Con nocturnidad y alevosía, la Superliga ha declarado su Brexit particular: esta vez no ha mediado ni siquiera un referéndum, aprovechando no solo que las aficiones llevan meses alejadas de los estadios sino, sobre todo, años adormecidas entre esa masa globalizada de clientes que diluye toda voz crítica. Lo que constituyó un murmullo de palcos durante los últimos tres años ha adquirido por medio de un tuit a medianoche la categoría de declaración de guerra: la primera revolución en la historia de la humanidad iniciada por los ricos, los privilegiados, la aristocracia. Millonarios del mundo (del fútbol), uníos. Che Guevara en Montecarlo, Robin Hood asaltando a los mendigos.

Como tantas veces ha sucedido, quienes llevaban meses cerrando los ojos ante las evidencias del contubernio VIP, quienes minimizaban la amenaza tildándola de “conversación de barra de bar”, ahora se rasgan las vestiduras ante el manifiesto fundacional del posfútbol: alejado de sus bases meritocráticas y desprovisto de su carácter identitario. No son dos cualidades menores. El fútbol ha cambiado enormemente desde la aprobación del profesionalismo en la Inglaterra de 1885, pero había preservado su condición de deporte incluyente, en el que los torneos no tenían más invitación que los méritos de los equipos sobre el césped. También había logrado, mal que bien, subsistir como motor emocional de comunidades diversas, plurales, a veces incluso contradictorias, que solo algo tan pueril como los colores de un club de fútbol eran capaces de conciliar.

Pero el fútbol es cada vez menos una bandera comunitaria alrededor de un deporte y cada vez más una industria de ocio alrededor de un espectáculo. Se diseñan camisetas esperpénticas pensando en el negocio. Se establecen los horarios de los partidos pensando en el negocio. Se programan temporadas caóticas, interminables, dañinas para los futbolistas, pensando en el negocio. Se restringe la Copa de Europa original hasta convertirla en una Liga de Campeones casi cerrada, que ni es liga ni es de campeones… de nuevo, pensando en el negocio. Transigimos con todo ello y ahora simplemente asistimos a un nueva vuelta de tuerca. Y, después de tanto pensar en el negocio, lo raro sería que quienes han dado este paso lo hubieran hecho movidos por el fútbol.

 

Lo que había constituido un murmullo de palcos durante los últimos tres años adquirió por medio de un tuit a medianoche la categoría de declaración de guerra: la primera revolución en la historia de la humanidad que inician los ricos

 

Hemos llegado a aceptar que el Mundial se juegue en un desierto, geográfico y democrático, y que a golpe de sobornos sea capaz de modificar el calendario de la temporada mientras miles de trabajadores migrantes sufren abusos laborales. Ojo, no hablamos de no pagar las horas extras sino de asistir impasibles a 6.500 muertes por agotamiento, por accidentes, por falta de capacitación: hablamos de neoesclavitud. Nos han vendido que lo mejor para el fútbol español es disputar la Supercopa en la españolísima Jeddah, provincia de Arabia Saudí. No nos molestó ver a Gazprom, brazo energético de Vladimir Putin, soltando billetes para patrocinar la Champions. Tampoco nos inquietó que dos equipos propiedad de una misma empresa, Red Bull, le dieran alas a sus clubes en una misma competición. No nos extrañó que el FairPlay financiero detectara irregularidades en París o Mánchester pero nos sorprendió aún menos que sus autores encontrasen fórmulas para esquivar las sanciones.

No es un mal exclusivo de los clubes Champions. Todos, cada uno a su nivel, hemos mirado hacia otro lado cuando a nuestro equipo ha llegado un presidente prometiendo un nuevo estadio con asientos calefactados y pantallas LED, cuando para fichar a ese jugador ilusionante se le han prometido sueldos inviables, cuando para poder competir hemos aceptado publicidad de casas de apuestas o propietarios de difícil escrutinio. Todo vale para saciar el señuelo del fútbol: te hace creer que puedes ganar, que estás a punto de ganar, que solo necesitas un poco más. Más jugadores, más aficionados, más dinero. Se trata de una espiral de ambiciones que nos atrapa a todos. Por eso es tan difícil plantear una alternativa que no convierta el crecimiento desmesurado -tanto deportivo como económico- en la razón última de los clubes, y lo sustituya por unos valores formativos e identitarios como bases irrenunciables. Los clubes de accionariado popular constituyen un ejemplo de que las buenas intenciones existen en el fútbol pero también de la reducida escala a la que están limitadas.

No hay espacio para la sorpresa. A pesar de sus fallas y de sus crisis cíclicas, el capitalismo no conoce límites y es, además, refractario a las regulaciones. Que la cuna de su escuela más liberal y agresiva radicara en un país tan poco futbolero como EE.UU. no ha impedido que acabe metiendo sus narices en el llamado soccer; solo lo ha retrasado. Ahora hay fondos de inversión o millonarios americanos en nueve de los 20 palcos de la muy tradicional Premier League. De Wall Street a The Kop, dos universos antagónicos, a golpe de jet privado.

La culpa no es de los americanos, ni de los oligarcas rusos, ni de los jeques pérsicos. Sería demasiado fácil. En 1987 los bombos de la vieja Copa de Europa, que no contemplaban cabezas de grupo, depararon en primera ronda una eliminatoria entre el Nápoles de Maradona y el Real Madrid de la ‘Quinta del Buitre’. Aquello dio pie a que Ramón Mendoza -entonces presidente madridista- abrazase las teorías de Silvio Berlusconi, en su doble vertiente de mandamás rossonero y magnate televisivo. Ninguno de los dos eran americanos pero hace 35 años amenazaron con llevarse al Milan, al Real Madrid y a otros grandes europeos a un torneo ya bautizado como Superliga europea. La UEFA logró parar el golpe pero solo a cambio de reformar la Copa de Europa. Cuatro años más tarde nacía la Champions League. Cada modificación posterior irá siempre encaminada en la misma dirección: blindar a los fuertes a costa de debilitar a los frágiles. En 1992 se experimenta con los grupos, para evitar eliminaciones tempranas no deseadas. En 1997 el modelo se retoca para incluir a varios representantes de las grandes ligas. Dos años más tarde se hace desaparecer a la Recopa, un torneo de fútbol que nunca quiso ser otra cosa, sacrificado en el altar de la banderola de estrellas y el himno de violines.

En 2016 la Champions complica aún mas el acceso a equipos de países considerados ‘marginales’ (demasiado pequeños, demasiado pobres, demasiado ex comunistas) mientras se garantiza que los cuatro primeros de Premier, Liga, Serie A y Bundesliga accedan directamente a la fase de grupos. Nada es suficiente. Tampoco el aumento de los premios económicos. La escalada no se detiene, como demuestra la ultima versión aprobada para el trienio 2024-27: de 125 partidos (96 en fase de grupos) la UEFA aprueba una ‘ampliación’ a 225 encuentros, 180 de ellos pertenecientes a una confusa liguilla unificada. El organismo europeo, constantemente atosigado por las amenazas de clubes top desde hace décadas, solo acierta a crecer por puro volumen: a peso.

Esa es la Champions que hemos ido aceptando. Un torneo que se ha alejado de la visión inclusiva del fútbol y camina hacia una doble concentración: cada vez menos clubes de cada vez menos países. En las últimas 25 ediciones solo ha tenido un campeón externo a las cuatro grandes ligas (el Oporto, en 2004) y, fruto de esa endogamia, apenas un campeón inédito (el Chelsea, en 2012). En los 25 años anteriores la Copa de Europa repartió siete títulos entre neerlandeses, yugoslavos, portugueses, franceses o rumanos, e inscribió por primera vez el nombre de 13 campeones.

 

En las últimas décadas los clubes han dejado de ser clubes y han pasado a considerarse empresas de entretenimiento. Ya no es tan importante ganar partidos como ganar dinero

 

En las últimas décadas los clubes han dejado de ser meras agrupaciones deportivas y han pasado a considerarse empresas de entretenimiento. Ya no es tan importante ganar partidos como ganar dinero, dos circunstancias que por primera vez en la historia no van directamente ligadas. Lo sabe el Manchester United, que sigue en el top 5 de clubes más ricos a pesar de acumular cuatro años sin levantar un título. Lo contrario, sumar deudas a pesar de lograr éxitos deportivos, también es posible: que le pregunten a la Juventus o al Barça. La pandemia de covid solo ha acelerado las ambiciones de unos y las necesidades de otros para dar el paso definitivo.

Todavía es difícil de imaginar, sin embargo, cómo podrán llevar a cabo los clubes rupturistas su amenaza. Habrá que ver el papel de los jugadores, de los aficionados y de los medios de comunicación en todo esto, aunque parece que de salida la Superliga va a tener a estos tres colectivos en contra. Sorprende que un proyecto tan trascendental no haya trabajado mejor la captación de adeptos entre actores que en un momento determinado pueden acabar bloqueándolo. Quizá solo estemos ante una nueva rabieta elitista, una rebelión de cartón piedra, que conduzca a un compromiso aún más favorable de lo que ya ofrece la UEFA.

El 16 de marzo de 1872 fue histórico para el fútbol. No solo porque se disputara la primera final de la FA Cup, el torneo más antiguo del mundo. Sobre todo porque fue el primer partido en que se cobró por asistir. Aquellas taquillas a la puerta del Kennington Oval de Londres se instalaron para cobrar un chelín por espectador, porque los futbolistas ya no solo procedían de las escuelas elitistas sino también de las fábricas. Los primeros, hijos de familias adineradas, podían permitirse jugar al fútbol gratis, por puro hobby. Los segundos, no: el balón tenía que retribuirles las horas perdidas en la factoría. Así llegó el negocio a este deporte. Así llegó el profesionalismo, a petición de los clubes obreros del norte de Inglaterra en contra de los equipos elitistas del sur. Hoy suena paradójico pero el dinero entró en el fútbol para hacer menos pobres a los pobres, no más ricos a los ricos. 149 años después asistimos al reverso egoísta de aquella visión.

 


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