salto a la categoría Nacional de la mano de Rio Preto. Allí se consolidó y continuó creciendo a base de goles. Y, la estabilidad, dio sus frutos. Tres años más tarde, Ludmila llegaba a São Jose donde permanecería durante tres cursos más. Entre 2011 y 2017, Ludmila conoció cinco clubes para los que anotó goles. Pero también llegaría su turno en las categorías inferiores de la selección. Brasil se le quedaba pequeño y llegó el gran salto.

Aterrizó en Madrid de la mano del Atlético. El conjunto colchonero depositaba su confianza en la joven brasileña a pesar de ser su primera aventura lejos de su país. “Cuando llegué no sabía nada. Salir de Brasil y venir a otro país sin saber el idioma, ni la cultura fue difícil. Fueron momentos complicados”, reveló en la entrevista a Marca“Adaptarme fue difícil. Creo que el entrenador pensaba que no sabía ni dar un pase. Luego se dio cuenta de que conmigo tiene que ser entrenando. En los entrenamientos empezó a exigirme bastante y mejoré en todo. Al no haber estado en las categorías de fútbol base, para mí fue más complicado”, reconoció la delantera.

Su mejoría dio resultado a base de goles. En los dos primeros cursos fijó su marca en once tantos. La temporada anterior -suspendida por la pandemia- el marcador se detuve en los ocho goles. Sin embargo, en el ejercicio actual, Ludmila ha roto sus registros. Curiosamente, cuando peor lo está pasando el equipo en el campeonato, la delantera brasileña ha pulverizado sus registros. Con muchos partidos de liga todavía por delante, la atacante suma ya 14 tantos. 15, si se tiene en cuenta el gol que anotó en Champions. Así pues, la delantera se sitúa a tan solo tres goles de su campaña más prolífica.

El último de esos tantos lo marca pocos segundos después de que la imagen aparezca en la pantalla. Ese pase al hueco. Ese control orientado. Porque no, Ludmila no se regodea en filigranas, ni encaja en el jogo bonito de Brasil. No hay filigranas. Lo que hay es potencia. Arranca, sabiendo que su presa está débil. En pocos segundos de velocidad endiablada llega a uno de los extremos del área pequeña. Un lugar algo escorado, podría parecer. Un latigazo violento. Nada de escuadras ni roscas mágicas. El balón cruza la línea de cal por el centro de la portería y en una trayectoria ascendente muy cerca del larguero. Imparable. Y, paradójicamente, muy similar al primero que había anotado minutos antes y que no había alcanzado a ver.

Allí, en el sofá, pienso en que ese juego podría ser una metáfora de lo que es Ludmila. Una persona -una más- a la que la vida no le ha permitido hacer demasiados malabares. Una persona que consiguió huir de un estilo de vida que se llevó la de otros muchos. Sabe cuál es su camino y lo afronta con tanta potencia como contundencia. Sin irse por las ramas. Sabiendo cuál es el origen y cuál debe ser el destino. En su caso, goles. Y todo ello, con un fin. “Escogí jugar al fútbol para darle una mejor vida a mi familia y, especialmente, a mi tía. Después de todo lo que hizo por mí, lo mínimo que puedo darle es alegría”, concluyó.

 


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Fotografía de Getty Images.