Como tantas otras genialidades, la fotografía de Quini que ocupa la portada del #Panenka104 nació de una casualidad, de un desvío del destino: lo que se suele llamar serendipia. Ya saben, los hongos caducados de Fleming y el descubrimiento de la penicilina.

“Antes nos colocábamos muy cerca de la portería. Yo estaba sentado en mi taburete y vi que Quini se me venía encima cuando saltó. La cámara estaba en automático y al caerme para atrás, con el susto, disparó una ráfaga de fotos”.

Así explicaba el fotógrafo Ubaldo Puche cómo hizo una de las fotografías más icónicas del fútbol español -y referencia insoslayable para sportinguistas de diversas generaciones-, la de Quini rematando de volea ante el Rayo Vallecano en un partido disputado en El Molinón en 1976.

El escorzo de Quini, la imagen de fondo del estadio de El Molinón, incluso la cara del jugador del Rayo Vallecano en un segundo plano… Puche decía que había sido un simple golpe de fortuna y que Quini, sin quererlo, le había hecho famoso.

El fotografiado no necesita presentación: fallecido hace tres años, Quini permanece en la memoria del fútbol español. Fue siete veces Pichichi (cinco en Primera y dos en Segunda) pero sobre todo fue un tipo carismático, generoso y entrañable. Inolvidable.  

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El fotógrafo, Puche, tuvo una vida mucho menos mediática pero también muy movida. No desentonaría como protagonista de una novela: fue soldado de la División Azul en la Segunda Guerra Mundial, guardia civil, buceador, púgil de lucha libre, vigilante y administrativo en Ensidesa, la fábrica siderúrgica que también dio trabajo a la familia de Quini: el ‘Brujo’, de hecho, empezó a jugar al fútbol en el equipo de la empresa, en los campos de Llaranes, un barrio de Avilés.  

Puche nació en Águilas (Murcia) en 1922. Recién concluida la Guerra Civil, a los 17 años, se enroló en el ejército siguiendo los consejos de un amigo que le había contado que allí al menos tendría aseguradas tres raciones de comida al día y un paquete de tabaco.

En 1941 se fue a combatir a Rusia como miembro de la División Azul, previa escala en Alemania para completar su formación militar. Regresó a España con la Cruz Roja al Mérito Militar y la Cruz de Hierro de Alemania, ingresó en la Guardia Civil de Málaga, fue escolta del ministro franquista José María Fernández Ladreda y tras la muerte de este, fue destinado a Asturias, donde comenzó a trabajar en Ensidesa.

Echó raíces en Llaranes, en el mismo barrio en el que había crecido Quini. El destino uniría sus vidas a través de una imagen, pero en aquellos años, la fotografía era simplemente una de las muchas aficiones de Puche.

Ya plenamente instalado en Avilés, Puche se convirtió en un ‘asturmurciano’. En Ensidesa desarrolló varios trabajos, entre ellos el de buceador como miembro del GEAS (Grupo Ensidesa Actividades Subacuáticas), con el que participó en decenas de rescates, pero después de un accidente, empezó a dedicar más tiempo a la fotografía deportiva. En el reparto de petos a los fotógrafos de El Molinón, el número uno estaba reservado para Puche.

Cuando falleció, en enero de 2019, llegó un telegrama procedente del Sporting de Gijón. “Puche forma parte de nuestra historia”. Dejó un archivo con más de 60.000 fotografías deportivas.

 El no-gol y el gol

Una de las curiosidades menos conocidas de la fotografía es que el remate no acabó en gol: Quini marcó un extraordinario tanto de volea ante el Rayo Vallecano, pero no es el que recoge la foto de la portada de Panenka, fechada en Gijón el 31 de octubre de 1976, en un Sporting-Rayo (1-1) de Segunda división.

El famoso gol de Quini llegó tres años más tarde, ya en Primera: 21 de octubre de 1979 en un Rayo-Sporting de Gijón que se jugó en Vallecas.

Mesa envía al área rival un centro muy pasado y cuando el balón parece perderse por línea de fondo, Quini engancha una volea imposible que se cuela en la portería de Pere Valentí Mora como un misil.

Para hacerse una idea: nueve años después, en la final de la Eurocopa de 1988, Marco van Basten marcó un gol idéntico ante la Unión Soviética.

La foto de Puche que ilustra la portada de Panenka representa mucho más que una volea: concentra el imaginario colectivo de toda una afición y de una figura, la de Quini, que traspasó fronteras por su carisma y bonhomía. Es la foto que preside el ‘espacio Quini’ en El Molinón y que incluso el Sporting lució en la camiseta de su primer equipo.