Creo que existen pocas cosas más molestas que el hecho de que se estropee la ducha justo en el momento en el que te dispones a darte ese baño relajante que tu cuerpo reclama urgentemente después de un largo día de trabajo. Mientras aparcas en la puerta de casa, ya estás pensando en el instante casi placentero que sucede cuando te sientas en el sofá recién duchado, con tu pijama que todavía mantiene el olor a suavizante, y enchufas la tele para ver el partidazo de Champions en un miércoles por la noche. Pues todo eso se trunca porque la tubería se ha vuelto a llenar de cal y el agua sale fría como el hielo. Es la tercera vez que ocurre en dos semanas. Aunque llamaste a un chaval que supuestamente sabía arreglar estas cosas, no sirvió de mucho. Otra vez te ves obligado a calentar agua en una olla y a lavarte de aquella manera con una manopla. Justo en ese instante te preguntas por qué no hiciste caso a tu padre cuando te dijo: “niño, métete en el curso de FP de fontanería que eso tiene muchas salidas. Hay muy pocos fontaneros buenos”.

No obedecer a un padre es como un bumerán, aunque el paso del tiempo te haga creer que te has salido con la tuya, siempre hay un momento en el que regresa para recordarte que “te lo dije”. Eso mismo debió pensar Tom Finney cuando con 14 años tuvo la primera oportunidad de adentrarse en el mundo del fútbol. Su padre, fontanero de profesión, le recordó a este joven que soñaba con ser futbolista que “lo primero es lo primero”. Finney nació en la ciudad inglesa de Preston en 1922 y aunque se le daba mejor pegarle patadas al balón que arreglar fugas de agua, se vio obligado a compaginar el fútbol con el oficio de fontanero. Después de reparar tuberías en su larga jornada laboral, acudía rápidamente al campo de entrenamiento para pulir unas cualidades que ya le venían de fábrica.

 

La contienda provocó la muerte de más de 100 soldados, pero entre ellos no estaba Tom Finney, que pudo regresar a Inglaterra para ayudar en las labores de reconstrucción de un país devastado

 

En su equipo, el Preston North End FC, no se preocuparon nunca por la caldera. Tom se encargaba de su mantenimiento con el mismo ahínco que luego mostraba sobre el terreno de juego. Él era la única esperanza de un club humilde que no ganaba un título liguero desde 1890. Cuando estaba a punto de hacer su debut como profesional con apenas 20 años, estalló la Segunda Guerra Mundial. Reino Unido, que luchó desde el inicio de la contienda en 1939 hasta su finalización en 1945, llamó a filas al joven futbolista en 1942. Lo destinaron a Egipto, donde ingleses y franceses intentaron sin éxito resistir la invasión italiana para hacerse con el control del Canal de Suez. Incluso allí siguió vinculado al fútbol con el equipo del ejército, que se enfrentaba a menudo a conjuntos locales. La contienda en el país de las pirámides provocó la muerte de más de 100 soldados, pero entre ellos no estaba Tom Finney, que pudo regresar a Inglaterra para ayudar en las labores de reconstrucción de un país devastado.

Ni la guerra más grande de todos los tiempos pudo romper el vínculo emocional que hubo entre Finney y el Preston. Fue como si su reloj se hubiera detenido en 1939 y hubiera comenzado a funcionar siete años después. Allí estaba, en el mismo sitio y con prácticamente la misma gente, dispuesto a hacer el debut con el equipo de su vida que el conflicto bélico le había arrebatado. En agosto de 1946 se iniciaba su carrera como futbolista profesional. Fue uno de los precursores del one club men, en una época donde todavía existía un salario máximo de 20 libras semanales y los clubes aún formalizaban contratos indefinidos. Defendió la camiseta del Preston durante 14 temporadas, jugando 569 partidos y marcando 187 goles. Con su selección disputó tres Mundiales y presenció en directo el mítico gol de Zarra a Inglaterra en la Copa del Mundo de Brasil, en 1950.

En la actualidad, la gran mayoría de los extremos suelen jugar a pierna cambiada, pero antiguamente esto era una práctica reservada solo para los ‘superclase’. Futbolistas que eran como un verso libre y no podían quedar encorsetados en un sistema que coartara su libertad de movimientos. Por eso, el jugador del Preston, aunque era zurdo, partía siempre desde la banda derecha, para facilitarle intervenir más en la creación del juego y contribuir a la fluidez del equipo en ataque. Bill Shankly, mítico entrenador del Liverpool, dijo de Finney que era uno de los jugadores más completos que había visto nunca. Y eso que en esa liga estaba Stanley Matthews, futbolista del Blackpool que era la otra gran estrella de la época en Inglaterra.

 

Después de su despedida, el Preston acabó bajando a segunda división y desde entonces nunca más ha vuelto a la élite

 

A lo largo de la historia, la prensa se ha encargado de dar forma a las rivalidades deportivas que han ido surgiendo dentro del césped. Todavía no hemos acabado con el duelo entre Messi y Cristiano y ya se está hablando de la disputa entre Haaland y Mbappe. Esto ha sido una constante y ha ocurrido siempre. Hasta en los años 50, donde Tom Finney y Stanley Matthews tuvieron su particular duelo. Los dos jugaban en la misma posición, aunque Matthews, apodado ‘el mago del regate’, era un jugador mucho más vertical, un extremo de los de antes. Intentaron enfrentarlos una y otra vez, pero la amistad entre ellos prevaleció por encima del relato dominante. Cuando les tocaba ir con el combinado inglés, Finney era el que dejaba su sitio para desplazarse a la banda izquierda. Como signo del respeto que había entre ambos, Matthews dejó escrito en su autobiografía que su compañero de selección había sido uno de los más grandes de todos los tiempos, equiparándolo con Pelé, Maradona o Di Stéfano.

El futbolista del Preston se retiró en 1960. Su grandeza dentro del club era tal, que después de su despedida el equipo acabó bajando a segunda división y desde entonces nunca más ha vuelto a la élite. Era lógico que en 1952 rechazaran una suculenta oferta del Palermo italiano, que ofrecía a Finney 130 libras semanales, además de unos pluses en los que se incluían viviendas y coches. Cuando colgó las botas, aceptó una propuesta para dirigir al Kendal Town FC y ahí permaneció hasta su fallecimiento el 14 de febrero de 2014. Diez años antes, en 2004, tuvo la suerte de presenciar la inauguración de una escultura con su figura al lado del National Football Museum. Su autor, Peter Hodgkinson, se inspiró en una fotografía de 1956 en la que se ve a Finney lanzándose al suelo en la banda derecha de un anegado Stamford Bridge. La obra lleva el nombre de The Splash y, como buen fontanero, Finney aparece empapado y rodeado de agua.

 


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