‘Los partidos fantasma no son la solución, revelan el problema’. Así lucía el lema de la solitaria pancarta que ocupaba toda la tribuna principal del Merck-Stadion am Böllenfalltor del SV Darmstadt 98, conjunto del estado de Hesse, durante el segundo encuentro tras el parón forzado por la COVID-19 en Alemania. No fue un caso aislado. ‘Gente, no millones’, ‘Farsa deportiva’, ‘¿Es el fútbol profesional esencial para la sociedad?’ o ‘El fútbol sin aficionados no es nada’ seguían su senda clamando en medio de unas gradas de cemento otrora nunca visibles y ahora desiertas. Unas simples telas son el único vestigio que nos retrotrae al fútbol prepandémico.

En otros estadios, las indómitas pancartas fueron sustituidas por todo tipo de despropósitos ideados por los creativos de turno para recrear la atmósfera de los encuentros con público. Algo imposible, evidentemente. Por muchos maniquíes con bufanda al cuello, muñecas hinchables vistiendo camisetas, figuras de cartón con fotografías de los fans (horrendas, por cierto, y encima de pago en algunos casos) o pantallas adosadas al terreno  de juego en las que mediante una videoconferencia los seguidores tratan de ‘alentar’ a sus jugadores, no es factible reproducir el ambiente genuino que solo la presencia de los hinchas generan en las gradas. Las experiencias han resultado artificiosas e incluso ofensivas para aquellos que cada fin de semana se dejan la garganta, el sueldo y su tiempo animando a sus equipos. En plena espiral de ingenio algunos han llegado a plantearse usar cánticos o ambiente pregrabado para dar color a los encuentros. Sonido enlatado cual playback y todo ello únicamente para no depreciar las retransmisiones televisivas.

Pero cuando ya creía que habíamos tocado fondo se anuncia que una empresa está configurando una aplicación para crear aficionados virtuales. Gracias a la tecnología, los seguidores, desde sus casas, podrán cantar, mover sus banderas, aplaudir una jugada o incluso hacer la ola. La gamificación al poder. Y cómo no, una nueva fuente de ingresos más adecuada para las generaciones más jóvenes del siglo XXI, que, además, tendrán la posibilidad de personalizar su propio avatar.

 

El acceso de las clases populares a clubes, directivas y alineaciones fue lo que otorgó al fútbol su pátina popular y más genuina. Cuando el fútbol fue de todos

 

Me sentí viejo al conocer la noticia y, sobre todo, al no comprender cómo alguien puede plantearse instalar tal aplicación en su dispositivo y dejar de visitar el estadio, aquel templo en el que muchos han vivido sensaciones y tragedias inolvidables. Al reflexionar un poco acerca de ello solo pude exclamar: ‘larga vida a los groundhoppers, una especie, al parecer, en claro peligro de extinción’. Al desánimo provocado por el contexto actual, aprovechado, por cierto, de forma deleznable por los sempiternos detractores del fútbol para lanzar su eterna y peyorativa diatriba ‘pues parece que se puede vivir sin fútbol’, se añadió la actuación de los dirigentes futbolísticos por reanudar su negocio.

Porque no nos engañemos, lo que estamos viendo estos días no es fútbol. Es la industria del balón. Aquella que desprecia a los aficionados porque su prioridad es que los billetes vuelvan a llenar los bolsillos de los que dirigen el business. La que ha logrado revertir el disfrute del fútbol, aquel del que inicialmente gozaron en exclusiva unos gentlemen británicos de casa bien hasta que se popularizó entre la clase obrera. Porque hasta que el fútbol no se extendió más allá de los círculos acomodados no se erigió en el deporte rey. Fue entonces cuando la gente empezó a pagar una entrada para ver jugar al equipo de su ciudad o a sus compañeros de fábrica. El público fue el que convirtió al fútbol en algo más que un simple pasatiempo burgués. La gente, las gradas colmadas, las rivalidades enconadas… En suma, el acceso de las clases populares a clubes, directivas y alineaciones fue lo que otorgó al fútbol su pátina popular y más genuina. Cuando el fútbol fue de todos. No como ahora, cuando de nuevo aquellos que se creen sus dueños han logrado que el balón vuelva a rodar en estadios desiertos. Sin embargo, siguen sin darse cuenta: su pelota no tiene alma.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Getty Images.