Hace 40 años, en Nottingham, un héroe con formas de forajido y un grupo de hombres felices asaltaron el botín de los ricos para repartirlo entre los pobres. Desde entonces, se han escrito muchas leyendas, cuentos y canciones en honor a esa panda de buscones, versiones románticas que se han encargado de ir construyendo un relato en el que el mito no se distingue de la realidad. Pero lo que se vivió junto a aquellos bosques a finales de los 70 y principios de los 80 del siglo pasado, durante varios meses demenciales en los que se invirtió el orden lógico de las cosas, fue real y palpable: de una dulzura extraordinaria para los seguidores del truhan, que hasta entonces se habían acostumbrado a las penurias y al anonimato, pero de una crudeza despiadada para tantos y tantos rivales, que fueron cayendo en emboscadas casi sin entender de dónde venía esa lluvia de golpes y flechas ni dónde habían estado escondidos hasta entonces esos tipos que corrían más, parecían más grandes y disparaban mucho mejor. Desde el todopoderoso rey, el Liverpool, hasta el elegante Ajax, pasando por los apuestos suecos y alemanes; a todos los ajustició el arco más preciso y la lengua más afilada de Inglaterra. Y no solo fueron las gentes de Nottingham las que cantaron las glorias de esos asaltadores que no se postraban más que ante los humildes: se encendió una luz de esperanza en todo el continente europeo. Y cada vez eran más los que creían que sí, que se podía reinar aun habiendo nacido pobre. ¿Fue solo un espejismo? Cuatro décadas después, no quedan bandoleros en el bosque. Las viejas coronas se han ido sucediendo en el trono y en Nottingham se conforman con ese rol secundario que un día, lejos de allí, alguien les otorgó. Por eso han erigido estatuas, han escrito libros y han guardado recortes de periódico. No vaya a ser que les confundan los que cuentan que aquello fue un sueño, un milagro que ya nadie nunca va a ser capaz de repetir.

Un tranquilo paseo desde el Castillo de Nottingham hasta Speaker’s Corner no lleva más de diez minutos. El punto de inicio se erigió en el siglo XI. El de llegada, en el XXI. Uno ha sido escenario de guerras, enfrentamientos, intrigas de palacio y toda clase de terremotos dinásticos. El otro, el primer rincón público para oradores surgido en el Reino Unido más allá de Londres, es testigo de la vida cotidiana de la Nottingham de hoy. Lo que los une es la presencia de dos héroes locales. Junto al castillo, una figura de bronce dispara un arco. Lleva capucha y tiene una expresión seria. Compite con ella en popularidad, en Speaker’s Corner, la escultura de un hombre sencillo. Viste un jersey y un chándal, y une sus manos en un gesto que mezcla orgullo y agradecimiento. Una estatua es legendaria; la otra, realista. ¿Qué explica mejor la singularidad de la ciudad? ¿La realidad o la ficción? ¿El mito o la Historia? ¿El verde o el rojo? En 2004, en pleno duelo por el fallecimiento del héroe del jersey, un aficionado que había acudido a llorarlo disipó las dudas ante un periodista: “Le dio un nombre a Nottingham. Olvídate de Robin Hood. Recuerda a Brian Clough”.