Crecemos. Sin parar. Incesante e inevitablemente. Tan deprisa que, de repente, sin ni siquiera darnos cuenta, las sartenes o las aspiradoras comienzan a hacerse un sitio entre los regalos de Navidad. Quizás es por la edad, o porque somos unos cascarrabias, unos melancólicos, unos nostálgicos a los que, cual indiscutible síntoma del paso del tiempo, se les resquebraja el alma al no hallar los nombres de Sergio Busquets y Luka Modrić en los onces titulares de un clásico; pero cada día nos cuesta más no sentirnos fuera de lugar en el contexto de un fútbol que cada año reconocemos menos; de un balompié corrompido, prostituido, despojado de sentimientos. Desubicados; vivimos, convivimos, con la contradicción de continuar entregándonos al fútbol a pesar de constatar, día a día, año a año, que poco, casi nada, queda ya del deporte del que nos enamoramos. Todos, creo, hemos hecho lo mismo en el amor; así que resulta más que evidente que esto es lo que sentimos por el balompié. Un amor, puro, genuino, que renace, que reflorece, que reverdece, al abrir el maravilloso Togo, de Óscar de Marcos (Fundación Athletic Club, 2019).

Resulta imposible no emocionarse, no esbozar una sonrisa, al devorar el libro, de apenas unas 100 páginas, ahora repletas de lápiz, dobladas casi en su totalidad, del futbolista de Laguardia; escrito con la colaboración de José Mari Isasi con motivo del último Letras y Fútbol, un festival de fútbol y literatura que organiza cada noviembre la Fundación Athletic Club, de la que Galder Reguera es el responsable de actividades, y que en su página web presenta a De Marcos de la siguiente forma: “Tras su debut en 2009, con cerca de 400 partidos [389, en concreto, que le colocan en el vigesimotercera posición de la clasificación histórica del club de San Mamés, a 41 del top 10], recientemente ha cumplido una década de rojiblanco y es uno de los capitanes. Es el futbolista de la plantilla que ha jugado en más posiciones; lo mismo en ataque que en defensa. Su polivalencia probablemente sea consecuencia de una de sus grandes virtudes: el sentido colectivo del juego. Esa capacidad de ponerse en el lugar del otro y de actuar en consecuencia, queda también de manifiesto en su novedosa faceta de escritor”. Escapando del estereotipo, tantas veces real, del futbolista que ha olvidado de dónde proviene, sus orígenes; y en el contexto de una sociedad egoísta, cada día más individualista, las tiernas palabras del ’18’ del Athletic enamoran; impregnadas de solidaridad, de humanidad. Desde la primera línea. Desde la frase de Eduardo Galeano, escuchada por primera vez en boca de Marcelo Bielsa, que escogió para abrir el libro: “La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”.

‘Togo’, de Óscar de Marcos (Fundación Athletic Club, 2019).

Partiendo de la creencia de que el progreso social va de la mano de la cultura y la educación, de que la capacidad de transformación social que atesora el balompié, un idioma universal, es poco menos que infinita; la obra, sencilla, real, no es ni más ni menos, ni pretende serlo, tampoco, que un relato autobiográfico del modesto futbolista de Laguardia; que hace dos años, en un reportaje sobre aquella brutal eliminatoria de la Europa League en la que el Athletic Club de Marcelo Bielsa arrasó al Manchester United, admitía: “Es imposible olvidar el encuentro de ida. Ese recuerdo es imborrable. Es lo más especial que he vivido dentro de un terreno de juego. Estaban mis padres, mi hermano. Habían venido mis amigos. Cada vez que metíamos un gol pensaba en ellos y me decía: ‘¡Buah! Lo que estarán gozando’. Además mi marca al hombre era Giggs… Me acuerdo perfectamente de que mientras le perseguía por el campo pensaba: ‘Joder, que estoy cubriendo a Ryan Giggs’. Para mí, para un chaval de Laguardia, no puedes imaginarte lo que suponía aquello. Si es que era una locura. Si es que yo a él lo había elegido mil veces para jugar con la Play”. Togo es, sobre todo, un viaje hacia el interior a través de un viaje a Togo; pero es, a la vez, un viaje hacia la infancia, hacia la adolescencia; hacia aquellos siete años en los que, siempre acompañado por su padre, Pedro Antonio, se aprendió de memoria las curvas de la A-124, de Laguardia a Vitoria, de Vitoria a Laguardia; ya de noche. Hacia aquel día en el que, más triste que enfadado, con la mirada perdida, con solo 15 años, convencido de que “un chaval que no es titular indiscutible con los cadetes del Alavés muy difícilmente llegará a profesional”, escuchó, de boca de su padre, unas palabras que todavía tiene grabadas en su mente: “Hijo, yo lo que quiero es que seas feliz. Si para ser feliz tenemos que volver a jugar en el equipo del pueblo jugamos en el equipo del pueblo”. Como aquel “te lo decimos muy claramente: si no apruebas segundo de bachillerato dejas el fútbol. Que lo sepas”, después de suspender siete.

O como aquella tarde del mes de julio del año 2009 en la que se hizo realidad el gran sueño de su vida al acabar de cerrarse su fichaje por el Athletic: “De todas las alegrías posibles las mejores son las compartidas. No pregunté ni cuánto iba a ganar ni por cuántos años fichaba ni nada parecido. Iba a jugar en el Athletic. Y la euforia no me cabía dentro. Necesitaba compartirla. Fue un momento inolvidable. Como si todos, unidos como locos por el subidón, ficháramos por el Athletic. La cuadrilla entera. Una piña. Ninguno de nosotros se acordó ya más de San Fermín. No había en el mundo mayor fiesta que la que compartíamos de forma improvisada en aquella piscina de Laguardia. O, por lo menos, nosotros no la cambiábamos por ninguna otra. Aquel día todo era alegría y felicidad”.

 

“No pregunté ni cuánto iba a ganar ni por cuántos años fichaba ni nada parecido. Iba a jugar en el Athletic. Y la euforia no me cabía dentro”

 

Reviviendo recuerdos que han ido quedando sepultados por el implacable paso de los años, De Marcos rememora, desnudándose, abriéndose en canal, su primer curso como león; con apenas 21 años, con el miedo a quedarse a medio camino, a un palmo de la gloria, como entona El Niño de la Hipoteca. Sueños; pesadillas. Alegrías; tristezas. Sonrisas; lágrimas. Caer; levantarse. Cielo; infierno. De los nervios de los primeros días en Lezama, ansioso por compartir equipo con ídolos como Carlos Gurpegui o Andoni Iraola, a protagonizar un arranque brutal, con cinco goles en sus primeros siete encuentros como titular, que tuvo su clímax, su cenit, en el debut, con gol incluido, en San Mamés; en el partido de ida de la Supercopa de España frente al Barça de Pep Guardiola (1-2). “Habíamos perdido, pero yo no sentía la derrota; tan solo mi triunfo personal. Cuando comienzas piensas y sientes por ti. Es inevitable. Todo gira en torno a ti. De repente eres el centro del mundo. Y una burbuja de vanidad te envuelve sin remedio”, reconoce el futbolista de Laguardia; ya con la treintena cumplida, ya consciente de que “lo más difícil aún estaba por llegar. Por muy difícil que sea que te fiche un Primera, por muy difícil que sea debutar, lo más difícil es siempre mantenerse”. Superando todas las expectativas creadas, sabiéndose importante en los esquemas de Javier Caparrós, el ’18’ habitaba “en los mundos de Yupi. Me levantaba por las mañanas y lo primero que hacía era leer los periódicos, mirar las redes sociales y entrar en foros para ver qué decían de mí, porque todo lo que comentaban era cojonudo y alimentaba mi ego y lo inflaba como un globo de gas. Mientras subes hacia la cumbre nadie mira hacia abajo, porque abajo queda tan lejos y está tan oscuro que no se ve nada, como si no existiera. En cambio arriba todo reluce como el oro”.

La situación comenzó a ennegrecerse en octubre; justo después del Mundial sub-20 de Egipto. Descubrió entonces la soledad; que, de la noche a la mañana, los elogios se pueden convertir en cuchillos que se clavan en la espalda, que hieren, que matan. “Nadie me dijo: ‘El problema es que has llegado muy rápido. No estás preparado y necesitas un tiempo de adaptación. El problema es que te lo has creído demasiado, las expectativas te han sobrepasado’. Si no estás preparado las críticas te arden por dentro. Y bajo esta presión te das cuenta de que estás solo. Como un examen. Y lo normal es que suspendas. Perdía protagonismo a pasos agigantados. Lo peor de las travesías por el desierto es que tú no te das cuenta de cuándo empiezan ni sabes cuándo acaban. No sabes si avanzas o retrocedes”, asiente un De Marcos que por aquel entonces vivía castigado, martirizado, atormentado, por el temor, por el pánico, a fallar, al error, a las críticas, a seguir alimentando la ola de decepción que se estaba generando a su alrededor; que “literalmente tenía miedo de volver a jugar y hacerlo todavía peor que la última vez”.

 

“Si no estás preparado las críticas te arden por dentro. Y bajo esta presión te das cuenta de que estás solo. Como un examen. Y lo normal es que suspendas”

 

Del Everest a la Fosa de las Marianas. Del feliz, brillante, debut con el primer equipo del Athletic a bajar al filial. “El mundo al revés”, acentúa un De Marcos que el 14 de abril del 2010, el día de su vigesimoprimer aniversario, después de haber disputado hasta 26 partidos oficiales a las órdenes de Caparrós, vio más lejos que nunca el sueño de asentarse en San Mamés. Perdieron por 3-1 en Zamora. “No sé si hubo un momento concreto en el que toqué fondo o si más bien fue algo gradual; como el tránsito entre las estaciones, de invierno a primavera. Lo que sí sé es que había días en los que no me reconocía en ese jugador que sufría mientras entrenaba. Había días en los que llegaba a cuestionarme si no era un estorbo”, suspira el jugador de Laguardia.

Las nubes empezaron a esfumarse en cuanto volvió a centrarse en el presente; en cuanto regresó a los orígenes, a vivir el balompié con la ilusión, con la pasión, con la que lo descubrió cuando tan solo era un niño; “haciendo de cada entreno un fin en sí mismo. Disfrutando de lo que había disfrutado toda mi vida: el fútbol. De la noche a la mañana, dejé de preocuparme por el qué dirán. Nada más. Nada menos. Día a día”. Lo fácil, simple, que es la vida. Y lo en serio que nos la tomamos muchas veces. Las nubes acabaron de esfumarse en verano del 2010, justo después de que el curso futbolístico bajara el telón. Las nubes acabaron de esfumarse del todo en la parte occidental de África, en Togo; adonde el futbolista vasco decidió viajar para combatir, para anular, el miedo. Para desterrarlo de su vida. Para encontrarse a sí mismo, quizás. 

 

“África, nada más llegar, me ha quitado de un guantazo toda burbuja protectora. Aquí no está el De Marcos futbolista; sino Óscar”

 

En el genial Togo, De Marcos entrelaza, cose, alterna, con una naturalidad fascinante, hipnótica, con un resultado hermoso, precioso, los momentos más importantes de su primer curso en el primer equipo del cuadro de San Mamés, desde los más felices hasta los más tristes, los más bajos, con pasajes, relatos, recuerdos, de su viaje al país africano; comenzando por su llegada al aeropuerto de la capital, Lomé; donde, tras colocarse en la fila equivocada al bajar del avión, se vio “solo ante el peligro, retenido por el personal de seguridad y acusado de no sé qué, ya de noche, en un país olvidado del África negra en el que nadie me conoce, en el que se habla un idioma que no entiendo”. Solo cuando Claude, un togolés afincado en Barcelona con el que coincidió en el avión que acude a los Help! de De Marcos, les mostró algunas fotos suyas, convenciéndoles de que jugaba en la máxima categoría del balompié español, contra Leo Messi o Thierry Henry, le permitieron pasar. Pero, sintiéndose perdido, los nervios, la desesperación, el agobio, el pánico a tener que salir corriendo, a ser raptado, extorsionado, a encontrarse de cara con una pistola (“No soy capaz de concretar las amenazas, pero percibo el peligro. Además de miedo, empiezo a pensar que me he equivocado. Me reprocho haber venido. ¿Qué hago aquí? No sé qué va a ser de mí en los próximos días. No sé dónde me he metido, ni si voy a vivir para contarlo. Es lo que siento”), tardaron en desaparecer del todo; multiplicados por el Je ne parle pas espagnol y el cartel con un De Marcos mal escrito e ilegible del chófer que le recogió en el aeropuerto de Lomé para conducirle hacia el norte, hasta el Centro Don Bosco, en Kara.

“África, nada más llegar, sin darme siquiera tiempo a ver la luz del día, me ha quitado de un guantazo toda burbuja protectora, toda tontería, toda fama. En este cuarto de alguna casa de algún barrio de la ciudad de Lomé no está el De Marcos futbolista; sino Óscar, el hijo de Elvira y Pedro Antonio. El hermano de Pedro y Verónica. El nieto de Antonio y Dolores. Y de Nati y José Antonio”, rememora De Marcos, regresando a la primera noche que pasó en África; que viajó a Togo para ejercer como voluntario en el centro que dirige el palentino José Luis de la Fuente, que cuenta con tres hogares para dar cobijo a cientos de jóvenes e infantes marginados de la ciudad; haciendo lo posible para librarlos del estigma de brujos que pesa sobre muchos de ellos y, sobre todo, de ellas. Su cometido fue enseñarles a jugar al fútbol a los jóvenes. Pero “son ellos quienes cuidan de mí”, matiza el futbolista del Athletic en Togo; seducido, cautivado, “por cómo celebran la vida, a pesar de todo. En un mismo escenario de miseria y de explotación la alegría de vivir se abre paso ante mis ojos. No deja de sorprenderme”. “¿De dónde sacan todo ese cariño? Te dan todo lo que tienen. ¿Y qué tienen? Eso tienen: cariño”, afirma el ’18’ de San Mamés; que, reacio a los grandes titulares, siempre ha preferido mantener en secreto sus acciones solidarias porque, según unas declaraciones recogidas por Sergio Viñas en las páginas de El Mundo, “si las cuentas parece que las haces para que te lo reconozcan los demás. Mi padre siempre me dice: ‘Hijo, mejor por la sombra’.

 

“Quizá acabe en Segunda B como tantos otros que debutaron y no lograron quedarse en la élite. ¿Y qué? ¿Es que pasa algo si acabo en Segunda o Tercera?”

 

Nada importan, ahí, en Togo, en Kara, en el campo de tierra del Centro Don Bosco, las victorias, las derrotas, los goles que valen doble fuera de casa, la acumulación de cartulinas amarillas, las críticas en Twitter; que el Mundial que se estaba jugando 5.000 kilómetros al sur volara a Madrid o hacia Ámsterdam. “Cuando les contaron que un futbolista de Primera pasaría un tiempo en Don Bosco les pareció muy raro. Supongo que desconfiaron un poco. Igual se imaginaron el postureo de una celebrity mientras le grababan un publirreportaje. Tengo 21 años y solo llevo una temporada en el primer equipo. No estoy más que empezando. Me queda lo más difícil. Quizá acabe en Segunda B como tantos otros que debutaron y no lograron quedarse en la élite. ¿Y qué? Igual es la pregunta más importante que me he hecho en mucho tiempo. ¿Es que pasa algo si acabo en Segunda o Tercera?”, acentúa Óscar De Marcos en Togo antes de recordar las caras de admiración, las boquiabiertas e infantiles sonrisas, con las que un día de torneo le observaban sus jóvenes pupilos, rodeándolo. Su padre, Pedro Antonio, tenía razón, una vez más: “Todos debemos viajar a Togo alguna vez en nuestra vida. Y entender qué significa Togo”.