Imagínese que tras leer esta primera línea, o cualquiera de las siguientes, las letras se empezaran a diluir hasta desaparecer por completo, dejando espacios en blanco o sustituyendo algunas expresiones incorrectas y aberrantes por otras más depuradas. El texto carece de sentido, la espontaneidad se marchita, cuando aparece la censura. El videoarbitraje es la ley, defiende la justicia (en teoría), pero ha sacrificado el éxtasis del gol, la alegría desmesurada que surge cuando un disparo se cuela entre los tres palos. Porque un tanto ya no se celebra cuando el esférico traspasa la línea, sino cuando el juez, desde su habitación repleta de pantallas, toma la decisión final.

Nadie lo ve, pero ahí está. Permanece ojo avizor, espera el tanto para chequear la posición incorrecta del delantero, la falta del asistente o cualquier acción ilícita que convierta en cenizas el júbilo de un equipo. Desde su casa, el aficionado padece por aquella entrada previa y pospone los festejos. Sufre del mismo modo o incluso más que el anotador, habituado a vivir al límite de la vida. Ahora un tanto es una duda. Todos odian el VAR, pero ya es algo cotidiano, una rutina que se asume porque no hay otra opción, como levantarse temprano para ir a trabajar o lamentar que ha subido el precio de la gasolina.

La naturalidad de los movimientos en ataque ha quedado reducida. La picardía del engaño ha muerto. Maradona nació en una época en la que su ‘mano de dios’ pudo subir al marcador, mientras hoy en día tal acto de astucia estaría condenado al olvido. Un genio contemporáneo ni siquiera intentaría tal desfachatez, consciente de que la mayor recompensa tendría forma rectangular y color amarillo. Imagínese que a James Joyce o a Julio Cortázar les hubieran prohibido sus novelas por transgredir las normas convencionales. Estarían enjaulados como el delantero, que convive con el pánico incesante de que su hombro esté más más avanzado que el talón del último defensor. Cuando marca ya no mira de reojo al linier, cuyo trabajo parece irrelevante, sino que celebra con timidez, esperando una benévola sentencia del más allá.

 

El videoarbitraje es la ley, defiende la justicia (en teoría), pero ha sacrificado el éxtasis del gol, la alegría desmesurada que surge cuando un disparo se cuela entre los tres palos

 

La justicia está bien, pero tiene inconvenientes. O mejor dicho, la justicia está mal, pero tiene ventajas. Si bien el delantero espera con ansia el fallo del VAR, el defensor desea, suplica, que los trazos del juez determinen una posición ilegal. El suspense de un minuto dura una eternidad, ni siquiera unas imágenes con trazos tranquilizan al prójimo. La incertidumbre tiende a infinito en un instante, hasta que la creatividad, la magia, el arte, la locura y todas esos milagros que conlleva un  gol se desvanecen en un momento. La historia natural se inspecciona y se castiga, se sustituye por una versión más honesta que intercambia los roles de vencedor y vencido. 

Las decisiones se trasladan al bar, y es que la polémica nunca ha dejado de existir. La interpretación de un penalti o de una tarjeta roja, así como el mensaje de un cuento de Borges, sigue teniendo un punto personal. Las críticas y los cabreos brotan como siempre y como nunca. Mientras el fuera de juego se convierte en un instrumento de la ingeniería, la fantasía se disipa y los goles se cocinan sin sal. El tanto que puede suponer un título o una permanencia requiere el veredicto del juzgado. El fútbol se ha convertido en mala narrativa. Solo el tiempo nos recordará que la ilusión que hoy languidece será el reprimido recuerdo del mañana.

 


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Fotografía de Getty Images.