Tal vez les recuerden de películas o programas de televisión como La vida de Brian, El sentido de la vida, El circo ambulante de los Monty Python, o Los caballeros de la mesa cuadrada y sus pocos seguidores, entre otros, o, tal vez, este comienzo les haya parecido una auténtica estupidez para empezar un artículo. Tal vez. Pero, solamente, tal vez, se lo haya parecido.

Hay gente que ha venido al mundo para ilusionar al resto. Y esa ha sido la misión de Graham Chapman, fallecido en 1989, John Cleese, Terry Gilliam, Eric Idle, Terry Jones y Michael Pali. Los Monty Python elevaron al máximo exponente un humor que, aunque parezca mentira, era de todo menos ilógico e inocuo. Todo hombre o mujer que les haya echado un vistazo saben de lo que van. Los británicos han garabateado sonrisas a través de la irreverencia y el puro dadaísmo. Y, por supuesto, lo seguirán haciendo.

Desde sus inicios, allá por finales de los 60, estos muchachos no han dejado títere con cabeza en cada una de sus obras, ya sean en largometrajes, sketches, en teatros o en pasillos de estaciones de metro. Con los Monty Python no hay debates que valgan. No ocurre como con la tortilla de patata en nuestro país. Ellos gustan con y sin cebolla. En raciones y en tapas. Forocoches debe ser el único rincón del mundo donde no les encuentran la gracia.

 

“El adjetivo que mejor lo resume es absurdo; pero siento que igual se queda corto para el vuelo conceptual y, sobre todo, el experto uso del lenguaje habituales en los Python”

 

Los Beatles de la comedia hicieron del sarcasmo un arte, de la crítica y las reivindicaciones sin aspavientos una delicia y del humor inglés una forma de vida que algunos sienten como doctrina a la hora de comunicarse con los demás. Aunque sea una tarea ardua definir a este grupo, se intenta. El periodista y crítico cultural Juan Manuel Freire explica: “El adjetivo que mejor lo resume es, quizá, absurdo; pero siento que igual se queda corto para el vuelo conceptual y, sobre todo, el experto uso del lenguaje habituales en los Python. Mejor lo dejamos en infinito”.

Como no pudiera ser de otra manera, tampoco dejaron el fútbol de lado. De sus muchos trabajos, en uno de ellos caricaturizaron al balompié, uno de los deportes que más personas y emociones generan en el globo terráqueo. Pero un partido organizado por los Monty Python no podía ser un encuentro normal. En lo material y en el juego, no les gustaría a los Guardiola, Setién, Menotti, entre otros muchos gurús. En definitiva, a los creadores de este deporte.

La segunda parte de una final es la excusa que tienen los del collage en los créditos realizados por el único americano del grupo y los del pie de cupido para albergar un partido de fútbol entre las selecciones atípicas de Alemania y Grecia en un, digamos, hipotético estadio Olímpico de Múnich abarrotado. Digo abarrotado, porque, en realidad, el sketch se grabó en el Grünwalder Stadion con aforo para unas 20.000 personas. Muy lejos de las 69.000 localidades que tiene el recinto donde Alemania Federal alzó la Copa del Mundo frente a Holanda en 1974.

Los jugadores alemanes formaban un 4-2-4 y Martín Lutero era su entrenador. Leibniz en portería; Immanuel Kant, el capitán teutón Georg ‘Nobby’ Hegel, Arthur Schopenhauer y Friedrich Scelling en la defensa; Franz Beckenbauer y Karl Jaspers, los dos únicos mediocentros de este conjunto germano; Karl Schlegel, Ludwig Wittgenstein, Martin Heidegger y Friedrich Nietzsche en la delantera. La entrada del ‘Kaiser’, único futbolista profesional que se encuentra en el terreno de juego, es, claramente, una pequeña sorpresa, como se le escucha decir al comentarista.

Por su parte, los griegos salían al césped con Platón, Epicteto, Aristóteles, Sófocles, Empédocles de Agrigento, Plotino, Epicuro, el capitán Heráclito, Demócrito, Arquímedes y Sócrates. Tales de Mileto, el míster de los helenos. Esta alineación es mucho más defensiva que la de los bávaros.

La táctica de estos equipos está clara. La idea es pensar, pensar y rebatir como nunca antes se haya rebatido. A pesar de que ninguno de los combinados marcase, no faltaba emoción. Y el trío arbitral formado por Confucio a la cabeza y con Tomás de Aquino y Agustín de linieres tampoco escaparan de la polémica que cada fin de semana hay con la jornada que se disputa. Nietzsche acusa al colegiado principal de no “tener libre albedrío”. El asiático no tiene miramientos y le muestra la tarjeta amarilla al que cree que la sociedad occidental es un pozo lleno de nihilismo. Puede que razón no le faltara a este buen hombre que recibió tres cartulinas amarillas en cuatro partidos. 

La final continúa y los futbolistas improvisados, que van vestidos con sus vestimentas habituales y con el dorsal dibujado en sus espaldas, siguen jugando o eso parece. Cuando las cosas no van del todo bien dadas, es el momento de hacer cambios. Y eso es lo que busca el entrenador de este combinado teutón con la entrada de Karl Marx por Wittgenstein. Pero la solución de Lutero se hace estéril y el ataque alemán sigue impotente de meter un mísero gol.

Tras dejar en la cuneta a la selección inglesa con un medio del campo terrible con Bentham, Hobbes y Locke, los bávaros no pueden parar la contra de los helenos. Después de un “¡¡¡EUREKA!!!” a falta de tan solo un minuto para el pitido final, Arquímedes, en un saque sin necesidad de otra persona al costado como se hacía años atrás, mueve el esférico para Sócrates, que se la devuelve a Arquímedes. Este se la pasa a Heráclito, que regatea con samba a Heggel. El centro llega a la testa de Sócrates, que marca tirándose en plancha, como alguien que no sabe lanzarse de cabeza a la piscina. Los griegos marcan el tanto y ganan el partido, pero los alemanes tienen dudas sobre la veracidad de esa jugada.  

Estos jugadores ,alejados de expresiones como “el fútbol es así”, “no hay rival pequeño”, “lo que ocurre en el campo se queda ahí”, “la lotería de los penaltis”, “no me gusta hablar de los árbitros, pero…”, se ven envueltos en una vorágine y en una tangana producida por la última jugada del encuentro. La polémica y la moviola está servida. “Lo de Sócrates es un gol como un piano”, apostilla Freire.

 

“Solían hacer mucho eso de coger lo elevado e introducirlo en lo, supuestamente, más llano, con resultados siempre descuajaringantes”

 

Inglaterra tiene muchas cosas icónicas: James Bond, Harry Potter, el Big Ben, la lucha entre los puertos de Liverpool y Mánchester, ese sombrero de pelo hasta el cielo, el té de las cinco. Pero también tienen a los Monty Python. No solo sus acérrimos e incondicionales seguidores les deben risas a carcajadas, el resto de los mortales deben estar agradecidos, porque, gracias a un sketch de los británicos, que estaba ambientado en un restaurante de carne de cerdo enlatada, los correos electrónicos que no deseamos se llaman spam.

Freire, quien afirma que solo puede quererles hasta el infinito, destaca que “solían hacer mucho eso de coger lo elevado e introducirlo en lo, supuestamente, más llano, con resultados siempre descuajaringantes”.

Los Monty Python fueron, y todavía son, unos revolucionaros del humor. Tienen el surrealismo y la inteligencia por bandera. Se atrevieron, incluso, a organizar un evento futbolístico en el que no ganaban ellos: los ingleses. Los inventores del fútbol caían derrotados frente a Alemania. En aquel sketch, los cómicos británicos tiraron por el retrete las célebres palabras de Gary Lineker.