Un estadio a puerta cerrada. Un Barça a tumba abierta. La historia se redacta con los pies en el campo y, si dos años atrás el temor a la hoja en blanco se hizo más que palpable, en Göteborg no quedó ni una sola gota en el tintero. La figura literaria que ha destacado por encima de las otras ha sido la repetición. Las futbolistas de Lluís Cortés infligieron al Chelsea el mismo castigo que ellas mismas sufrieron en carnes propias en Budapest. Muchas de las protagonistas de anoche también vivieron la debacle de antaño, pero no parecían las mismas. No había ni rastro de dudas.

En poco más de media hora el marcador era tan alargado como la sombra de las inglesas sobre el verde. Superadas, desconcertadas, resignadas. Un equipo en el que conviven estrellas como Pernille Harder, Sam Kerr o Millie Bright fue espectador de lujo de la mayor goleada en una final de la Women’s Champions League. Porque, como toda buena historia, también hay tramas secundarias. Y no solo lo abultado del marcador, que es el qué. También es el cómo.

La pesadilla empezó pronto para las inglesas. 33 segundos. Instantes antes, vivieron ese pequeño golpe de adrenalina. El latigazo al larguero de Martens derivó en esa sensación tan característica de estar a punto de dormirse y sobresaltarse. Un momento para recomponerse y del rechace llegó el drama. Porque Kirby despejó con rabia y el balón impactó en Leupolz. Parábola envenenada. Curva maldita por encima de unos guantes que más no podían estirarse. En un abrir y cerrar de ojos, el esférico cruzaba la línea de cal y se detenía el marcador. Era el segundo gol más rápido en la historia de las finales.

Pocos daban crédito a lo que estaba ocurriendo en Suecia. De hecho, sin haber alcanzado el diez de juego, Jenni Hermoso caía en el interior del área. Once metros y solo dos caminos posibles. El de la confirmación, en clave ‘culé’. El de la esperanza en los ojos de las inglesas. Berger podía tener el partido en sus manos. Alexia, cerca del balón, quería patear la autoestima inglesa. Precisamente Putellas fue duda hasta el último instante. “Lluís. ¿Confías en mí?”, le dijo la futbolista a su entrenador antes de empezar el partido, tal y como relata Marc Andrés, periodista de Futfem.cat y Estadi Johan. La que abriese la lata en el nuevo Johan Cruyff. La que estrenase el marcador en el Camp Nou una fría tarde de Reyes. Maestra del engaño. Berger cerró los ojos al ver que no había acertado el lugar. Esférico a la red.

 

Con violencia, los brazos de Losada levantaron el metal al cielo. Los cañones de confeti sirvieron de punto en esta historia. ¿Seguido o final? Quién sabe. Historia, al fin y al cabo

 

Hace un par de años, esta revista se reunió con una joven Aitana Bonmatí. La futbolista de Sant Pere de Ribas llegaba a la entrevista tras culminar una gran remontada ante el Atlético de Madrid en el Mini Estadi. Por aquel entonces, ni siquiera sabía si iba a ir al Mundial de 2019. Con el ’14’ a la espalda, la centrocampista dejaba atrás su papel de promesa. El domingo, en Suecia, se graduó. La manilla del reloj todavía no alcanzaba las 9:20 de la noche cuando Alexia filtro un pase de primeras al interior del área.

Eléctrica, Aitana orientó el esférico y con la audacia de una goleadora se sacó un disparó seco que se colaba entre las piernas de la guardameta rival. Un puño cerrado. Un grito de alegría. Al término del encuentro, la mediocampista del Barça era galardonada con el premio a mejor jugadora del partido. No hay techo posible para aquella que todavía tiene mucho cielo por conquistar.

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El resultado era una calcomanía de lo vivido hacía dos temporadas. Por aquel entonces, llegada la media hora de partido, el resultado era, también, de 0-3. “Por Dios, que no me metan diez. Todo lo que remataban iba dentro. Llegaban y gol. Llegaban y gol. ‘Iros a la mierda'”, recordó Mapi León, campeona de Europa con el Barça, sobre la final de Budapest de hace dos temporadas. Lo más importante: sin saber que tal día como ayer sería ella la que viviría una situación idéntica pero diametralmente opuesta. El testigo de la afirmación, por otro lado, recaerá en alguna futbolista del combinado inglés.

Y todavía quedaba más. Una más. Lieke Martens percutió por el carril izquierdo haciéndole la vida imposible a Niamh Charles. Potencia, técnica y velocidad al servicio del espectáculo. La holandesa sumó un nuevo título a su ya laureado palmarés. Con una Eurocopa bajo el brazo y premios individuales como el The Best, Martens tenía claro su objetivo. Alcanzó la línea de cal y levantó la cabeza para encontrar a Caroline Graham-Hansen. Un pase de la muerte. Un centro con música. Uno de esos regalos en los que basta con acomodar el interior de la bota. La noruega, homóloga de la holandesa en el carril opuesto, mandó el esférico a guardar por cuarta y última vez en esa histórica noche de mayo.

Con 65 minutos todavía por delante, la paciencia se apoderó del Nuevo Gamla Ullevi. Un apático intento de reacción por parte de las londinenses ante la contemporización de las ya sabedoras campeonas de Europa. Y, llegado el 92 de partido, tres silbidos desataron la euforia. Melanie Serrano estalló en lágrimas al recordar sus 17 temporadas en el club. La veterana defensora recordó los momentos más duros. El descenso. Las dificultades para salir adelante. Un nexo de unión entre dos épocas bien distintas. De morder el polvo a comerse el cielo. “Soy muy afortunada de vivir esto”, reconoció ante los micrófonos que la estaban esperando.

Sobre el verde, subieron a esa tarima perfectamente encajada. Decorada con un arco en el que, por primera vez en la historia del club, aparecía el escudo de la entidad. Vicky Losada, la gran capitana, se acercaba decidida con el trofeo. Momentos antes, también en los micrófonos, la emoción se apoderó de ella. “Hemos abierto muchas puertas a las niñas. Oportunidades que muchas no hemos tenido. No solo es ganar, es lo que creas en un país entero. Para mí es lo que más feliz me hace”, confesó Losada.

Subida a la tarima y con el himno sonando de fondo. Aquel momento a buen seguro que estaría rodeado de ruido y celebraciones. De cánticos y abrazos. De lágrimas y sonrisas. De sueños que ya no son sueños. Y, por un instante, silencio. Con violencia, los brazos de Losada levantaron el metal al cielo. Los cañones de confeti sirvieron de punto en esta historia. ¿Seguido o final? Quién sabe. Historia, al fin y al cabo. Eternas, todas y cada una de ellas.

 


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Fotografía de Imago.