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Esta entrevista está extraída del #Panenka93, un número que todavía puedes conseguir aquí.


 

María Pilar León Cebrián (Zaragoza, 1995) aparece con el mismo posado serio que luce en los terrenos de juego. Nos saluda de forma cordial y se sienta frente al escudo del club que defiende. No tarda en recriminarnos que la entrevista se haga después de entrenar, “recién salida de la ducha y con estos pelos”. Evidentemente, acompaña el reproche de una carcajada. Ella es así: transparente, vacilona y auténtica.

Nuestra idea era entrevistarte en el local de tatuajes donde estás de prácticas. ¿Cómo te llegó esta oportunidad?

A través de la amiga de una amiga. Me dijo que iba a montar un estudio y me ofreció ser su aprendiz. Y le dije que sí. Encontrar tatuadores que se dediquen un poco a enseñarte y te dejen cotillear no es fácil.

¿Se puede combinar con el fútbol?

[Resopla] Es complicado. Muy complicado. Un tema de horarios, claro. Pero voy paso a paso: una vez vaya aprendiendo, si hay tardes libres y alguien quiere hacerse una chorrada o algo pequeñito, que es lo que me dejarán hacer al principio, ¡pues por qué no! Pero dedicarme profesionalmente… A ver, a mí lo que me encantaría es tener un estudio y ser la jefa [ríe].

¿Los tatuajes que llevas tienen un valor sentimental o artístico?

Son una mezcla de los dos. Unos tienen un significado y otros son simplemente una expresión puramente artística.

Para hacer tatuajes hay que tener buen pulso. Y tú coges y te tatúas a ti misma.

Pero porque yo muy fina de la cabeza no estoy, ¿eh? Fíjate, le hice a mi cuñada dos palabras y estaba cagada…

¿Tú o tu cuñada?

Yo, yo. Me temblaban las manos y le dije: ‘Laura, dame cinco minutos porque ahora mismo me va a explotar el corazón’. Estaba muy nerviosa. Lo pasé fatal. Pero como todo, imagino. Supongo que un cirujano, la primera vez que tuvo que operar…

Hombre…

No, claro. Ya sé que no es lo mismo, pero la cagada de llevar en el cuerpo algo feo…

¿Sacar el balón jugado desde atrás o tatuar? ¿Qué te genera más presión?

[Piensa unos segundos] Es que sacar el balón jugado, arriesgar, es lo que más me gusta. El problema sería si no me saliera de dentro. Entonces seguramente sentiría muchísima presión. Pero siendo el estilo del Barça así y yo que llevo fatal tener que dar un pelotazo… Pues evidentemente lo que me genera más tensión es tatuar.

Llevas tatuado ‘Is possible‘. ¿Todavía tiene significado hoy en día?

¡Sí! Además es el primero que me hice. Era una forma de decirme que, efectivamente, las cosas son posibles. ¿Por qué no voy a poder tatuar? O mírame: estoy en el Barça. ¿Quién me hubiera dicho a mí que iba a estar en el Barça? Ya te lo digo yo: nadie.

¿Qué es más complicado: ser profesional en el fútbol masculino o en el femenino?

En el masculino. Mucho más complicado. ¿Cuántos tíos hay jugando al fútbol? Yo he jugado con amigos que eran muy buenos y ninguno ha llegado. Pero que yo esté aquí, en parte, es por ellos. Porque jugaba con ellos muchas horas y eran muy buenos.

¿Tu pasión nace ahí? ¿En la calle?

Bueno, mi hermano también jugaba al fútbol, pero sí: en la calle y en el colegio.

En la escuela un profesor te dijo que no jugases tanto al fútbol, que ibas justa en los estudios… ¿Quieres decirle algo?

Es verdad. Me pongo en su lugar e imagino que lo último que pensaría es que iba a estar aquí. Supongo que como profesor veía con preocupación que yo estuviera siempre con el cinco raspado y pensaba: ‘al final va a suspender’. Pero sí que es verdad que hay que tener cierto cuidado con el mensaje que das a tus alumnos. Imagínate que yo hubiese dicho: ‘Tiene razón. Me voy a dedicar a estudiar’. Pues qué bien. Ahora sería una alumna más de no sé cuántas.

 

“Salir con el balón jugado me encanta. Odio dar pelotazos”

 

Y quizá no habría venido nunca aquel hombre que representaba al Prainsa Zaragoza a saludarte en un camping…

¡No fue ni en el camping! ¡Fue en el supermercado, comprando antes de ir al camping! En un Carrefour, concretamente.

La vista que hay que tener para fichar a alguien en un supermercado…

Sí, además es que iba con todas las pintas de estar en un camping. Hecha una feria, vaya. Vestida para estar en la montaña, corriendo de aquí para allá. Me vio haciendo el cabra con mi hermano en el súper. Jugábamos a ver quién daba más vueltas con el carrito de la compra. Supongo que pensó: ‘Esta chica igual…’.

Por lo menos es movida…

[Ríe] ¡Por lo menos es coordinada!

¡Eso es tener una vista que muchos ojeadores no tienen! Y llegas al Prainsa Zaragoza. ¿Cómo fue el debut?

¡Pues fue contra el Barça! ¡Y me dejé las botas en mi casa! Madre mía… Me prestó unas Sara Sanaú. El entrenador ni se enteró. ¡Imagínate cómo estaba de nerviosa!

¿Eres de esa clase de personas que aborrece los entrenamientos?

No. Al revés. Me mola mucho entrenar. Claro que hay algún día que no te apetece pero como le sucede a todo el mundo en su trabajo. Además, a mí no me gusta perder en nada… Entonces, hay que entrenar.

¿Qué techo te pones?

No me pongo techo. Para que lo entiendas: yo entreno porque siempre quiero mejorar. Por ejemplo, puedo proponerme ser la mejor central de España. Pues intentaré entrenar duro para mejorar mis carencias y reforzar mis puntos fuertes. Si lo consigo pues veré si algún equipo se fija en mí. Que a ver, estoy en el Barça y soy muy feliz aquí. Pero que se fijen es una muestra de reconocimiento de tu trabajo. Que no solo destaquen las jugadoras como Jenni [Hermoso, delantera del FC Barcelona Femení], que es espectáculo puro.

Vamos a volver un poco atrás. Te vienes al Espanyol con 17 años. Un equipo que lo había ganado todo pero que aquel año ya venía de capa caída y estuvo a punto de desaparecer… Al acabar la temporada, te vas al Atlético. ¿Qué pasó?

Pues mira. Quedamos décimas y el Zaragoza, un puesto por debajo. Lo analicé. Yo me fui de Zaragoza para crecer y seguir mejorando. Cambio de equipo y veo que quedo solo un puesto por encima… Y cuando estaba planteándome la posibilidad de regresar a Zaragoza, me llamó el Atleti. Ahí dije: ‘Ah, pues sí, claro’.

¿No te intimidó el salto?

Bueno… Entonces no era el Atleti de estos años. Era un equipo top pero nada que ver con lo que es ahora.

¿Pensaste en ganar todo lo que se ganó?

Sabía que iba a ser muy diferente a mi etapa en el Espanyol. Y que tendría que ganarme el puesto. De hecho, en la pretemporada me lesioné y me dije: ‘Como deje de entrenar, no me gano el puesto’. Así que no le dije nada a los médicos. Con o sin dolor, tenía que seguir entrenando… Perdona. Se me ha ido el santo al cielo [ríe]. No, evidentemente no me esperaba ganar todos esos títulos.

Y llega el Barça y pone 50.000 euros.

[Levanta la cabeza, sonriendo] Que se dice pronto. 50.000 euros son un dinerito, ¿eh?

¿Eso fue un plus de presión? Te convertiste en la primera jugadora por la que se pagaba un traspaso en España.

¿Sabes lo que pensé? ‘Han pagado por mí. Más me vale rendir’. Y más cuando el club también fichó a Lieke Martens y a Toni Duggan. Era gente muy buena. Pensé: ‘Ojo, que ahora entrenando voy a tener a estas enfrente’. Fue una mezcla entre ‘qué guay’ y ‘voy a tener que dar la talla porque como no la dé…’.

Eres muy picona. En la final de la Champions, la primera que disputaba el Barça, ¿dolió mucho que en 20 minutos el partido estuviese acabado?

[Seria] Muchísimo.

¿Cómo gestionaste el resto del partido sabiendo que no había nada que hacer?

Esa es la cuestión. Lo ves desde fuera y piensas: ‘Bueno, ya les han metido tres’. Pero, claro: ponte en nuestro lugar. ¿Qué haces? Porque quedan 70 minutos.

Y más para una central, porque si eres delantera puedes descargar un poco de responsabilidad, pero siendo defensa…

Ahí entra el orgullo propio. Hubo un momento en el que me dije: ‘Por Dios. Que no me metan diez. Que a este paso nos meten diez’. Había que espabilar como fuese y había que hacer lo que fuese para parar aquello. Porque todo lo que remataban iba dentro. Remataban y gol. ‘Iros a la mierda’. Pero es que sus centros eran perfectos. Y los remates. Todo.

Al poco llegó el Mundial. ¿Esperabais toda esa repercusión mediática?

Yo estuve en la Eurocopa de 2017 y te aseguro que no tuvo nada que ver con el Mundial. También es verdad que cuando estábamos allí, no éramos conscientes del boom que había en España. Eso lo vi cuando volvimos al aeropuerto y nos esperaba aquella cantidad de gente y medios de comunicación. También es cierto que durante la concentración hubo mucho más foco mediático, con entrevistas cada dos días. Pero, en cualquier caso, no imaginábamos que estuviese teniendo tanta repercusión.

¿Qué se siente al formar parte de ese grupo de jugadoras que marcó un punto de inflexión en el fútbol femenino?

¿Qué se siente? Pues no lo había pensado. Imagino que cuando acabe todo esto y hayan pasado 15 años me daré cuenta de lo que significó y pensaré que sí, que fui parte de algo histórico. Pero ahora son cosas que todavía vivo en presente.

¿Cómo fueron las sensaciones al llegar al vestuario después de haber ganado el primer partido de la selección española en una Copa del Mundo?

Estás muy contenta. Pero, en realidad, no lo piensas. Entras; has ganado. Incluso con la adrenalina del partido pegas cuatro gritos. Y cuando se te pasa esa primera euforia, entonces sí: piensas en lo bien que ha estado. Estas preguntas son un poco complicadas porque, en realidad, cuando estás allí estás inmersa y no lo analizas.

Octavos de final. Estados Unidos. Ese pisotón a Tobin Heath. ¿Fue penalti?

Tocarla, la toco. Ahora bien, se pega un piscinazo. Yo la piso y soy consciente de ello. Por medio palmo, además. Porque es rápida y mete el pie antes. Pero se pega una… Sinceramente: sabía que lo iba a pitar.

Dos derrotas duras en poco tiempo. La de Estados Unidos en el Mundial y la del Olympique de Lyon en la final de la Champions. ¿Cuál de ellas dolió más?

Son muy diferentes. Duelen distinto. Porque pierdes ante Estados Unidos pero te vas con la sensación de haberles plantado cara y de haber perdido por dos penaltis. Ahí también te sale el orgullo de saber que le has jugado de tú a tú a la mejor selección del mundo. Duele porque sabes que se acaba el Mundial pero dentro de ese dolor encuentras un punto de orgullo. El de saber que, a pesar de haber perdido, estás en el buen camino. En cambio, ante el Lyon fue diferente. También estás en el buen camino pero muy lejos del objetivo.

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A todo esto, Mapi. Tú comienzas jugando de extremo y acabas de central…

No, ¡espera! Empiezo jugando de ala en fútbol sala. ¡Pero sí! De hecho, debuté de extremo contra el Barça. Y oye, que lo hice muy bien, ¿eh?

Sí, sí. Si no tengo ninguna duda.

Me fui varias veces de mi marcadora, me hicieron faltas porque me escapaba…

Fe ciega en ti, Mapi. Pero la pregunta es: ¿cómo acabas entonces de central?

Uy, ahora me encanta ser central.

 

“Cuando acabe todo esto y hayan pasado 15 años pensaré que sí, que fui parte de algo histórico”

 

¿Pero cómo fue todo el proceso?

Pues mira, básicamente me dijeron: ‘A esa mala echadla para allá’ [ríe]. Miguel Ángel Tolosana, seleccionador de Aragón, que en paz descanse, vio que era una jugadora muy intensa y me echó para atrás para jugar de lateral. Era muy competitiva y me rebotaba y eso al final tenía que salir por algún lado. También me ocurrió en el Prainsa Zaragoza. Debuté como extremo y terminé como lateral.

¿Y por qué la de central es la posición que más te gusta?

Porque disfruto mucho sacando el balón y en el lateral me siento acorralada. En cambio en el centro puedo avanzar… Y puedo mandar más. ¡Porque yo soy muy pesada! ¡Hablo muchísimo! En cambio, en el lateral no me siento tan bien.

¿Un momento especial o el más especial de tu carrera deportiva?

Hay muchos. Los trofeos con el Atleti, porque se los ganamos al Barça. Luego la Copa con el Barça, por el momento en el que fue. La clasificación contra el Bayern para la final de la Champions… Se dice pronto, pero he jugado un Mundial. Muy poca gente juega uno. Contra selecciones como Alemania, Estados Unidos… Es muy heavy. El día de la final de la Champions, cuando salía al campo, pensaba: ‘Quién sabe si voy a volver a vivir esto’. Es muy complicado llegar hasta ahí. Son muchos momentos y no te puedo decir uno solo porque en todos los clubes y en la selección he sido plenamente feliz.

¿Te imaginaste llegar tan lejos?

Hombre, pues no. De estar jugando en el patio del cole a estar aquí… Y eso que a mí me daba mucha vergüenza apuntarme a un equipo. Pero ya cuando empecé en el Zaragoza e iba viendo que iba subiendo de categoría, pensaba: ‘Mira qué bien, pues seguimos’. Al final, acabé jugándolo prácticamente todo y llegué a creer que en algún momento me iba a estancar. Salí buscando mejorar y, al final, resultó que estaba en el buen camino.

Saliste, además, muy joven. ¿Cómo llevaste lo de separarte de tu familia?

Bastante bien, la verdad. A ver, amo a mis padres. Los adoro. Lo que pasa es que soy una persona que, igual, en el momento en el que me estoy yendo, cogiendo el coche o el AVE, estoy que me muero de la pena y a veces hasta lloro, pero pasa una semana y ya me he adaptado a mi nueva casa, estoy tranquila y ya está. ¡Al final es la vida que elegí y me gusta! Claro que me apetecería verlos más, pero esto es así y lo que estoy viviendo es mi pasión. También te digo que la primera vez que salí de casa lo llevé bien porque iba con Bárbara [Latorre, exjugadora del Barça y actual atacante de la Real Sociedad]. Nos fuimos de Zaragoza y vivíamos juntas. Me ayudó porque ella, al ser de Fabara y haber vivido sola con su hermana en Zaragoza por temas de estudios, estaba más acostumbrada. Si había algo que yo no sabía, ella me ayudaba.

Otro punto que marca tu carrera es cuando anuncias tu homosexualidad. Fuiste la primera futbolista que lo hizo público en España. ¿Lo tenías planeado?

No. De hecho era lo último que pensaba hacer [ríe]. Pero se dio la oportunidad y me dije: ‘¿Por qué no?’. La gente me decía que no tenía por qué contarlo, porque al final era mi vida privada, mi vida sentimental, y nadie tenía por qué juzgarme por ello. Y es entendible, claro, pero no buscaba nada en concreto. De hecho, en ese momento pensé que igual ya iba siendo hora de que alguien diese un paso, diese la cara. Vi que no era nada malo y pensé que era el momento. Lo valoré y creí que podía ayudar a más gente. De hecho, básicamente lo acabé haciendo para ayudar a aquellas personas que podían encontrarse en una situación parecida.

¿Tuviste miedo de la repercusión?

No. Para nada. Lo máximo que podía ocurrir es que la gente comenzase a opinar. Algunos, para bien; y otros, para mal. Pero en el siglo en el que estamos yo creía que todo iba a ser bueno. De hecho, si hubiese recibido comentarios homófobos creo que el problema lo hubiera tenido esa persona más que yo misma. Soy lo que soy y soy así. Al que no le guste, que no mire. Que no mire mis partidos o no me siga en Instagram, si no quiere. Pero es que soy así. ¿Qué le voy a hacer? Es lo que hay. ¿Para qué esconderlo? Y a pesar de todo, no subo fotos de mi vida privada. En su momento lo hice y ya está.

Si volvieras atrás, ¿lo volverías a hacer?

Sí. Aunque he de reconocer que, a raíz de todo aquello, no sé la de entrevistas que tuve que hacer. Siempre era el mismo tema y llegó un punto en el que me cansé. Lo hice por lo que lo hice. No quiero que todas mis entrevistas sean de este tema. Soy futbolista y, durante toda mi vida, mi pasión ha sido el fútbol. Eso es por lo que quiero que me identifiquen. No por ser ‘Mapi León: la homosexual que juega al fútbol’. Soy una jugadora de fútbol que no tiene ningún problema en hablar de su vida sexual o sentimental pero que, por encima de todo, juega a fútbol. No quería que se me reconociese más por ese hecho que por mi profesión.

¿Cómo se lo tomaron tus padres?

¡Bien! ¡Mi padre súper bien! De hecho, mi padre me sorprendió un montón. Yo pensaba que era mi madre la que más se lo imaginaba y fue la que se sorprendió más. Tampoco le importó. Lo que más le inquietó fue que lo hiciese público. Ella me decía: ‘¿Qué necesidad tienes?’. Yo le decía que tenía razón, pero que se me había dado la oportunidad. Pero ella no lo decía porque fuese nada malo, sino por los conflictos que hay en otros países en los que algún deportista lo ha confesado y, por desgracia, al poco tiempo ha aparecido muerto. O las agresiones que hay en este mismo país… Lo que le daba miedo es que fuese una de las imágenes principales del movimiento y que me pudiese pasar algo malo.

Bueno, la realidad es que has contribuido a que muchas personas se sientan identificadas contigo.

Claro. Eso es lo que me importa. Que, por ejemplo, haya niñas más pequeñas que igual están pasando por ese momento y tienen que decírselo a sus padres, o han tenido algún mal episodio… Pues mira: ‘Mapi León, pum’. ¿Qué problema tienes?

Si hubieses sido un hombre futbolista de élite… ¿Lo hubieses dicho públicamente, también?

Eso es más complicado. Te podría decir con toda seguridad: ‘Sí, lo habría hecho’. Pero te tienes que ver en la situación, tienes que estar en el equipo, aguantar otro tipo de comentarios… Entonces, igual me lo habría pensado más. Eso sí, si hubiera estado rodeada de la misma gente que me aconsejó a mí, seguramente lo habría acabado haciendo. Al final es algo bueno para la sociedad. No es nada malo.

 


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Fotografías de Núria Sanz.