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Miguel Ángel Ramírez levantó su primer título a los seis meses de coger su primer equipo profesional. Dicho título fue además el primero de su club, Independiente del Valle. El conjunto ecuatoriano apenas había ganado la Serie B en 2009 cuando, diez años más tarde y tras eliminar a potencias como Corinthians o Independiente de Avellaneda, conquistó la Copa Sudamericana tras derrotar por 3-1 a Colón de Santa Fe en la final. No creo que se necesiten más palabras para introducir la historia de un entrenador que, paradójicamente, jamás soñó con ganar.

 

¿Cuál es tu excusa para querer ser entrenador?

Es algo que fui descubriendo con el paso del tiempo… Ser entrenador me permitía aunar mi vocación, que es la educación, y mi pasión, que es el fútbol, en una sola profesión. Estudié magisterio de Educación Física y luego me licencié en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte. En muy poco tiempo pude pasar por todos los niveles de la educación, dando clase a niños de primaria y también a chicos que ya estaban en la universidad. El fútbol me permitió mantener esta vocación.

Repasando el partido que le dio a Independiente del Valle la Copa Sudamericana, el primer título de su historia, me resultaron muy curiosas las imágenes posteriores al 3-1. Alejandro Cabeza encuentra en una contra a Cristian Dájome, éste marca a puerta vacía en el último minuto del descuento y, en ese momento, lógicamente se desata la euforia. Todo el mundo relacionado con Independiente del Valle corría, gritaba, saltaba, lloraba… Todo el mundo salvo el entrenador. Es marcar Dájome y, sin cambiar el gesto, te giras para volver al banquillo. Incluso cuando Felipe Sánchez Mateos salta para abrazarte ni te inmutas. Estabas en un mundo diferente al resto.

Yo hace un tiempo que me reconcilié con el resultado. Sé que la victoria y la derrota, en realidad, son resultados que no están en mi mano. No están en mi poder. Por supuesto que trabajo para estar más cerca de la victoria, para merecerla, pero…

En esa final, si te das cuenta, sí celebro de manera más efusiva el primer y el segundo gol, pero porque en ese momento estábamos compitiendo. No celebraba los goles porque fuéramos ganando, sino porque estábamos siendo capaces de competir y de demostrar que podíamos merecer la victoria. Sin embargo, el tercer gol fue diferente. Ahí ya entraba en juego la serenidad de estar en paz con la victoria y con la derrota. Y además, algo me empujó a ir hacia atrás. Mis padres estaban a la izquierda del banquillo tras una mampara y quería ir para verles y sentirles a través del cristal. Ahora lo recuerdo, te lo cuento y me emociono. Fue un momento muy especial.

Te iba a preguntar en qué pensaste cuando te quedaste solo esa noche, si sentiste que todo el trabajo previo tenía sentido al haber ganado, pero por lo que cuentas entiendo que esa noche no fue especial en ese sentido.

Es que la mayor confirmación la tengo yo personalmente conmigo mismo. Con mi crecimiento y mi desarrollo. Es decir, lo que yo he conseguido transformar en mí, como persona y como profesional, lo tengo muy claro. No necesito de un resultado, de una victoria, de que alguien lo vea, de que me lo reconozcan. Yo personalmente soy consciente y estoy orgulloso del camino que estoy llevando, de las personas que estoy conociendo y me han ayudado en este proceso. Y ese camino ya está ahí. No necesito que lo haga visible una victoria o un campeonato.

Comentabas en una entrevista para Reuters que esto “había llegado por casualidad”, que no estabas “preparado para el fútbol profesional”… Pero lo que más me llamó la atención fue lo siguiente: “Nunca lo soñé, nunca imaginé vivir esto”.

En el momento en el que comencé a ser profesional del fútbol, que fue básicamente cuando llegué a Catar, ya veía colmadas mis aspiraciones. No por acomodarme, sino porque ahí ya había encontrado mi lugar. No necesitaba ser entrenador de un equipo profesional porque ya había encontrado un sitio que me permitía desarrollar lo que comentaba antes: mi vocación por la educación y mi pasión por el fútbol. En ese momento trabajaba con chicos de 12, 13 o 14 años y, ciertamente, no me ponía a proyectar lo que iba a hacer en unos años o a dónde quería llegar. Quería disfrutar de lo que estaba haciendo en ese momento.

Recuerdo una anécdota con mi preparador físico en aquel momento, Carlos Doménech, que ahora está en la absoluta de Catar. Yendo a entrenar tuvimos el mismo pensamiento. Le dije: “Carlos, qué felices somos haciendo esto”. Y él me contestó: “Estaba pensando justamente en eso”. Teníamos todo lo que ambicionábamos, lo que queríamos. Nos dedicábamos al fútbol, entrenábamos cada día, teníamos las mejores instalaciones, chicos que respondían a lo que les proponíamos en cada momento… No necesitábamos nada más. Por eso no me ponía “aquí” para poder “llegar allá”. Estaba muy presente en lo que estaba pasando.

Esto enlaza muy bien con lo que es la Academia ASPIRE, ¿no? Porque no es sólo que te dedicases al fútbol formativo en general, que ya lo hacías en la UD Las Palmas o el Deportivo Alavés, sino que lo hacías en un entorno muy particular. El fútbol en Catar, al menos visto desde fuera, es como un lienzo en blanco. Y esto para un formador, para un educador, es perfecto, porque te permite coger un trozo de barro sin forma y moldearlo a partir de tu trabajo, tu método y tus convicciones.

Exacto. Por eso me encantó leer el otro día lo que dijo Roberto Olabe aquí en Panenka. Eso de que “la Real Sociedad es un club artesano”. Yo también descubrí en Catar esa sensibilidad de ser un artesano.

ASPIRE nos daba eso. Roberto construyó algo magnífico en cuanto a proyecto deportivo, metodología de entrenamiento… Y aquí en Ecuador me encontré algo parecido con Independiente del Valle. Esa relación con ASPIRE que tenía el club le permitió traer el método de entrenamiento y el modelo de juego, pero también estaba todo por hacer aquí. Él llega primero, luego llego yo… Si algo admiro de Roberto es ese espíritu de artesano. Él me ha transmitido esa sensibilidad por crear algo nuevo.

 

“Soy consciente y estoy orgulloso del camino que estoy llevando. Y ese camino ya está ahí. No necesito que lo haga visible una victoria o un campeonato”

 

Hablando con periodistas sudamericanos sobre Independiente del Valle todos apuntan a lo mismo: “son un ejemplo”. Hablan de ese espíritu renovador, estructurado y casi contracultural que estáis llevando a cabo. Un trabajo que comienza en 2015, que vive ese paso de Roberto Olabe como director deportivo y que conlleva también tu llegada en 2018 para encargarte de todo el fútbol base. Fue un paso lógico tanto para ti como para Independiente del Valle, ¿no?

Yo me lo plantee como un reto, porque llegaba sin haberme dedicado a esta función específica antes. Siempre había entrenado a equipos de fútbol base, pero nunca había sido gestor. Era un paso que me iba a llevar a límites que no había explorado. En una conversación con Roberto Olabe, cuando voy con un equipo Sub-18 de Independiente del Valle a un torneo en San Sebastián, recuerdo haberle comentado que estaba feliz y satisfecho, pero que echaba de menos entrenar. Y él me dijo: “Miguel, lo que estás haciendo ahora te va a dar herramientas para cuando vuelvas al banquillo”. Y a la vuelta de dicho viaje, me dieron el primer equipo.

La cuestión con Independiente del Valle es que, más allá de lo que significa el tener un método diferente para hacer algo nuevo en el medio en el que está, creo que también siente una gran responsabilidad social en la sociedad ecuatoriana. Y ésta también es la visión de los directivos. Ellos querían hacer las cosas de otra forma. A nivel de gestión económica, donde dos más dos son cuatro y no otra cosa, pero también a nivel de fútbol base. El club capta niños de todo el país y, además, tenemos escuelas en todas las zonas en las cuales se realiza un gran trabajo social. Los empresarios que están detrás del club sienten esa responsabilidad de ayudar al país a través del fútbol y de transformar, en la medida que ellos pueden hacer, la sociedad ecuatoriana. No sólo se trata sólo de formar futbolistas, sino también de formar a los ciudadanos del mañana.

Decías que Olabe te había comentado que en ese paso como gestor ibas a adquirir herramientas que te iban a ayudar cuando volvieses a entrenar. ¿Cuáles fueron?

La diferencia entre la mirada de la jirafa y la mirada del lobo. El lobo pelea y lucha, con lo que todo lo ve a la misma altura. En cambio la jirafa, que es el ser vivo con el corazón más grande, lo ve todo desde arriba y puede ver las cosas desde otra perspectiva. Cuando eres entrenador tienes la mirada del lobo, pues estás abajo y metido en la pelea, pero cuando me puse a gestionar el fútbol base tuve que desarrollar esa mirada de la jirafa.

Así fui viendo diferentes tipos de liderazgo, diferentes modelos de entrenamiento, de comunicación… Vi cómo a veces a los entrenadores lo que nos gusta es escucharnos y no escuchar. Y me fui dando cuenta de ciertas cosas que veía en otros entrenadores, que también eran mías y que no me gustaban. En ese momento pensaba en lo que me gustaría cambiar en mí. Me gustaría hablar menos, me gustaría decir más. Me gustaría escuchar más. Me gustaría ver otras cosas en los entrenamientos, porque a lo mejor mi mirada estaba siendo limitada alrededor del balón. Entonces, al ayudar a otros entrenadores, sí que me di cuenta lo que quería transformar en mí.

Entiendo que para poder permitirte el tener esa mirada de la jirafa en uno de los oficios que exigen de forma más cruda la mirada del lobo, necesitas que otros mantengan esa mirada desde abajo. Necesitas un cuerpo técnico que asuma ciertas labores que a ti te permitan ver las cosas con perspectiva. Y en este sentido me viene a la cabeza el ejemplo de Sir Alex Ferguson. El que dirigía los entrenamientos desde el césped era su ayudante, Carlos Queíroz, para que él pudiese estar por encima del día a día y no perderse ninguno de esos detalles casi imperceptibles que terminan erosionando un modelo de juego y, sobre todo, la convivencia de un vestuario.

Si algo he aprendido de otras disciplinas, en especial del baloncesto, es la desmitificación del entrenador y la importancia del trabajo en equipo. No soporto que se hable del “Independiente de Miguel Ángel Ramírez” o que se diga “Miguel Ángel Ramírez ha logrado esto”. No, mira, Miguel Ángel Ramírez ha logrado una mierda. Miguel Ángel Ramírez forma parte de un cuerpo técnico. Esa es la clave. Yo tengo dos asistentes a los que traigo porque son mejores que yo y porque me van a dar cosas que yo no tengo. Martín Anselmi, por ejemplo, responde a un perfil más de fútbol profesional, porque ni Felipe Sánchez Mateos ni yo teníamos esa experiencia que yo sentía que íbamos a necesitar.

El caso es que yo, teniendo la mirada de jirafa como líder, sí que decido el tener la mirada de lobo en según qué momentos que creo oportunos, sin dejarme llevar por mis propias emociones. A veces la circunstancia, el jugador o la acción te requiere bajar al barro. Por eso no funcionamos como Ferguson y Queiroz, sino que nos vamos alternando y complementando para, cada uno con sus propias herramientas, solucionar cualquier problema sin por ello perder la perspectiva global.

Además del triunfo en sí en la Copa Sudamericana 2019 se ha hablado mucho de la forma en la que se logró. ¿Cómo definirías exactamente el juego de posición? ¿Qué lo identifica y qué lo descarta?

No sé cuál es el límite, porque de hecho no soy ortodoxo o radical con este tema. Sobre todo porque yo me he ido construyendo a partir de diferentes estilos y diferentes opiniones. Pero, para nosotros, el juego de posición demanda un conocimiento muy profundo del juego porque entendemos el juego como una gestión de espacios. Hay espacios que el rival te cede gratuitamente y que tú, a través de ese conocimiento, eres capaz de explotarlos. Pero hay otros espacios que no te cede, sino que los defiende muy bien porque sabe que ahí le puedes hacer daño. Entonces, la idea es quitar al rival de esos espacios a través de fijaciones con o sin balón para luego poder llegar a ese mismo espacio, que es el que tú quieres conquistar porque sabes que ahí puedes hacerle daño al contrario. Ahí se puede llegar con fijaciones, con superioridades numéricas o con superioridades posicionales.

Cuando pensamos en atacar nosotros la mayor parte de las veces pensamos en eliminar líneas de presión. Es decir, línea por línea. Lo que no quiere decir que a través de un pase no pueda eliminar dos líneas de presión. Entonces, se trata de ir eliminando líneas de presión para poder ir conquistando espacios que me acerquen al gol. Y defendiendo, porque el juego de posición no sólo es atacar, sino también defender, lo que pensamos es qué zonas te quiero ceder, cuáles no te quiero ceder y cómo hago para, sin balón, conseguir que tomes la decisión que yo quiero que tomes, recuperar cuanto antes el balón y volver a atacar. No quiero que me sometan porque entiendo que si no tengo el balón pierdo el control. Yo prefiero tener el control del juego a partir de la posesión. Por eso, a través de disuasiones, que pueden ser esperando o buscándote a un espacio, quiero recuperar lo antes posible.

Creo que el juego de posición nos demanda un conocimiento profundo del juego a nosotros y creo, sobre todo, que demanda mucho del jugador porque le obliga a pensar y a interpretar el “cómo juego con el contrario para poder estar en ciertos espacios”. Por eso creo también que este juego potencia tanto al jugador. Ahora acabamos de vender a Alan Franco, por ejemplo. Y a Alan Franco no lo ve el aficionado o el periodista medio. Lo ve el que realmente conoce el juego. Y Sampaoli, que conoce el juego, se fija en él y lo pide. Alan Franco se ha potenciado más jugando a un juego de posición porque entiende el juego, entiende el espacio y entiende de fijaciones por el tiempo que lleva con nosotros. Y tenemos muchos ejemplos con Setién en la UD Las Palmas o también en el Real Betis de cómo, si el jugador se adapta a las demandas, puede crecer mucho. Porque, ojo, este modelo también expone mucho al jugador. Hay a quien le cuesta.

Precisamente por esto, ¿hasta qué punto cualquier jugador puede ser capaz de desarrollar el juego de posición sin ver vulnerada su propia naturaleza, que en algunos casos es a su vez lo que le hace verdaderamente especial al jugador? En el FC Barcelona estamos viendo cómo dos excepcionales centrocampistas como son Arthur Melo y Frenkie de Jong están teniendo algunos problemas para interpretar el juego de posición. Uno ve a Arthur acercándose a Busquets para demandar el balón. Esto, que es perfecto con Brasil al lado de Casemiro, no lo es en clave Barça. Es algo que nunca haría Xavi. Y con Frenkie de Jong, más de lo mismo. Si hubiese que describir al ex del Ajax con una serie de adjetivos, es probable que uno de ellos hablase de su visión y otro de su inteligencia. Sin embargo, en este Barcelona se está viendo cómo le cuesta ocupar zonas intermedias, cómo le está costando entender el concepto del tercer hombre y cómo, sin tener el balón, le cuesta sacar su potencial.

Yo creo que se puede aprender. El tiempo y la experiencia en Independiente del Valle me dan la razón. Nosotros tenemos perfiles muy diferentes de jugadores y vemos cómo con tiempo se van desarrollando y aprendiendo esos principios. Si tú les estimulas y les das las herramientas, ellos son capaces de llevarlo a la práctica. Pero sí es cierto que este juego te expone, te denuncia. Y con estos ejemplos que estás diciendo ahora… Ufff… Porque al final es un juego en el que tú das herramientas pero donde también hay que tener una relación oportuna con el espacio, tus compañeros y el contrario. Entonces, en el momento en el que no seas capaz de hacerlo… Te lastra. Es muy cabrón el juego de posición, porque también es muy limitante.

Seguro que dos talentos geniales que también pasaron por Can Barça lo ven así: cabrón y limitante. Porque a Rivaldo y Juan Román Riquelme el juego de posición no les sentó bien, aunque es cierto que éste lo dirigía el entrenador más ortodoxo posible, Louis van Gaal.

Es que es limitante. Porque si yo le pido a mis dos extremos que se queden abiertos, porque les necesitamos ahí para que otros puedan ocupar un espacio… Es que tienen que ser disciplinados. Tienen que quedarse ahí. Por eso es limitante. Porque necesitamos que se queden ahí para que lo otro funcione.

Como la famosa explicación de Juanma Lillo en televisión acerca del papel que estaba jugando Pedro Rodríguez en la jugada sin apenas salir en el plano.

Es que si tú no te quedas ahí y vienes para recibir o tocar el balón, no va a funcionar lo que queremos hacer. Entonces sí que es limitante, pero también creo que con el tiempo te hace mejor. Y ahí tenemos la responsabilidad los entrenadores. Hay que darle las herramientas al futbolista, explicárselo y convencerle para que lo potencie cada día en el entrenamiento con pequeñas píldoras y a través de juegos. Y también es muy importante que vea que funciona, que vea que lo que practica en el entrenamiento luego sucede en los partidos.

¿Qué es el famoso “tercer hombre” y qué papel juega en el juego de posición?

Nosotros básicamente lo utilizamos como puente para llegar al jugador libre. Es decir, nuestro concepto de tercer hombre es: me está saltando a mí (1) el par de mi compañero (2) porque yo tengo el balón, pero su orientación en la presión me impide llegar a dicho compañero (2), así que necesito otro compañero (3) para que haga de puente, de vía secundaria, y así poder llegar a ese hombre libre (2).

En nuestra salida, por ejemplo, cuando saltan los pares de los centrales, muchas veces ese vehículo es nuestro mediocentro. Y en posiciones más adelantadas puede ser el delantero centro, en el que nos apoyamos para llegar a un interior o a un lateral que ha podido conquistar ese espacio a espalda de la segunda línea de presión.

 

“Necesito seguir sumando semanas de entrenamiento, seguir sumando victorias, seguir sumando derrotas, también fracasos… Enfrentarme a cosas diferentes”

 

¿Has encontrado alguna dificultad extra a la hora de plantear este juego en Sudamérica? Desde Europa a menudo lo que alabamos de sus futbolistas es su capacidad para, precisamente, no ser lineales y saltarse el guion del partido. Y, encima, tú estás en Ecuador, que es un fútbol al que siempre relacionamos con la exuberancia física, la agresividad y la verticalidad.

Es que cuando yo llegué ya teníamos el terreno abonado. Al menos a nivel de categorías inferiores. En el primer equipo la cosa era diferente, porque estaba entrenando Gabriel Schürrer y éste no era su modelo. Pero cuando el club le destituye, yo formo parte del equipo que decide su sustituto y ya nos vamos encaminando hacia este tipo de juego al contratar a Ismael Rescalvo. Él, sin ser exactamente lo que estamos jugando ahora, sí que suponía un pequeño paso hacia lo que buscábamos.

¿El Rijkaard entre Cruyff y Guardiola?

Puede ser, puede ser. Algo parecido a eso. Con Rescalvo el equipo ya quería tener el balón, ya quería tener protagonismo en ataque y en defensa… Quizás sin algunos elementos que nosotros hemos introducido del juego de posición, pero sí que era una transición natural y lógica para emular lo que ya hacíamos en el fútbol base.

Entonces no nos fue difícil por eso. De hecho fue una combinación perfecta, pues teníamos jugadores que eran capaces de poder tener ese control de balón, ese pase o esa visión del juego, pero es que además podíamos matar a la contra, porque teníamos jugadores muy rápidos. En cuanto recuperábamos, si nos dejabas espacio atrás, ya está. No hacía falta dar un pase más. Balón arriba y nos poníamos a correr. Era como el mix perfecto. Es decir, pretendíamos jugar a esto, al juego de posición, pero en el momento en el que nos sometan, en el que nos metan en nuestro campo, si recuperamos ya vamos para arriba. Porque, además, al presionar no buscamos acumular hombres por acumularlos. Dejamos elementos descolgados, aunque responsables de ciertas áreas, que luego me permitan que en una transición ofensiva pueda jugar con ellos y podamos explotar su velocidad. Y así llegaron de hecho la mayoría de goles que hicimos en la Copa Sudamericana.

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Te preguntaba al principio por tu noche tras ganar la Sudamericana y te pregunto ahora por el día siguiente. Si te has reconciliado con el resultado, sobrentiendo que la victoria no cambia demasiadas cosas. ¿O sí? Te digo esto porque es habitual ver a muchos entrenadores despedirse tras lograr un hito histórico que, quizás, ya no puedan superar de ninguna manera. Obviamente vosotros podéis hacerlo, estáis en la Copa Libertadores y habéis comenzado muy bien, ¿pero qué representó ese día siguiente? ¿Hubo punto de inflexión o fue un día más?

Ese día ya sabía que volveríamos a perder. Y que volveríamos a ganar. Y luego a perder. De hecho, sobre todo sabía que volveríamos a perder. En el fútbol se pierde más que se gana. Lo importante de esa victoria era en quien me había convertido el camino previo. Para decidir si marcharme o quedarme, analizaba, una vez más con Roberto Olabe, esos seis meses que habían pasado. Es que sólo había estado seis meses en el mundo profesional. Y estos seis meses no los podía tomar como referencia, porque no eran normales. Después de seis meses ser campeón de un torneo internacional no es normal. No es real.

Necesito seguir sumando semanas de entrenamiento, seguir sumando victorias, seguir sumando derrotas, también fracasos… Y seguramente enfrentarme a cosas que estos meses no me han dado. Por ejemplo, a una gestión de vestuario diferente, porque cuando ganas todo va bien y no hay problemas, pero si no lo haces… Necesito seguir viviendo experiencias que aun no he vivido. ¿Y dónde voy a tener lo que tengo aquí? Pocos clubes me lo van a ofrecer. Quizás algún día llegue un proyecto diferente que me permita afrontar nuevos retos y superar nuevos límites, pero de momento estoy bien aquí.

Entonces, ¿sigues siendo feliz cuando caminas hacia el campo de entrenamiento?

Sí, sí, totalmente. Y ayer que volví al club después de casi tres meses… El ver al club, el ver a los jugadores… Ufff, me venía algo por dentro que no puedo explicar pero que creo que se llama felicidad. Yo me levanto por la mañana sin necesidad de despertador. Cuando entreno yo no necesito despertador.

 


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Fotografía de Getty Images.