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Más que un ídolo

Existen tantos ídolos como admiradores. Hubo un Ronaldinho para mí y otro para ti. Hubo un Zidane para ti y otro para mí. Y hubo un Maradona para Sorrentino

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No existen los ídolos de masas.

Existen los ídolos que son admirados por personas, que, a su vez, si son muchas, conforman las masas.

Lo que quiero decir es que no hay una única manera de adorar a un ídolo, sino tantas maneras, y entonces tantos ídolos, como personas que los adoran. Ronaldinho no fue lo mismo para mí que para mi hermano. Ambos lo venerábamos, pero para cada uno suponía una cosa: eran dos ídolos distintos. De la misma forma que el Zidane al que tú querías no era el mismo jugador al que amaba tu vecino del cuarto. O que el Haaland que hay colgado en la pared de la habitación de un niño alemán no es el Haaland que hay colgado en la pared de la habitación de un niño chino. Julio Ramón Ribeyro sugería que escribir es inventar un autor a la medida de nuestro gusto. Sucede igual con los ídolos; todos tenemos una concepción diferente de ellos. Porque, como dice la pancarta, no importa lo que hicieron con sus vidas, importa lo que hicieron con las nuestras.

Maradona fue un cuchillo que dejó cicatriz en mucha gente. Como la absenta, su ingestión provocó secuelas. A cada cual lo torció hacia un lado. Hubo tantos Maradonas como hinchas que se enamoraron de Maradona. Hubo un Maradona para el porteño que abrió un restaurante con su nombre. Hubo un Maradona para el cura que le rezó todas las noches. Hubo un Maradona para la madre que lo bordó en un mantel. Hubo un Maradona para el joven que se lo tatuó en la espalda. Y hubo un Maradona, uno sólo y entero, irreplicable, para Sorrentino.

Kafka escribió que a cada uno lo sostiene, como una cuerda, su pasado.

Sorrentino ha vuelto a su pasado. No hay nada de raro en eso. Todos regresamos con frecuencia al nuestro, con un aire despistado, como si volviéramos al bar en el que está la chica que nos gusta haciendo ver que nos hemos dejado las llaves. Fue la mano de Dios (È stata la mano di Dio) es la película del cineasta en la que más se usa lo autobiográfico como material narrativo. Pero contar una vida es tan difícil como ordenar una armario. Demasiadas imágenes, demasiados calcetines desparejados. Requieres de algo que aligere el trabajo. Incluso si eres Sorrentino. Un hilo del que tirar, que eslabone los recuerdos y convierta al conjunto en un relato. Él encontró el suyo en la melena del ‘Pelusa’.

 

El Maradona de Sorrentino son las aguas azules y mansas que mojan la falda de Nápoles. Las calles estrechas de la ciudad, sus adoquines viejos, las motos con tres pasajeros

 

Maradona atraviesa la historia de Fabietto, el protagonista del film, como un espectro invisible. Sin embargo, prescindir de él no es posible, porque sin esa sombra la historia se derrumbaría. Aunque el Maradona al que acude Sorrentino para ordenar su vida tiene muy poco que ver con el futbolista descomunal que llevó el Scudetto por fin al sur de Italia. El Maradona de Sorrentino son más bien las aguas azules y mansas que mojan la falda de Nápoles. Las calles estrechas de la ciudad, sus adoquines viejos, las motos con tres pasajeros. La luz amarilla de las farolas, los años 80, los cigarrillos prendidos, el olor a pasta recién cocida. El bufido de las lanchas. Los rodajes de Antonio Capuano. Las comidas familiares en el campo. El sombrero del tío Alfredo. Los pechos de la tía Patrizia. La mozzarella que la abuela de los Schisa engulle como el Saturno de Goya devoraba a su hijo.

El Maradona de Sorrentino, en definitiva, es la juventud, un clavo que fija esa época hermosa y dramática en la memoria.

Los ídolos también están hechos para eso. Para recordarnos lo que un día fuimos. Esa vieja pasión que sentimos hoy es una puerta que nos conduce a otro tiempo. Lo bueno, lo malo, lo menos bueno, lo catastrófico. El ídolo estuvo ahí, con nosotros, transitando por esos parajes. Cogiéndonos de la mano. Por eso, cuando uno pierde la cabeza por un mediapunta, una cantante o un actor, más que un ídolo está escogiendo a su Samsagaz: un compañero de viaje.

 


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Fotografía de Netflix.