Lo aprendimos para siempre en esa célebre escena de Mad Men en la que Don Draper encandila y conmueve a los ejecutivos de Kodak con su discurso: la nostalgia es mucho más poderosa que la memoria. A menudo no recuerdo qué cené la noche anterior y sin embargo me siento capaz de participar en un simposio sobre el penalti de Baggio en el 94, la chilena de Rivaldo en 2001 o la jubilación anticipada de ‘Zizou’ en 2006. No son frases hechas, si me cantan dónde estabas entonces conozco la respuesta con tal de que aquel día hubiese partido. Fútbol, máquina del tiempo. Nos traslada a lugares donde deseamos regresar. Donde sabemos que somos queridos, en palabras del apuesto Draper. Pero como bien saben las marcas para las que hoy trabajaría, no sólo de intangibles vive el hombre.

Tengo el armario repleto de nostalgia con mangas. Huelga decir que una camiseta es más que un trozo de tela: alcanza el tejido emotivo y es capaz de convertir la recuperación semanal de la infancia en una experiencia aterradora —si el uniforme de los nuestros provoca vergüenza ajena— o maravillosa —si el diseño da en el clavo y boom, nos llevamos la mano al bolsillo y publicamos el meme de take my money—. Vivir es estar dispuesto a quedar prendado por una prenda. Anhelamos renovar periódicamente la conexión sentimental con nuestro equipo y, en mi caso y el de muchos coleccionistas, disfrutamos estableciendo vínculos con nuevos clubes por motivos cromáticos, turísticos, deportivos o aleatorios. Aceptamos que el poliéster nos toque la fibra. Queridas marcas, somos vuestros. A cambio, agradeceríamos una brizna de coherencia, una argumentación con la que estar (o no) de acuerdo como consumidores.

En el fútbol y en la vida reivindico la permeabilidad mental, que no es lo mismo que permitir que todo nos resbale. Y en el contexto actual donde la abrumadora oferta busca constantemente las cosquillas a una demanda global a la vez receptiva y exigente, sugiero que escuchemos el mensaje con el que las multinacionales tratan de capturar nuestra at€nción. Aunque no me gusta todo lo que veo, me dan escalofríos los del odio eterno al fútbol moderno. No sé dónde trazan la línea entre ayer y hoy. Ellos tampoco. Los modelos que ahora desechan por ser demasiado innovadores son los que dentro de un rato reclamarán por ser retro. ¿Acaso el fútbol antiguo no fue moderno en su día? Ojalá Don Draper vendiese camisetas, lo explicaría mejor. Mientras tanto, sobreinformados como estamos, diferenciemos quién cuenta una historia de quien vende motos con mangas.

Es de recibo valorar la emergente intención por incorporar elementos urbanos o de identidad a las camisetas, tendencia que las marcas plasman especialmente en las segundas o terceras equipaciones. La moda llegó al fútbol para quedarse. Junto a las prendas de calentamiento —de las que me declaro tifoso incondicional—, los away o third kits son terreno fértil para la experimentación creativa. Y así debe entenderlo el aficionado. Dar y recibir. Si bien comprendo cierta dosis de purismo para con la camiseta titular, me gustaría que el futbolero medio adquiriese flexibilidad estética y demostrase empatía mercadotécnica absorbiendo algunas propuestas con mayor ligereza y deportividad. A los quejicas por sistema apetece decirles que es sólo un juego. Comprar no es obligatorio, disfrutar sí. Además, cabe recordar que cualquier diseño, por espantoso que resulte al ojo poco permeable, durará una temporada en la historia de clubes centenarios.

Las camisetas son un tema tan serio que conviene sdrammatizzare: tomárselas a la vez con humor, perspectiva, rigor y espíritu crítico. Si tiene sentido, el escudo a veces sí se toca. No me rasgo las vestiduras ante un emblema monocromático y puedo mirarme al espejo por las mañanas. Aunque parezca mentira, es posible y saludable apreciar un modelo que no nos gusta especialmente. Nuestro acto revolucionario para subir o bajar el pulgar ante las multinacionales es adquirir o no sus productos. Alguien tenía que decirlo.

Camisetas que sí, pero no

Una prenda, un porqué. Las third de Tottenham y Barça del curso pasado con los mapas de Londres y Barcelona integrados en el pattern o la nueva away del Liverpool con referencias a las estatuas sobre el río Mersey y a las Shankly Gates —donde se lee el tantas veces entonado You’ll never walk alone— son buenos ejemplos de propuestas creativas sólidas y bien argumentadas. En otro sorprendente guiño hidrográfico, la actual tercera equipación del Betis incluye una refrescante mención al Guadalquivir cuyo curso divide cromáticamente la camiseta. Guste o no el modelo, hay musho talento tras esa idea. La última creación que me resultó estimulante a pesar de no convencerme estéticamente es la away del Arsenal, que recrea los marble halls de Highbury con notable sensibilidad histórica.

Camisetas que no

Hay prendas que, literal y metafóricamente, no hay por donde coger. Puede pasar. Intentar replicar la camiseta de Croacia te enfrenta a un obstáculo insalvable: nunca será una camiseta de Croacia. Algo así sucedió con la anterior first del Barça —por si el pésimo modelo o el rendimiento del equipo fuesen poco, la explicación del Eixample nos dejó, ejem, a cuadroso con la nueva segunda del Inter, una propuesta que ya queremos olvidar y no ha arrancado la Serie A. En ocasiones, las marcas hacen buena la frase de que es mejor permanecer callado y parecer tonto que tomar a los aficionados por ídem. El Málaga se jugó un triple de dudoso gusto al defender una camiseta con “muchas M de Málaga juntas formando un trueno para homenajear a los malagueños héroes del Covid” que ya formaba parte del catálogo del “gigante del sector” que viste al equipo. No, hombre, no. Con más desatino histórico que maldad, el Chelsea presentó hace poco una equipación que imita los colores de un ilustre vecino. Ante el lema “It’s a London Thing”, el Crystal Palace no dudó en responder con ironía a los ‘Blues‘ (andreds’, en este caso) en Twitter. Fair play!

Camisetas que ¡sí!

Reinterpretar un éxito del pasado es a las camisetas lo que publicar una cover a la música: enfermería o puerta grande. Quienes ven siempre el vaso de la vida medio vacío asocian estas propuestas a la falta de ideas; quienes degustamos la nostalgia en pequeños tragos aplaudimos un clásico bien adaptado a los nuevos tiempos. Por ejemplo, la marca de las tres rayas acertó renovando con sobresaliente gusto la equipación de la ‘Mannschaft‘ en 2018 —instant classic, para entendernos— y las selecciones de Inglaterra y Francia acaban de presentar modelos inspirados en el Mundial 98 que rozan la matrícula de honor. Si el escudo centrado de los ‘Three Lions‘ evoca cualquier tiempo pasado que en las islas siempre parece mejor, la vibrante propuesta Bleu es una declaración de intenciones: vestir bien para seguir ganando. Allez! La última prenda que me ha hecho exclamar take my money ha sido la tercera y deliciosamente horizontal equipación del Inter. En una palabra: fenomenale.

En fin, no sé si las camisetas son lo más importante del fútbol, que a su vez nos dijeron que es la más importante de las cosas menos importantes. O era al revés. Lo que sí tengo claro es que son trozos de tela con un lugar destacado en el alma. Handle with care. Si estáis a tiempo, huid de la rigidez mental. Comprad una talla más de criterio. Os diré un secreto a voces: quienes defienden a capa y espada que el escudo debe estar del lado del corazón son los mismos que aseguran que la mejor camiseta de la historia de tal equipo es esa versión minimal con emblema en el centro. Nadie es coherente durante todo el día. Ni falta que hace. Pido a las marcas lo que estoy dispuesto a dar: ideas sensatas que toquen la tecla adecuada. Una mente permeable sabe cuándo dejarse llevar por la nostalgia.

 


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Fotografía de Getty Images.