El fútbol belga decidió hundir al único club que había logrado que los niños de Molenbeek olviden el nombre del terrorista vecino y aprenda el nombre del portero de su equipo. Una historia de sueños destrozados y de oportunidades perdidas cuando se da la espalda al fútbol como elemento unificador.


13 de noviembre de 2015. El Stade de France parisino (Saint-Denis) acoge un partido amistoso entre Francia y Alemania que se ve interrumpido por un potente sonido que desconcierta a los miles de aficionados allí presentes. Varias explosiones, cientos de policías y miles de personas intentando encontrar un lugar para aislarse de lo que estaba sucediendo. Una inquietante incógnita que, en minutos, tomó una contundente vertiente terrorista en el corazón de la capital gala. Tres de ellos se inmolaron y otros protagonizaron diferentes tiroteos en la ciudad, pero las 137 víctimas (pudieron ser miles), abrieron más que nunca los ojos de Europa. Porque lo que hasta ese momento se había logrado difuminar mirando hacia otro lado, era ahora una amenaza directa de los países donde interviene en cuestiones político-sociales por beneficios innumerables. Una sombra que hoy, más de dos años después de aquellos días, sigue siendo el gran problema que intimida a cada gobierno del viejo continente. Ahora, cada individuo puede reivindicar sus ideas de manera inmediata, imprevisible y fulminante. Un giro que provocó alarma mundial y que generó una interminable lista de terroristas perseguidos. Unido a muchos de ellos, un lugar, un barrio, un (mal llamado) epicentro terrorista continental: Molenbeek.

No es Manhattan de New York, no es Kreuzberg de Berlín y no es Malasaña de Madrid, pero el barrio que más veces hemos visto por televisión, hemos escuchado por radio o hemos leído en la prensa en los últimos tiempos, es todo un ejemplo de sociedades cosmopolitas. Y aunque si fuera por este motivo, jamás habríamos conocido su nombre o no sabríamos ubicarlo sobre el mapa en las cercanías de Bruselas, corre con el mal endémico de haber sido cobijo antes y después, de aquellos terroristas que causaron pavor en Francia. Para muchos, sobre todo aquellos dominados por prejuicios o estereotipos, el barrio de Molenbeek es territorio que hay que sacar del mapa e incluso algún político radical galo, lanzó la idea de poner allí una bomba como medida de precaución o acto de venganza. La etiqueta que arrastra es incorregible, pues es conocido como ‘Molenbeekistán’.

“La gente aquí ahora tiene miedo. Somos otras víctimas de estos atentados y, además, del racismo, que ha aumentado gravemente en este tiempo. Todo lo que se dice sobre Molenbeek es increíble. Nuestros hijos piensan que aquí se está rodando una película por la cantidad de periodistas que están cada día aquí. Y no es película, es real. Lamentablemente real. Y ahora el miedo es que nos agredan por llevar el velo o por ser musulmanes. Hay mucha ignorancia hacia el Islam, no somos terroristas”, nos comenta Maria Victoria Mascuñano, española y musulmana viviendo en el barrio. “Molenbeek ya es más famoso que Bélgica”, llegó a decir Arno, estrella de rock belga, cansado de ser preguntado en entrevistas sobre la situación de su barrio. Hay 19 mezquitas, casi la mitad de su población es de religión musulmana, hay colegios, supermercados, centros de ocio y hasta famosos concursos urbanos de coreografías de baile pero… ¿Cómo vivir en el epicentro terrorista de Europa cuando todos quisieran eliminarte?

Una de las ‘salidas’ de todo niño-niña en Molenbeek, siempre fue el deporte y, sobre todo, el fútbol. Porque aunque muchos han conocido en estas fechas tan peculiar enclave belga, los enamorados del fútbol internacional, ya conocimos esta barriada por su aroma futbolístico en los años 70. Y es que Molenbeek siempre fue fútbol. El Racing de Molenbeek era un equipo humilde, sí, pero fue más que eso cuando levantó el título de campeón belga en 1975 (sí, campeón nacional en Bélgica por encima de Anderlecht-Brujas-Standard) o cuando alcanzó las semifinales de la Copa de la UEFA en 1977. El descenso paulatino de la competitividad del fútbol belga y sus graves problemas para sobrevivir en ese ecosistema de un fútbol sin excesivas ayudas, acabaron por hundirlo en graves problemas económicos y enterrarlo en divisiones inferiores, llegando a la bancarrota en el 2002 y perdiendo la licencia para competir en primera división.

“Tener cada dos semanas en pleno Molenbeek a una procesión de personas que va a un evento sano, deportivo y familiar, siempre es un elemento de unificación social y de cohesión. Una oportunidad perdida, sorprendente y hasta absurda”

Pero aún hoy, Molenbeek reclama a través del fútbol que la multiculturalidad es un ADN invencible. Porque, pese a todo y pese a todos, nunca existirá un arma más poderosa que un balón. Aunque muchos, han decidido desde el poder, que no merece la pena otorgarle tal mérito a quien intenta ganarse el respeto desde Molenbeek. Así lo demuestra el White Star, un club creado en 2003 por un grupo de aficionados que quería fútbol en su barrio, que no quería ver morir la pelota tras el buen recuerdo ‘setentero’ y que logró ascender desde la octava división hasta la segunda división en unos años. Su debut en la categoría empezó fatal, siendo goleado y con sólo 150 personas en las gradas de un estadio en el que llevaban jugando sólo dos años y al que le costaba ser parte del movimiento del barrio que, pese a todo, poco a poco empezó a respaldarles. Y es que el RWD (nombre que recibe), reaccionó. Tanto, que consiguió sobre el césped y a ojos de todo el país, ascender hasta la élite del fútbol belga:Nadie tenía esperanzas, empezaron fatal y hasta la última jornada, se ganó opciones de ascenso. Pudo imponerse a los clubes de Amberes que tienen miles de aficionados y millones de presupuesto. Y en ese ambiente tan poco dado a la heroica, se hizo el milagro”, explica Álvaro Sánchez, corresponsal de El País en Bélgica, recalcando que 2.000 aficionados del White Star invadieron el campo plenos de júbilo para abrazar a los jugadores que, en su mayoría, salen de la propia escuela del club en el barrio que representan todos los valores del mismo.

Un ascenso milagroso, una historia perfecta de unión de vestuario frente a ideologías sociales y una respuesta en el momento perfecto donde todos miraban a Molenbeek por motivos absolutamente opuestos. Sin embargo, nada iba a convertirse en realidad. No llegó a trascender y no tuvo suficientes apoyos internacionales para evitar que sucediera, pero hace dos años, la modestia del White Star recibió un golpe a sus ansias de crecimiento y al enorme altavoz que acababa de conseguir para toda su población. La federación excluyó al club de tal ascenso, alegando razones económicas y otorgado su plaza al Eupen (una mezcla de jóvenes qataríes y veteranos europeos con muchísimo más presupuesto). Las autoridades de Molenbeek, que no podían dar crédito al desprecio desde los estamentos del fútbol belga, buscaron fórmulas para prevenir la deriva de muchos de los jóvenes de Molenbeek en una atmósfera de elevado desempleo y de radicalización terrorista. Todas las partes, sociedad, concejalía y club, se unieron bajo la vía judicial para demandar a la Liga Belga, que nunca dio respaldo a Molenbeek, que quedó sin fútbol en la élite y que, por medidas financieras, fue además descendido a divisiones inferiores donde su foco ha perdido la atención que se había ganado en el césped.

“El gobierno belga perdió una oportunidad de oro para generar caminos diferentes a los de la delincuencia, el trapicheo con drogas y sobre todo, el extremismo religioso que tanto eco ha tenido en Molenbeek. Los que hacen deporte no están en la calle metiéndose en problemas. Es una forma de canalizar el odio que a veces acumulan los jóvenes. Más de 650 chavales de la escuela, perdieron su sueño, aunque el ayuntamiento logró salvar la escuela, pero la desilusión es absoluta. Han visto que un equipo que se ganó por méritos propios ser protagonista, alguien decidió que ellos no eran merecedores de eso”, recuerda Álvaro. El presidente del White Star habló de racismo en la Federación Belga, hubo manifestaciones a las puertas y se pidió comprensión, pero es difícil no pensar que no todo depende únicamente del aspecto financiero al que alude la Federación. “Tener cada dos semanas en pleno Molenbeek a una procesión de personas que va a un evento sano, deportivo y familiar, siempre es un elemento de unificación social y de cohesión. Una oportunidad perdida, sorprendente y hasta absurda”, apunta. Porque el fútbol ya había hecho su misión, la de hacer que los niños de Molenbeek olviden el nombre de los terroristas a los que todo el mundo les une, y darles el nombre de portero, del delantero o del capitán del club de fútbol del barrio que les estaba abriendo un sueño.


* En el programa-podcast Nº8 de ElEnganche en SpainMedia, estuvieron con nosotros: María Victoria Mascuñano-Patricia Polanco (viven en Molenbeek), Álvaro Sánchez (periodista) y Alberto Fernández (periodista especialista en terrorismo).