Llevo 5 minutos esperando en la parada del autobús, apoyado contra la pared. Mantengo la actitud de un gato fuera de su hábitat. Aparentar seguridad y mantener las alertas encendidas en el interior. No llevo ni 24 horas en Mánchester y aún no me siento del todo seguro en esta ciudad. Yo y mi ansiedad. He venido solo. No conozco absolutamente a nadie. Por eso me tomo al pie de la letra el consejo que me dio un amigo la primera vez que me adentré en cierta zona de Barcelona cuando me fui a vivir a la ciudad: “aparenta ser del barrio, aunque no tengas ni idea de donde estás”. Aquí sigo, en la parada del autobús que me va a llevar al estadio. De camino me he cruzado con centenares de personas con bufandas del Manchester United. También con unos cuantos aficionados del Southampton. Y un par de grupos de chavales con sus chaquetas de Stone Island y Lyle & Scott. El partido en Old Trafford comienza a las 15:00. Pero ese no es mi destino. El bus que espero desde hace ya diez minutos me va a llevar en la otra dirección. Al este. A Broadhurst Park, hogar del United of Manchester FC. Hoy se enfrentan al Hereford. A la misma hora que el partido de Old Trafford. En la división norte de la National League. El sexto nivel del fútbol inglés.

Cuando los Glazer, una familia neoyorkina de origen judío y sin la más mínima relación con el club ni con la comunidad se hicieron con la mayoría de las acciones del Manchester United, surgió un movimiento de respuesta que cristalizó en la formación de un nuevo club, el United of Manchester FC. Las premisas eran claras: el nuevo club sería propiedad de los aficionados, se funcionaría de forma horizontal y se mantendrían inquebrantables los lazos con la comunidad. Era la expresión del sentir de un grupo de aficionados que no querían renunciar a su identidad ni a sus colores frente al frío de la realidad capitalista. Es por eso que estoy camino de conocer a este club y de poder vivir un partido suyo en directo. Es un ejercicio con el que pretendo encontrar aquello que me enamoró del fútbol y que con el paso de los años se ha convertido en una especie de fantasma con el que convivo. Una entidad cada vez más difusa a la que no dudo en aferrarme de manera casi desesperada.

Me comienzo a impacientar porque falta poco tiempo para la hora de salida del autobús que ofrece de manera gratuita el club. Aquí no veo a nadie que parezca ir a ver un partido de fútbol. Por casualidad me da por mirar a la acera de enfrente. Observo a un chico algo más mayor que yo, pero con el mismo outfit. Cruzamos las miradas. Miro para otro lado. Vuelvo a fijarme en él, que ya no me mira. “Aquí los coches circulan por la izquierda, gilipollas”. Una nota mental que procuro clavar a fuego en mi cerebro para evitar más amagos de muerte por atropello como el de esta mañana. Cruzo la calle. Superando mi hándicap con la socialización con desconocidos, le pregunto a ver si es aquí donde para el autobús del club. “Sí, tío. Te he visto vestido igual que yo y sabía que venías al campo. No eres de aquí, ¿verdad? Vente conmigo”. Dos minutos después estoy sentado en el autobús junto a Dave, que así se llama mi cicerone mancuniano. Me explica que antes de los partidos se sirve comida en el interior del estadio y hay varias actividades. El cabrón no para de hablar sobre el club. Se emociona y cada vez se me hace más incomprensible su acento norteño.

El bus está lleno y no es el único que hace el mismo viaje. Nos alejamos del centro y atravesamos barrios residenciales. Coches aparcados en la parte delantera y minúsculos jardines en la parte trasera de las casas. Con la lluvia que está cayendo no creo que hoy tengan mucho uso. 20 minutos después llegamos a Broadhurst Park. Bajamos y la leve lluvia se convierte en diluvio. Dave me acompaña a la tienda del club a que realice mi ineludible ritual: comprarme la bufanda del equipo local de la ciudad que visito. La tienda es un zulo de poco más de 5 metros cuadrados, pero con una cantidad considerable de merchandising para un club de la sexta división. En la entrada procedo a completar los rituales del fútbol inglés que tantas veces he visto: comprar el programa del día y atravesar el estrecho y metálico torno que recuerda al economato de una prisión.

 

Los bajos de la grada norte se empiezan a llenar. Gente de todas las edades calada de arriba abajo. Sube la temperatura y la humedad en el ambiente. La gente se saluda y comienzan los cánticos. Esto no es masa, es comunidad

 

Una vez dentro alucino con lo que veo y muero de envidia. Bajo la grada del fondo norte del estadio han dispuesto un local enorme con un escenario, barras de bebida y comida. Lo tienen decorado con banderas del club y de diversas causas. Me llaman la atención la bandera de las Brigadas Internacionales y la enorme bandera que preside el escenario, que reza ‘Our flag stays red‘. Nos juntamos en la mesa con unos amigos de Dave. Unos voluntarios del club, aquí todos lo son, nos sirven la comida: tacos veganos, ya que no hay oferta cárnica. Mi cicerone no me deja pagar. Me presentan a una de las personas voluntarias del día de hoy, una persona trans que se despide en castellano. Hablamos de fútbol, despotricamos contra el negocio y me muestran, con orgullo, lo que es este club.

Tras la comida hay un breve recital de poesía feminista por una poeta local y una actuación de un grupo de chavales de la ciudad. Durante el té, que Dave cambia por otra cerveza, se realiza un pequeño quiz sobre el equipo contrario. Los bajos de la grada norte se empiezan a llenar. Gente de todas las edades calada de arriba abajo. Sube la temperatura y la humedad en el ambiente. La gente se saluda y comienzan los canticos que reverberan bajo la grada de hormigón. Esto no es masa, es comunidad. “Espera a que nos juntemos todos en la grada. Porque te vienes con nosotros, ¿no?”. Difícil sentirte más en casa. Uno de los amigos de Dave se acuerda de cuando el Athletic eliminó al Manchester United, eliminatoria que está a pocos días de cumplir 7 años y de la que guardo un recuerdo imborrable: “Me gusta vuestro club, tenéis un aire inglés”. Me gustaría explicarle que cada vez menos. Apenas nada. Pero me parece que, por desgracia, es algo que también les está pasando a los clubes ingleses. Salimos a la grada minutos antes del comienzo del partido y nos colocamos detrás de la portería. Desde cincuentones como Dave hasta adolescentes. Una bandera de Cuba con los colores del club y la inscripción ‘Hasta la victoria siempre’ preside el lateral del campo donde aún no se ha construido ninguna grada. Un montón de banderas con los colores del club, pero también contra el fútbol negocio, la homofobia y las desigualdades sociales.

Comienza el partido y procuro seguir los cánticos que entiendo. Grito como uno de ellos. En el otro fondo están los hinchas del Hereford. Unos 200 locos que han recorrido las 150 millas [casi 250 kilometros] para ver a un equipo, el suyo, que vivió épocas mejores. Se adelanta el United y la gente se vuelve loca. De momento solo han ganado un partido en toda la liga. Se han dejado gran parte del presupuesto en el nuevo estadio y la configuración de la plantilla se ha hecho en base a una economía de subsistencia. Un amigo de Dave se me acerca y me dice que les he traído buena suerte. Suerte que se acaba en cuanto empata el Hereford seis minutos más tarde. Los hinchas visitantes encienden bengalas y un par de ellos saltan al campo a celebrarlo con sus jugadores. Los ánimos no decaen en la grada norte. Llega el descanso y vamos a la zona del palco, que está abierta para todo aquel que quiera entrar. Dave me invita a café y me sigue contando los entresijos del club. Hablamos de viajes con el fútbol como leitmotiv. No deja de mirar el móvil y murmurar. El Southampton va 0-1 al descanso. Le pregunto por su relación con el Manchester United. Hace el gesto de cortarse las venas y suelta un categórico “we still bleed red”. Pienso en mi club, en el Athletic. Llevamos años de una deriva de identidad que no comparto. Que no me gusta. Que hace que sienta una sensación de desarraigo hacia el club de mi vida. Pero jamás podría dejar de ser del Athletic. Supongo que tu pasado y tu club te pertenecen a ti. Y que eso ningún magnate o mandatario local lo podrá borrar. Los aficionados del United of Manchester FC tampoco han dejado de ser de su club. Por ello luchan día a día en la construcción de esta aventura. Porque quizás sea la forma más real de demostrar fidelidad a tus sentimientos.

Comienza la segunda parte. Comienza a oscurecer y cada vez hace más frío. Siguen los cánticos. En el minuto 57 se adelanta el Hereford. Dave sigue en su viaje de ida y vuelta a Old Trafford. El Manchester le ha dado la vuelta al marcador, pero ha empatado el Southampton. Cuando el partido está a punto de terminar me agarra del brazo y me grita: “¡Lukaku!”. Minuto 88 en Old Trafford y el belga ha marcado el definitivo 3-2. Aún recuerdo cuando solo siendo un chaval de 16 años jugando en el Anderlecht nos trajo de cabeza, a todo San Mames en general y a Xabi Castillo en particular, en la eliminatoria de la Europa Legue en 2010. Tres minutos después de vuelta en Broadhurst Park, ya en el descuento, Kurt Willoughby empata para el United of Manchester y la grada lo celebra como una victoria.

De vuelta en la ciudad, Dave me acompaña hasta la estación de tren. Tengo que ir a Liverpool. Esta noche tocan Sleaford Mods. Tengo entradas. También para el Everton-Liverpool de mañana. Por el camino, a toda prisa, Dave me va enseñando diferentes sitios de la ciudad. En la estación nos despedimos con un abrazo. Ya en el tren, con la calma, recuerdo el orgullo con el que me ha hablado de su club. También recuerdo el orgullo con el que me ha mostrado un mural con el rostro de George Best que preside una pared del centro de la ciudad. Es imposible renegar de tu identidad y tus raíces. Y es que Dave, y todos los que esta tarde poblaban la grada de hormigón, siguen sangrando en rojo.