Cerraste los ojos el viernes por la noche, después de esa cena con los únicos amigos con los que puedes seguir quedando, a los que precisamente ni siquiera pudiste seguir el hilo porque estabas hecho trizas tras una semana laboral más en casa. Los abres de nuevo el lunes, como si el finde ni siquiera existiera, como si fuera un concepto lejano de tu juventud despreocupada. Te das cuenta que otro calvario de 40 horas, más dos y media por esas pausas en las que tienes que devorar tu comida como otro Kabamaru, está a punto de comenzar. Te arrastras hasta la máquina del café y mientras esta prepara tu poderoso doppio, te miras en la superficie de aluminio reluciente y piensas que esto podría haber sido peor, que otra gente tenía que seguir currando ahí fuera, preocupándose constantemente por su propio estado de salud y el de su familia. Te sientas en tu ordenador y enseguida abres tu web favorita de deporte, siempre un poco de cachondeo va bien antes de empezar a mirar los soporíferos correos de tus compañeros.

Ahí, entre el último -hasta el siguiente- triunfo de Rafa Nadal en París y los resultados de los partidos de UEFA Nations League que solo Maldini puede seguir con algo de entusiasmo, destacan las declaraciones de uno de tus futbolistas fetiche, del pelirrojo maestro del pase, Kevin de Bruyne. “Estos dos últimos años no he parado de jugar. Este verano he tenido 8-9 días de vacaciones, no podía irme por más tiempo porque mi mujer estaba en sus últimos días de embarazo. Pero nadie escucha a los jugadores y veo a muchos de nosotros cayendo lesionados”. El café ya ha despertado tu cerebro del estado grogui y te da la oportunidad de reflexionar antes de tacharle como un niñato consentido más de la industria del fútbol. Sí, en este periodo has aprendido a mirar el otro lado de la moneda, a cultivar tu empatía, a preocuparte por personas cuyos caminos nunca se cruzarán con el tuyo.

El fútbol sigue, como tiene que seguir funcionando la economía según los expertos, representantes ilustres de la maquinaria imparable del capitalismo. Mientras nuestras vidas siguen vapuleándose por la pandemia, los calendarios de todas las competiciones continúan llenos de fechas que hasta los propios entrenadores manejan con dificultad. De repente te das cuenta que en el medio del triángulo que forman los espectadores como tú, los patrocinadores voraces y los gigantes televisivos, se encuentra una víctima inesperada que no es otra que el protagonista del juego: el futbolista. La salida de emergencia de esa conclusión fastidiosa aparece inmediatamente en tu mente confundida. Lo que cobrarías tú en un número indefinido de vidas, ellos simplemente lo categorizan en diferentes tipos de patrimonio al final de su carrera. Y eso ya es suficiente para justificar los más de 60 partidos que tiene que disputar un futbolista de élite, más las sesiones de fotos, las entrevistas y la vida lejos de placeres normales como un paseo sin distracciones en el centro de la ciudad, ¿verdad?

Intentando poner fin a tu tentación de procrastinar, cierras la web y abres rápido los correos. Tecleas vagamente la respuesta a tu manager que exige mejores KPI y momentáneamente consigues conectar conscientemente con tu cuerpo. Tienes el cuadricep más tenso que una cuerda anclada. ¿Y si KDB se atreve a decir lo que el resto hasta teme pensar? Puede que los futbolistas formen una clase de trabajadores hiper privilegiados en cuanto a compensación pero la duración de su carrera es normalmente corta y un imprevisto como una lesión grave puede abreviarla aún más. La vida de los que compiten al máximo nivel está encubierta por una capa de oro y sin embargo no tienen tiempo ni para saborear el simple placer de descansar. Campeonato, copa, Europa, selección y el contador suma minutos dos o tres veces por semana. Una vez más llegas a la conclusión que el fútbol sería un deporte más honesto y noble si más personas como Klopp se dedicaran a él.

Te acuerdas de esa broma malgastada que decía que Andrés Iniesta se parecía a un contador al que le faltaba la valija, pero ahora no te ríes. Las declaraciones del capitán del Manchester City que acabas de leer te han llevado mentalmente más cerca al estado de un jugador de élite, o más bien de la persona a la que le ha tocado llegar a la cima del universo balompédico de hoy. Parece que al empezar su carrera, se les entrega un carnet de identidad exclusiva; la del futbolista. Sin embargo, ningún joven firmó conscientemente que intereses ajenos al deporte que tanto ama le convirtieran en nada más que un empleado ilustre obligado a jugar hasta yacer totalmente exhausto en un césped lejos de su casa, su familia, sus amigos.

 


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Fotografía de Getty Images.