Resulta que Dado Pršo apenas mide 1,88. Recuerdo, aún, aquellas noches, de principios de siglo, en las que, de niño, postrado ante una vieja Panasonic, me parecía un gigante. Parafraseando un viejo artículo de Jorge Valdano en el diario As, posterior a uno de los primeros encuentros entre el Liverpool de Rafa Benítez y el Chelsea de José Mourinho, en el que el de Las Parejas remarcaba que “usted pone una mierda colgada de un palo en medio de Anfield, y tendrá mucha gente dispuesta a decir que se trata de una obra de arte. Pero seguirá siendo una mierda colgada de un palo”; el fútbol está hecho de sugestiones. Y las que crea, fomenta e incentiva la niñez son imbatibles. En aquellos días en los que nuestro conocimiento del fútbol internacional se limitaba al FIFA y al PES y a los encuentros de la Liga de Campeones; recuerdo que me atraía sobremanera, que me despertaba una ingente admiración, la figura de Dado Pršo. Quizás por la musicalidad de su nombre. O por el carón que coronaba la ese, la tercera de las consonantes de un apellido de cuatro letras. Quizás por su aspecto de eterno villano, de malo de las películas; siempre hambriento, con el ceño fruncido. Quizás por su carácter incansable, luchador. Quizás porque en él, un tanque, un pívot, un delantero directo, portentoso, correoso, incluso insoportable, se personificaban todas las virtudes que yo, que soñaba con ser un exquisito trequartista, e imitaba a Ronaldinho en las faltas, estrellándolas una vez tras otra contra la barrera o contra la canasta que había sobre el travesaño, tanto despreciaba. A mí, que, unos años más tarde, tanto acabaría cautivándome la elegancia del protagonista de la bella V de Vendetta, que parte de los hechos, protagonizados por Guy Fawkes, que sucedieron alrededor del parlamento inglés el 5 de noviembre del 1605, justo 369 años antes de que Pršo llegara al mundo, me fascinaba, me maravillaba, me apasionaba, la contundencia, la áspera dureza, de Braveheart; el sobrenombre, tan acertado, con el que conocía al artillero croata la afición del Glasgow Rangers, el equipo en el que, obligado por sus castigadas rodillas, acabaría colgando las botas demasiado pronto; a mediados del año 2007, cuando tan solo tenía 32 años.

Nacido en 1974 en el seno de una familia humilde en la ciudad marinera de Zadar, enamorado del balompié desde que saltó de la cuna, Dado, formado en la prolífica cantera del Hadjuk Split, debutó en el fútbol profesional croata, de la mano del Pazinka, de la segunda división, en 1992; pero el sangriento e inhumano conflicto bélico que asoló la región de los Balcanes en la década de los 90 le forzó a dejar atrás su tierra. “La guerra iba avanzando a nuestro alrededor, mientras jugábamos”, rememoraba el atacante, hace unos años, en una entrevista, concedida al rotativo escocés The Herald, en la que se intuía que su carácter batallador, tan aguerrido, se forjó durante aquellos días en los que tuvo que escapar del horror de la guerra; en los que, con ni tan solo 20 primaveras, arrancó su andadura por el balompié humilde francés de la mano del Rouen, de la categoría de bronce: “Fue difícil para mí; un chico joven en un país extranjero. Mi mente estaba en Croacia, en la vida, en la muerte; no en el balompié”. “Nadie le quería. Aquello no era lo que había soñado. No estaba adaptado. Se desmotivó hasta abandonar el fútbol. ‘Me olvidé del fútbol. Ya no existía’, cuenta Pršo; ‘me convertí en un golfo, en un hombre de la noche y las discotecas’. El futbolista frecuentaba todas las madrugadas los locales de la adinerada costa de Normandia, descuidó su forma y superó los 100 kilos. En el fondo del abismo, una noche, conoció a la que es hoy su esposa y se mudaron a Saint Raphäel, al sur. Allí comenzó su nueva vida”, afirmaba Juan Morenilla en un reportaje de El País que reconstruía la atípica carrera del ariete croata, que dejó atrás los bares, el tabaco, las tragaperras, las ruletas, para empezar a escribir una bella historia de superación en el amateur Stade Raphaëlois, de la cuarta división del balompié francés. 

 

“Fue difícil para mí; un chico joven en un país extranjero. Mi mente estaba en Croacia, en la vida, en la muerte; no en el fútbol”

 

Fue justo allí, a orillas del Mediterráneo, a medio camino entre Cannes y Saint-Tropez, donde la vida de Dado Pršo cambió para siempre, ya que, en un partido amistoso contra el primer equipo del Mónaco, el exentrenador del conjunto ‘rouge et blanc‘ Gérard Banide se enamoró de él hasta el punto de incorporarlo al club (1996); aunque la alargada sombra que empezaban a proyectar atacantes como Thierry Henry o David Trezeguet le hizo salir, en calidad de cedido, a buscar las oportunidades que no encontraba en Stade Louis II en el Ajaccio, con el que celebraría 21 goles en 53 duelos y un ascenso a la categoría de plata del fútbol galo. “Cuando me fichó el Mónaco volví a tomarme en serio el balompié. Me cambió la vida; pero siempre había creído en mí, incluso cuando estaba solo y trataba de hallarme a mí mismo. Vivir situaciones difíciles te hace ser más fuerte”, afirmaba, en The Herald, un Dado Pršo que acabó regresando al cuadro monegasco, ya definitivamente, en 1999; aunque, hacia el final de la 01-02, cuando ya había alzado una Ligue 1 y un Trophée des Champions vestido de rojiblanco, una inoportuna lesión volvió a borrarle la sonrisa. “Vivió días de gloria. Y también una pesadilla, otra más. A causa de una malformación en una pierna, tuvo que someterse a una osteotomía tibial a finales del 2002. Le rompieron a propósito el hueso para ajustárselo al eje de la pierna, y curarle. ‘Pensé que no volvería a jugar más’, dijo Pršo, que estuvo diez meses de baja. Su carácter se encargó de lo contrario. Cuando regresó, a mitad del curso siguiente (02-03), disputó 20 partidos, marcó 12 goles y dio cinco asistencias. Pršo había renacido. Y hace unos días se le abrieron las puertas de la fama. Le marcó cuatro goles al Deportivo cuando nunca había hecho tres en un partido e igualó el récord en la Copa de Europa del holandés Van Basten, su ídolo, y el italiano Inzaghi”, concluía Juan Morenilla en el citado artículo de El País, glosando las virtudes de un Dado Pršo que, en aquel momento, había anotado siete goles en sus últimos siete partidos: dos en los dos contra Eslovenia, correspondientes a la repesca para la Eurocopa de Portugal, uno contra su Ajaccio en la Ligue 1 y hasta cuatro frente al Deportivo de La Coruña en un duelo correspondiente a la fase de grupos de una edición de la Champions League en la que tanto los hombres de Jabo Irureta como los de Didier Deschamps acabarían acariciando un título que acabó en las vitrinas del Porto de José Mourinho, que, sin duda, es el mejor de toda su carrera; en un encuentro con el que ni siquiera podía soñar cuando era un niño que corría por las calles de Zadar. O cuando, a mediados de los 90, tenía que compaginar el fútbol modesto con su empleo como mecánico en un taller de coches; ajeno a que algún día sería galardonado hasta en tres ocasiones con el premio al mejor futbolista croata del año (2003, 2004 y 2005).

Aquel histórico e inolvidable 5 de noviembre del 2003, el artillero balcánico, que fue titular en el lugar del lesionado Fernando Morientes, celebró su vigesimonoveno aniversario erigiéndose en el líder de los Patrice Evra, Jaroslav Plasil, Jérôme Rothen o Ludovic Giuly, de un Mónaco que atropelló, que desnudó, al conjunto de Riazor con un salvaje e increíble 8-3 que sirvió, a la vez, para desterrar para siempre la camiseta anaranjada que el Deportivo estrenó en aquella aciaga noche y para que Dado Pršo escribiera su nombre con letras de oro en la historia de la Copa de Europa y en la de un Mónaco, que tras superar al Real Madrid y al Chelsea en dos eliminatorias mágicas acabaría pereciendo, a un paso de la gloria, ante el Porto de Mourinho, sobre el césped de Gelsenkirchen; en el que fue el último encuentro del croata con la elástica ‘rouge et blanc‘. Los cuatro goles que anotó en apenas 23 minutos en aquella noche brutal, en la que, sabiéndose ya eterno, incluso acabó desanudándose la coleta, son tan solo una muestra de los que continúan grabados en la retina de todos aquellos que, sin entender por qué, adorábamos a Dado Pršo; de todos aquellos que, ahora, le echamos de menos porque, en realidad, lo que echamos de menos es aquella época en la que, postrados ante una vieja Panasonic, todo nos parecía gigante. Cómo asentía Francisco Cabezas en el más imprescindible de los imprescindibles textos que escribe en El Mundo; el fútbol, en definitiva, no es más que un recuerdo de la vida.