O me abren la puerta o la tiro a patadas, canta Saúl Burgos (Ciudad Real, 1987) en La Puerta del Cielo, uno de los temas más bellos de La Teoría del Caos (2019), su segundo trabajo en solitario después de Neo Noir (2016). Y así fue como Sule B, quizás demasiado profundo para un mundo superficial, como afirma en Ave Fénix, inició el camino hasta convertirse en uno de los principales nombres del rap nacional; primero junto a Juancho Marqués, con Suite Soprano, y desde hace ya unos años en solitario: tirando la puerta a patadas con himnos que han marcado a toda una generación, con unas letras tan personales como magnéticas, absorbentes, a veces tan oscuras y a veces tan luminosas, y siempre jeroglíficas y metafísicas, según enfatiza en Stoichkov; en un tema en el que, además de rendir tributo a quien fue siempre su gran ídolo, condensa su amor, presente, también, en muchas otras de sus obras, por la que ha sido siempre una de sus grandes pasiones: el fútbol.

“Mi pasión era el balón. Mi pasión era el balón”, asiente, regresando aquellos tiempos en los que, jugando en el Manchego, le apodaban Pršo o a aquel día de julio del año 2000 en el que a tantos jóvenes culé se les resquebrajó el alma, y en el que vivió el que continúa siendo su peor recuerdo futbolístico: “Lo pasé fatal cuando se fue Figo. Apenas tenía 13 años, y no me lo creía. Fue una decepción terrible. Fue una traición. Era nuestro puto capitán. Fue de los primeros días en los que me dije: ‘El fútbol es una mierda’. Fue de las primeras desilusiones que me ha dado el fútbol. Fue de las primeras veces en las que vi cómo funciona el fútbol, y todo”.

 

“Uno de los rituales de la infancia que más recuerdo era juntarnos alrededor de una mesa camilla mi abuelo, mi tío, mi padre, mi primo y yo en el comedor de la casa de mi abuelo, con un braserito y una CocaCola para cada uno”

 

“Vengo con el ‘8’ de Hristo”, cantas en Stoichkov. ¿Quién es para ti?

Hristo fue mi primer ídolo. También me gustaban, o me gustarían más adelante, Laudrup, Guardiola, Romario, Ronaldo, Rivaldo, Guti, Andrés o Xavi, jugadores con clase, que es lo que más aprecio en el fútbol, y a los que les gustaba tocar la pelota, o Puyol, Ramos o Luis Enrique, purasangres con pundonor. Pero Hristo Stoichkov fue el primero de todos.

“Todo el mundo necesita odiar a alguien. Amar a alguien. Tener un ídolo. El mío es mi padre, un hombre honrado de La Mancha. Me inculcó valores del cole a la cancha”, acentúas en La Soga. Hristo fue el primer futbolista al que admiraste, pero por encima de él siempre ha estado tu padre.

Mi padre siempre ha sido mi gran referente. Mi principal referencia. Mi amor, mi devoción y mi pasión por el fútbol nacen de él, de hecho. Siempre he intentado seguir sus pasos. Y aprender de él en todo; tanto en el terreno de juego como a nivel de valores, como en cuanto a la forma de afrontar la vida. Me fijaba en él tanto para aprender una lección como para aprender un regate. Recuerdo que a veces íbamos a correr al parque y nos pasábamos el balón. ‘Contrólalo así. Oriéntatelo así. Ataca el balón así en los córners’. Lo considero mi máximo referente en la vida.

¿Recuerdas cuál es el primer FIFA que tuviste?

El primer FIFA que me compré fue el FIFA 98: Rumbo al Mundial, de la Play 1. Salía Raúl González Blanco con la cami de la selección española. Lo que más molaba de ese FIFA era que podías jugar la fase de clasificación por el Mundial con la selección que quisieras e incluso podías jugar el Mundial. Me pasaba horas y horas con ese juego, y, desde la distancia que impone el tiempo, revivir todo aquello, y mirar hacia atrás, es la hostia. El Mundial del 98 fue, precisamente, el primero que viví siendo ya totalmente consciente, aunque del de Estados Unidos también me acuerdo de algunas cosas. Me acuerdo, por ejemplo, del revuelo que se montó en el bar en el que estábamos viendo el partido contra Italia con mis padres cuando Tassoti le dio el codazo a Lucho. También me acuerdo de que me pasé la infancia creyendo que era impensable que algún día ganáramos un Mundial, y que cuando lo hicimos, en Sudáfrica, fue la mayor eclosión de felicidad que he visto en mi vida. A partir del FIFA 98 fueron cayendo los posteriores, aunque el 99 no lo llegué a tener. Recuerdo que me ponía con las altas y las bajas de la típica guía del Marca, que me encantaban, para actualizar todos los equipos para que todo continuara siendo real. Y también recuerdo que me pasé al PES durante unos años, y que jugaba con Castolo y compañía en la Liga Máster, con Roberto Larcos o Ravoldi, con el Inter de Adriano, que era una pasada, y con el Arsenal de Henry, que te ponías en el pico del área para chutar e iban todas adentro.

¿De dónde salió tu amor por el Barça?

Le tengo un cariño muy especial al Atleti, que es como mi segundo equipo porque me gusta muchísimo por muchísimas cosas, y recuerdo que me dio muchísima pena cundo derruyeron el Calderón porque había ido muchas veces, porque fue como derribar algo que llevaba ahí toda la vida, que era como una casa para muchos, que había sido como un templo en el que había mucha magia, y, de hecho, justo cuando lo estaban derruyendo escribí La Pena, en la que hay un verso dedicado al estadio (La miraba con nostalgia, como al Calderón). Pero mi primer equipo es el Barça. Soy culé desde la cuna, como toda mi familia. La camiseta del Barça, la Kappa de cuando estaba Stoichkov, con la típica cajita con todo el pack infantil, fue la primera que me regalaron, de hecho. Y uno de los rituales de la infancia que más recuerdo, de hecho, era juntarnos alrededor de una mesa camilla mi abuelo, mi tío, mi padre, mi primo y yo en el comedor de la casa de mi abuelo, con un braserito y una CocaCola para cada uno. Es uno de los recuerdos más bonitos, y más felices, de toda mi vida.

“Me entra la melancolía, la nostalgia, al volver a aquellos años maravillosos. Son recuerdos que te hacen aflorar sentimientos. Que te hacen revivir cosas más allá del fútbol. Momentos e instantes vividos con familiares y amigos. Esta es la magia del fútbol”

Wembley debe estar en una posición privilegiada en esa lista de recuerdos felices.

Recuerdo que, con la falta de Koeman, mi padre pegó un salto y se dio un golpe con la lámpara y se desmayó. Fue un momento de locura. Y también recuerdo el gol de Bakero, en Kaiserslautern. Wembley es uno de los primeros recuerdos de mi infancia. De mi vida. No es el primero, pero el primero, de hecho, también viene por el fútbol. Es el del primer encuentro que jugué. Fue en una fiesta del cole cuando teníamos cuatro años, que vivíamos en Murcia porque mi padre curraba en la RENFE y nos fuimos a vivir allí. Recuerdo prepararme las zapatillas y jugar el partido, que lo viví como si fuera un profesional. Como si fuera una Champions. Fue guapísimo. Y otro de los mejores recuerdos que tengo es ir cada domingo a ver jugar a mi padre, que era muy bueno. Llegó a jugar con Butragueño, y, de hecho, con 17 años estaba jugando en Tercera División. Estuvo jugando en la liga local hasta los 53 o 54, contra chavales de 18. Recuerdo que me iba siempre con él, con el balón bajo el brazo. No tenía ni seis años, pero ya estaba todo el día jugando con el balón. Era mi gran pasión.

Descubriste el fútbol en Murcia, y ya no te alejaste nunca de él.

Ya nunca me volví a separar del balón. Recuerdo que cuando regresamos a Ciudad Real el primer año estaba apuntado en el equipo de fútbol sala del cole y en el de fútbol 7 de la escuela municipal de fútbol, pero me tuvieron que quitar del equipo de la escuela porque no podías tener la ficha duplicada. Joder. Me entra la melancolía, la nostalgia, al revivir y al volver a aquellos momentos, a aquellos años maravillosos. Son recuerdos que te hacen aflorar sentimientos. Que te hacen revivir cosas más allá del fútbol. Momentos e instantes vividos con familiares y amigos. Esta es la magia del fútbol.

“Son tiempos pasados que no volverán”, como cantabais con Juancho en Sabor a nada, pero a los que siempre volvemos porque son eternos.

Mi infancia era fútbol, fútbol y fútbol. Cuando no estaba en el cole o entrenando con el equipo del cole o el de la escuela de fútbol, bajaba a jugar con el balón en una calle detrás de mi casa, contra una cochera. Me bajaba de casa con el balón y recogía a mi primo, y primero se ponía él y después, yo. Y así pasábamos la vida. Con el balón en los pies todo el día y con las Adidas Predator. Tu infancia, así como todo lo que vives en esos años, te marca mucho. Va formando tu personalidad y cómo serás como persona, y el fútbol inculca, y transmite, unos valores, de compañerismo, de sacrificio y de solidaridad, súper importantes. El fútbol es algo que une a la gente. Es algo que une muchísimo, y que crea lazos irrompibles, tanto entre los aficionados como entre los que juegan.

Cómo no emocionarse al volver a los tiempos de los telefonillos, las porterías hechas con sudaderas y las rodillas peladas.

Éramos libres en aquellos días. Lo único que nos preocupaba era regatear y meter el balón ahí, en esa portería. Crecer, y todo lo que conlleva crecer, te desvincula de esos orígenes tan primarios en los que uno se siente realmente libre. De la infancia. La infancia es, de hecho, el momento en el que más libres nos sentimos. Soñábamos con ser grandes, adultos, para hacerlo todo, pero cuando creces te das cuenta de que la verdadera libertad es la que te da la inocencia; y, mientras te ves perseguido por una nube de movidas, de responsabilidades, de incógnitas, de problemas, añoras la libertad de la infancia.

“No hay nada más puro, nada más libre de intereses, nada mejor, que juntarte con tus amigos para jugar al fútbol en la cancha del barrio”

Todos nos sentimos más niños, más libres, y sonreímos más, con un balón cerca.

A todos nos gusta ver una final de la Champions, y se disfruta igual, pero no hay nada más puro, nada más libre de intereses, nada mejor, que juntarte con tus amigos para jugar al fútbol en la cancha del barrio. Y, de hecho, echo mucho de menos jugar con mi pandilla de Ciudad Real. Porque juego mucho menos al fútbol de lo que me gustaría en la actualidad. Pero es que cuando te calzas las botas y te metes en el campo cualquier cosa que te inquiete desaparece. Empiezas a correr y solo ves el balón. Tiene una labor psicológica espectacular. Desahoga. Libera. Es un espacio en el que estás blindado de los problemas. Lo que está fuera de las cuatro líneas, de los 90 minutos, no existe. A quienes nos apasiona el fútbol nos encanta tocar un balón. Vemos un balón y lo tenemos que tocar. Necesitamos tocarlo. Me pasa siempre cuando veo la pelota de mi perro en el patio, que, inconscientemente, comienzo a hacer bicicletas. O cuando paso al lado de unos chavales que juegan en la calle, que siempre deseo que la pelota salga rebotada hacia mí para tocarla aunque sean tres segundos y devolvérsela. Nos pasa a todos.

Todos, también, soñamos con ser futbolistas; aunque, una vez enterrado el sueño, acabemos encontrando la felicidad por otros senderos.

Desde la distancia, es triste la sensación de verte a ti de niño dedicándole cada minuto de tu vida a un sueño que sabes que es improbable, pero en ese momento te importa una mierda lo improbable que sea. Porque lo único que quieres es jugar. Jugar, jugar y jugar. Pero a medida que creces te vas dando cuenta de que cada vez es más difícil. Un día te das cuenta de que si fueras una futura estrella quizás te habría llamado alguien a los 14 o a los 15. Es una cosa que aceptas, y en el momento en el que te das cuenta de que nunca llegarás a Primera División, en el que te resignas a aceptarlo definitivamente, ya ni siquiera te decepciona. Porque la realidad es la que es, y ninguno de tus amigos está jugando en el Real Madrid. Y también te hace ponerte nuevas metas. Yo, que jugaba de delantero o de mediapunta, jugué en serio hasta los 18, en el Manchego, un equipo mítico de Ciudad Real en el que también había estado mi padre, y cuando lo dejé tuve la suerte de encontrar la música, que me abrazó y que me sirvió como vía de escape y para cumplir lo que todo el mundo desea: dedicarse a alguna de las cosas que más ama en este mundo.

Tres décadas después de descubrir el fútbol, ¿qué es, en este “mundo de plástico, en esta jaula de cemento”, según proclamas en Stoichkov, este deporte para ti?

Es el deporte más divertido del mundo. Y un vehículo de unión espectacular. Porque genera una maraña de sentimientos indescriptible. Se ha convertido en un macronegocio, y en algún sentido puede que sea, efectivamente, el opio del pueblo; pero las personas a veces necesitamos evadirnos de nuestros problemas del día a día, y el fútbol, al igual que la música, es una vía de escape única para lograrlo. El fútbol forma parte de las alegrías y de las tristezas de las personas. Y une muchísimo a la gente. Hace que la gente se junte, y hace que la gente viva más feliz. Empiezas jugándolo, y luego pasas más a verlo, pero te acompaña siempre, y, a pesar de ser un negocio, te hace feliz toda la vida, y ayuda mucho más de lo que daña.

“Tú me preguntas qué es arte”, cantas en Stendhal. Responde tú: ¿El fútbol lo es?

Hay miles de acepciones para definir el concepto arte, y, de hecho, creo que cada persona tiene su propia nube de conceptos para definir lo que es arte y lo que no lo es. Considero que arte es algo que hace sentir a la gente, algo que le puede cambiar el estado de ánimo a la gente. Y es evidente que el fútbol lo hace, así que es evidente que el fútbol es arte.

 


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Fotografía de portada: Juan Moreno.