91.553. Ese es el número que queda para la historia. En los prolegómenos, ríos de gente teñidos de blaugrana fluían hasta desembocar en el Camp Nou. Bloqueada la Avinguda Diagonal y las calles colindantes del feudo blaugrana, montones de gargantas se aglutinaron a las afueras del estadio para recibir a sus jugadoras. Bufandas. Banderas. Casacas. “Hemos flipado cuando íbamos en el autobús. Hemos sacado los móviles para grabar ese momento y hemos empezado a picar en los cristales”, reconocía Aitana Bonmatí, futbolista del FC Barcelona y una de las goleadoras del encuentro, en la rueda de prensa posterior al partido.

Era la crónica de un evento esperado. En cuanto el club anunció que el duelo entre Barça y Real Madrid se celebraría en el Camp Nou, el ambiente se comenzó a caldear. Llegó el día: “Entradas ya a la venta”. Y colapsó. Se originó ese fenómeno que conocí al pedir cita para la vacunación de la Covid y es que ahora, las colas, también se hacen online. Corrían los minutos y mi fe entera se depositaba en la línea de ADSL con la peor cobertura y fiabilidad que se le recuerde a una compañía telefónica. Logré acceder a la página como si me estuviese arrastrando por el lodazal. Butaca que seleccionaba, butaca que ya había adquirido otra persona. Era una guerra sin cuartel.

Twitter ardía. La red social dedicada casi exclusivamente a que sus usuarios esputen odio comenzaba a hervir. Los perfiles oficiales del club catalán contaban las ventas por miles. Los números crecían a la par que los usuarios colgaban sus capturas de pantalla bien con las entradas, bien con el contador de minutos que todavía restaban para acceder a la compra. También, cómo no, de todos aquellos perfiles cuya opinión está basada en desprestigiar cualquier tema relacionado con el fútbol femenino. También a enjabonarse la espalda los unos a los otros para reafirmar una idea: Ser feliz no es una opción.

“El fútbol femenino no interesa a nadie. No genera”, decían los más clásicos y cuyo argumento se basa en no haber visto nunca un partido de fútbol femenino. Y fueron casi 100.000 personas. “Eso es porque ponen las entradas baratas o gratuitas”, como si el éxito fuese pagar cientos de euros en ver un partido. “Logro será cuando cada fin de semana vayan 90.000 personas a verlas”, pronosticaban otros tantos. O uno de los favoritos: “No tienen nivel competitivo y las porteras son malísimas”, aseguraban otro puñado de perfiles visiblemente indignados.

Comentarios que derivaban en debates acalorados frente a los seguidores de la disciplina femenina. Y empiezan a llover los insultos, las tensiones y todo tipo de conflictos virtuales innecesarios y cansinos que esconden una hipótesis: Molesta que sean las mujeres las que ahora levanten al público de sus butacas en un templo históricamente reservado a hombres. En ese barrizal de caracteres enterraba el hocico en busca de migajas de información sobre cómo poder sacar un par de entradas sin pasar por terapia. No fue una tarea fácil. Y esa emoción se desbordó a principios de año.

Porque el 17 de enero se agotaron las entradas. El cuadro catalán bajaba la persiana de la taquilla cuando todavía quedaba mes y medio para el gran día. Por delante, unos cuantos aperitivos en forma de otros Clásicos. Mismos equipos, distintas competiciones, diferentes escenarios. Todos ellos iban cayendo del lado blaugrana con mayor o menor dificultad. El Real Madrid plantaba cara, pero sin acabar de llevarse el gato al agua. Y, con estos precedentes, se llegó al Clásico en el Camp Nou.

 

Ahora estaban ahí. Eran ellas, por fin, las que habían bajado de la grada para jugar al fútbol. Las que habían dejado de aplaudir al ídolo para ser aplaudidas por sus seguidores

 

La entrada al estadio fue complicada. Familias enteras, grupos de amigos y parejas correteaban entre accesos y bocas en busca de la localidad. Se cruzaban los unos con los otros, con el peligro de perderse que ello conlleva, pues la gran mayoría vestían camisetas idénticas. Pero algo sigue cambiando, ya que en el reverso de las mismas se leía Alexia, Leila, María León… Es inevitable esbozar una sonrisa. Encontrar, al fin, la butaca. Sentarse. Suspirar, pues, el esfuerzo por acomodarse nunca había sido tan titánico. La inmensa infraestructura se iba coloriendo por segundos y el cielo, lluvioso durante gran parte del día, parecía conceder una tregua. El escenario se vestía de gala.

Las futbolistas saltaron al campo. Se levantó el mosaico y sonó el himno. Porque una buena historia tiene eso, performance y música para ponerla en escena. Cánticos, jolgorios, ánimos. El partido era lo de menos. El resultado era lo de menos. Por primera vez en la historia, dos equipos de fútbol femenino lograban congregar a tan ingente cantidad de público. El estadio rompía en aplausos cuando en el marcador electrónico se iluminaba la esperada cifra. También las futbolistas. “Ha habido un momento que me ha hecho especial ilusión. Es cuando la megafonía del estadio ha anunciado que habíamos hecho historia”, comenzaba Aitana, emocionada. “En ese momento me he dado cuenta y es que muchas veces no eres consciente de lo que pasa. He empezado a aplaudir porque ha sido un día histórico y toca celebrarlo”, sentenciaba.

Concluían los cuartos de final de la Women’s Champions League. Un equipo ganaba y lograba el pase. El otro se volvía a casa de vacío. Pero anoche era mucho más que el anterior razonamiento simplista. El fútbol femenino ganó. Ganó en visibilidad y el foco mediático se centró, como pocas veces ha hecho, en el evento protagonizado por los dos clubes españoles. Ocuparon portadas, tertulias, minutos en antena. Twitter volvía a arder con los comentarios de auténticas personalidades celebrando la mayor de las hazañas logradas por el futfem. La gran mayoría se congratulaba del éxito azulgrana.

Pero mientras las redes se calentaban, el estadio permanecía ardiendo. Más allá del marcador global, sobre el verde solo había vencedoras. Futbolistas cuya carrera hasta la élite ha sido de obstáculos. Cuyo sacrificio por mantenerse es inconcebible para alguien que no lo haya vivido. Las jugadoras blaugranas agarraron banderas, dieron la vuelta de honor a un estadio que las veneraba y arropaba, y disfrutaron de un momento con el que ninguna se había atrevido a soñar. Ahora era real. Ahora estaban ahí. Eran ellas, por fin, las que habían bajado de la grada para jugar al fútbol. Las que habían dejado de aplaudir al ídolo para ser aplaudidas por sus seguidores.

Se era consciente de una cosa. El fútbol femenino había marcado un punto de inflexión. Es evidente que en el próximo partido que ambos clubes disputen, no asistirá el vendaval de gente que se dejó llevar hasta el Camp Nou. Pero si del evento que se celebró anoche salen unos miles de aficionados más, será un verdadero éxito. Lo de ayer fue una piedra más en ese complicado camino que al futfem le queda por andar. Fue un acierto en toda regla por parte de aquellos que tomaron la decisión. Hablando en plata: fue historia de este deporte. Por todo ello fue, sin lugar a dudas, mucho más que un Clásico.


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Fotografía de Imago.