Recuerdo la Eurocopa de 2004 celebrada en Portugal como si fuera ayer, trece años después sigo emocionado por la sorprendente Grecia pero sobre todo por la República Checa. Qué plantilla aquella, con el paso del tiempo he ido mitificando a unos jugadores que debieron ganar ese torneo. Los helenos fueron los vencedores finales, con total justicia, pero por jugadores y lo demostrado durante aquel mes de junio me hubiera encantado que el título hubiera hecho compañía al de Panenka. Poco después mis tíos me trajeron desde Praga la camiseta del flamante delantero de la Euro, aún hoy guardo la camiseta de Baros cual reliquia. Era la selección de Cech, Galasek, Jankulovski, Koller, Rosicky, Ufjalusi, Baros, Smicer, Plasil y por encima de todos estaba Pavel Nedved. Pero el capitán, como todo héroe, necesita de un fiel escudero que esté a su lado en cada batalla, un compañero al que con solo mirar ya sepa qué es lo que imagina. Ese escudero llevaba el número ocho a la espalda, melena al viento y un ritmo rápido a la par que elegante. Karel Poborsky militaba en el Sparta de Praga, ya había dejado sus mejores ratos para el recuerdo pero quiso que la Eurocopa de Portugal fuera su último gran baile, una última mirada hacia la nostalgia.

La Eurocopa de 1996 y el escaparate

Las portadas van siempre en la misma dirección, son las estrellas quienes atraen todos los focos. Pero, ¿qué sería de ellas sin el típico compañero en el que también descargar ciertas responsabilidades? Nedved y Poborsky nacieron el mismo año, 1972 dio a la República Checa a dos de sus mejores futbolistas de la historia. Compartieron mil batallas con su selección nacional e incluso coincidieron en la Lazio. El bueno de Poborsky jamás alcanzó el aura de Pavel, en realidad muy pocos coetáneos pudieron hacerle sombra. Pero el extremo era pura velocidad y elegancia, un futbolista de los que dejan huella. Aún sigue siendo, tras Cech, el jugador de campo que más presencias ostenta con la selección nacional checa. Al igual que sucede con otros tantos futbolistas de calidad, con Poborsky siempre nos quedará la duda de hasta dónde hubiera llegado con algo más de continuidad. Le faltó estabilizarse a nivel de clubes al mismo nivel que mostraba junto a sus compatriotas. El verano de 1996 cambió su vida, su velocidad y melena se mostraron a Europa.

Inglaterra acogió la Eurocopa en el verano de 1996. Si en la anterior Euro la gran revelación fue Dinamarca, conquistó el título interrumpiendo sus vacaciones, en esta ocasión sería la República Checa quien daría la sorpresa. Les faltó el último escalón que sí pudieron ascender los daneses, pero aquel escaparate fue vital en la carrera de muchos de sus jugadores. Alemania, cómo no, fue quien se interpuso en el camino de la República Checa. El gol de oro anotado por Oliver Bierhoff aún perdura en el recuerdo. Poborsky llegó a la cita continental con tan solo 24 años, jugaba para el Slavia Praga y venía de hacer una buena temporada con el equipo de la capital. Pero en Inglaterra se salió, brilló junto a Nedved, Latal, Kuka, Berger o Bejbl. El bueno de Poborsky firmó grandes actuaciones pero tan solo un gol, pero qué gol fue aquel. Vitor Baia todavía estará buscando explicaciones a la cuchara en carrera que recibió de aquel melenudo extremo. Su gran torneo hizo que llamara la atención de los mejores clubes del continente, así pues recibió una llamada del Manchester United.

Equipos históricos y una retirada romántica

Era un United lleno de calidad, se les caía la clase. Qué podemos decir de los Schmeichel, Cantona, Andy Cole, David Beckham, Giggs, Roy Keane, Scholes o Solskjaer. Lo que hubiera sido aquel conjunto con Giggs por una banda y Poborsky por la otra, pero el checo tenía un duro rival que ya se empezaba a asentar: David Beckham. Poborsky aprovechó sus oportunidades pero en un equipo con tanta calidad le fue muy difícil poder tener continuidad, así pues decidió salir al Benfica. Volvió a brillar en Lisboa, sus grandes actuaciones le sirvieron de billete para unirse la Lazio junto a su viejo compañero Nedved. Ya imagináis cómo era esa Lazio de Dino Baggio, Stankovic, Verón, Claudio López, Couto, Lombardo, Marcelo Salas, Hernán Crespo, Mihajlovic, Nesta, Simeone, Ravanelli, Pancaro, etc. Una locura. Eran los vigentes ganadores del Scudetto y pese a tener semejante equipazo no pudieron revalidar el título. Lástima que coincidieran tan poco Nedved y Poborsky ya en un momento maduro de su carrera, en la siguiente temporada la Lazio vendió a Pavel por 41 millones a la Juventus y a Verón por 42 al Manchester United. Llegarían Mendieta (48 kilos), Stam (26 kilos), Fiore (25 kilos) y Kovacevic (15 kilos), pero esta sería la última temporada del extremo checo en la capital de Italia.

Poborsky3Poco duró su aventura en Roma, el extremo decidió volver a casa para así cerrar el círculo futbolístico. Primero recaló en el Sparta de Praga, años atrás lució la camiseta del rival capitalino, donde fue el futbolista mejor pagado del país y tras tres temporadas se retiró en el modesto Ceske Budejovice. Poborsky, todo un romántico, decidió poner punto y final a su carrera en el club que le vio nacer. Lo más asombroso es que pese a estar jugando en la segunda división checa seguía yendo convocado con la selección nacional, de hecho fue titular durante el Mundial de 2006. Ahí es donde se ve la relevancia que ha tenido este futbolista para su país. En 2007 colgó las botas y el club de Budejovice retiró su número 8. En una entrevista a la FIFA todavía seguía repitiendo: “En la Euro de 2004 teníamos el mejor equipo…”.