Al poco de controlar los esfínteres y no montar una escena en plena calle, cuando el fútbol se disputaba el domingo a las cinco de la tarde, mi padre me ponía una camiseta verdiblanca que ni siquiera llevaba el escudo bordado y me agarraba de la mano. Paseábamos lo que a mi me parecía una eternidad aunque eran apenas cinco minutos, y nos metíamos en un establecimiento que hoy provocaría media docena de infartos en los responsables de sanidad. El lugar era aparentemente normal desde la calle pero al acceder y bajar las escaleras de caracol se desataba el corazón..

El suelo estaba pegajoso por los restos de cerveza y alcohol. Colillas. Tabaco a mansalva. Humo por doquier y, al fondo, un televisor relativamente moderno para la época. Nos sentábamos en las sillas y yo sobre las piernas de mi padre. Y sonaba el himno. No el de la televisión, que imagino que también. Sino en aquel tugurio. Las gargantas desgastadas por la nicotina entonaban la letra del Real Betis y comenzaban los gritos, los saltos, las alegrías… Y las penas.

Porque si el Betis ganaba a la media parte, podía aguantar el partido entero. Ese era un detalle importante pero también lo era que me levantasen en brazos para celebrar los goles y que en una de las paredes hubiese una foto mía con Alfonso Pérez, el de las botas blancas. Pero si se iba al descanso por detrás en el marcador, mi padre tenía que llevarme a casa con una velocidad endiablada para volver a la Peña Bética a ver los segundos 45 minutos. “El Betis es el mejor equipo del mundo”, me decía con una sonrisa en los labios. Qué cabrón. Con el paso de los años vi más veces perder al equipo que ganar. La rutina era parecida aunque ya no iba a aquel lugar. Si el equipo perdía a la media parte, apagaba la televisión o dejaba de mirar el teletexto. Y así año, tras año, tras año.

La ilusión por el equipo masculino fue menguando a la par que crecía el interés por las homólogas femeninas. Mientras que el Betis de Poyet mendigaba puntos y Dani Ceballos era lo más bonito de su proyecto, el Féminas debutaba en la máxima división. Un equipo joven en el que ya habían personalidades de la entidad bética como Nana, Bea Parra, Paula Perea, las gemelas Ana y Laura González y una jovencísima Rosa Márquez. E Irene Guerrero, la gran capitana de entonces. Y, cómo no, María Pry en el banquillo de Heliópolis. A excepción de la capitana y la entrenadora, todas ellas siguen cinco años después con la elástica verdiblanca.

El equipo debutó en una meritoria undécima posición y con una regularidad impecable. Jamás estuvieron más arriba de la décima posición ni tampoco se atrevieron a bajar del duodécimo escalón. En una primera vuelta más complicada por eso de adaptarse a la competición hicieron auténticos partidazos como la victoria ante la Real Sociedad o el empate ante un todopoderoso como el FC Barcelona. Y en la segunda mantuvieron la efectividad suficiente como para no sufrir y preparar el gran golpe.

Consolidadas, se permitieron alzar la vista. Y volaron más alto de lo esperado hasta convertirse en el equipo revelación de la siguiente temporada. Sextas y compitiendo de tú a tú contra las mejores. Y lejos de echarse atrás, repitieron la hazaña en la campaña posterior. Volvieron a auparse a una sexta posición que les permitía seguir soñando. Y no solo a la afición, también a las jugadoras. “Si seguimos por el buen camino y vamos avanzando con paso firme, en unos pocos años podemos estar peleando por los puestos que dan acceso a la Women’s Champions League”, avisó Irene Guerrero en la entrevista que concedió a esta misma revista. “La primera vez que el Betis juegue la Champions, yo quiero estar ahí para representarlo, concluyó la entonces capitana.

 

El Betis, como entidad y por definición, es un equipo cíclico. Es el arte de un club capaz de hacer de la inestabilidad su seña de identidad

 

Qué tranquilidad. Estaba completamente seguro de que aquella afirmación era la de un oráculo que vislumbra el futuro a través de un balón de reglamento. Lo que también demostró esa confianza ciega fue que no había aprendido nada en 25 años de pasión verdiblanca. La disciplina masculina venía avisando, prácticamente, durante toda su historia. El Betis, como entidad y por definición, es un equipo cíclico. Como las estaciones, más o menos, solo que las épocas son más largas. Y las mismas notas se repiten con el paso del tiempo. Es el arte de un club capaz de hacer de la inestabilidad su seña de identidad.

Y con el Féminas ha ocurrido algo parecido. A la primavera del año del debut le siguió un verano de dos temporadas. Y fue tan largo que la afición depositó su esperanza en que fuese eterno. Pero qué va. Irene y María Pry, como hojas caducas en otoño, cayeron del árbol y fueron arrastradas por el viento de Levante. Allí, cerca del Mediterráneo, triunfan de la mano. Y mientras que en Buñol suele hacer sol, a Sevilla llegó el frío.

La pasada campaña -interrumpida por la pandemia- fue la de un equipo en barrena al que Pier Cherubino le cambió la cara a mitad de temporada. Fue un soplo de aire fresco lo suficientemente importante como para despejar la tormenta. Y es que no fue hasta las últimas jornadas, previas a la suspensión, cuando el conjunto recuperó la confianza en su juego. Las victorias, por fin, engrosaban el casillero con más asiduidad. Precisamente fue la crisis sanitaria la que interrumpió el buen hacer del equipo verdiblanco. Por eso, al inicio de la actual campaña, la esperanza había vuelto a la entidad. Fichajes importantes y un equipo competitivo que debía volver a estar entre los mejores.

“El que no quiera estar ahora, que no lo esté nunca”, escribió hace poco más de un mes Ana González, jugadora del Real Betis Féminas, en Twitter. El equipo femenino lleva nueve encuentros consecutivos perdidos. No suma los tres puntos desde hace más de dos meses; Pier Cherubino dimitió el Día de los Santos Inocentes y el equipo perdió, por primera vez en su historia, ‘El Gran Derbi’. Para más desgracias, es penúltimo con siete puntos y solo la diferencia de goles hace que no ocupe el último puesto de la Primera Iberdrola. Al final de la palmera -y a pesar de que hoy en día todos van con mascarilla- ya se percibe ese triste olor a segundazo.

La mayoría de la afición, eso sí, suscribe a pies juntillas la misiva digital de Ana y los constantes mensajes de esperanza que llegan por parte de jugadoras y cuerpo técnico. Tanto es así que, en Sevilla, futbolistas y afición han recibido con los brazos abiertos a Juan Carlos Amorós, a pesar de debutar con derrota ante el Madrid CFF. El técnico ha llegado a la capital andaluza procedente de todo un referente inglés como el Tottenham y con la ilusión de mantener a flote un barco que se hunde con el paso de las jornadas. Su estancia no ha empezado bien, pero tampoco queda otra opción que dejarle trabajar.

Y para conseguir dicho objetivo, que mejor que una afición acostumbrada a tocar el violín en los peores momentos. Conscientes de que el temporal amainará de un momento a otro. E igual no es este año. Ni siquiera el siguiente. Pero es cuestión de tiempo que el Real Betis Féminas vuelva a los puestos altos de la clasificación. Pero hasta que eso ocurra, los hinchas, como cada fin de semana, volverán a encerrarse al calor que ofrece esa celda con trece barras. La que han moldeado a base de derrotas y victorias. La que han hecho suya a base de recuerdos y experiencias. Y de la que, incomprensiblemente en muchas ocasiones, ni huyen ni escapan.

 


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Fotografía del Real Betis Féminas.