Cuando el balón volvió a rodar tras el confinamiento, escribí en voz alta que no me atrevía a pedirle mucho a la vida ni al fútbol. Retomar la competición significó recuperar rutinas y reactivar rituales. El formato ‘Clausura’ coincidió con una cálida y necesaria ‘Reapertura’ existencial. Pequeños placeres como sentarse en una terraza o ver un partido abrieron un gran debate: ¿es lo mismo sin público en el campo? No. Ante el ruido ambiental por la falta de ruido ambiental, pronto tuve que defenderme con una pregunta complementaria de mi cosecha: ¿es mejor este fútbol que ningún fútbol? Sí. Algunos exigían a voces que todo fuese como antes cuando ya nada lo es y no sabemos si lo será; yo preferí aceptar en silencio el cambio de envoltorio de mi producto favorito y me adapté al nuevo viejo fútbol, que regresó —lo admito— hueco y desorganizado. Distendido es la palabra, tanto en su acepción positiva (relajado, divertido) como en la negativa (carente de tensión).

Pues claro que al principio mis ojos se clavaban en la grada desierta y renderizada. Y claro que echo de menos ir a San Siro y escuchar la intensidad de la élite de la que tanto hablan los entrenadores. Sin embargo, no puse el grito en el cielo ante un problema que consideré secundario viniendo de dónde veníamos. Esto es, de ningún fútbol. El rush final liguero y una Champions vibrante a partido único hicieron el resto y en un alarde de resiliencia aprendí a disfrutar del espectáculo obviando su banda sonora. Mi mirada de ávido consumidor no tardó en acostumbrarse a un paisaje en versión original y por momentos —lo confieso— creí que la ausencia de aficionados no era para tanto. Porque en julio y agosto se trataba de rematar un cuadro inacabado. De repartir medallas en chanclas. Ya llegará el invierno y tendremos los bolsillos llenos de pañuelos y preguntas. A pesar de su efecto terapéutico, aquel carpe diem futbolero no podía durar. Que nos conocemos.

 

El silencio es tesoro cuando falta y anestesia cuando es lo único que hay. Este fútbol no será el de antes, pero sigue siendo mejor que ningún fútbol

 

El frío llegó y solidificó nuestras rutinas, y donde ayer veíamos un fútbol que era mejor que no tener ningún fútbol, hoy sentimos que este no es el de antes. Cosas de humanos. Anhelar lo que no se tiene, robar y salir a la contra. Sin los tradicionales coros y danzas, lo cierto es que está costando pintar el cuadro de un curso 2020-21 inevitablemente aséptico, con menos trascendencia y más eco. No le tomamos el pulso al nuevo viejo fútbol. Resulta que el folclore era sustancia y no envoltorio. Ya no se nos olvidará. Escribe Juan Tallón que “el silencio consigue volverse hipnótico cuando interrumpe con su envergadura el habitual ruido”, el problema es que el actual mutismo en los estadios ya no supone bendita excepción sino maldita regla y ahora —lo reconozco— sí necesito que una platea repleta me conecte a mi obra de teatro preferida. Da quale pulpito puedo exigir concentración a la línea defensiva si tengo la atención silenciada y por los suelos.

Del fútbol en mute habló Iniesta al rememorar el instante más especial de su carrera: “es difícil escuchar el silencio”, apuntó un Andrés que antes de su derechazo Mundial supo abstraerse del ruido cuando era norma y no anhelo. En los partidos con silenciador que hoy presenciamos —es un decir—, hay tramos en los que los actores parecen olvidar por qué están sobre el escenario o cuánto hay en juego. El silencio que necesitamos para concentrarnos al aparcar provoca el efecto contrario en los futbolistas, desconectados en medio de un sigilo ambiental que les exime de todo compromiso competitivo. No les culpo. Tampoco como espectador me veo con fuerzas para meter la pierna en cada jugada. El silencio es tesoro cuando falta y anestesia cuando es lo único que hay. Quiero pensar que este desapego es pasajero como el hueco espectáculo que hoy se presenta ante mis ojos y mis oídos. Este fútbol no será el de antes, pero sigue siendo mejor que ningún fútbol.

 


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Fotografía de Getty Images.