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Los jornaleros del balón: toda una vida de servicio al fútbol modesto

Son los tréboles de cuatro hojas de este deporte y están presentes en la mayoría de clubes humildes. El fútbol, sin ellos, estaría perdido. El Torrecera, por ejemplo, se sostiene gracias a su labor desinteresada

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Joaquín Silva (Torrecera, 61 años) se levanta temprano. Es domingo. No es una excepción. Lleva haciéndolo durante los últimos 40 años de forma altruista. Se acicala y va a por el pan. “Mi vecina, que es la que lleva la tienda, me lo tiene ya preparado para recogerlo una hora y media antes de irnos”, dice. Luego compra diferentes tipos de embutidos. “Los de chicharrones son los que más triunfan”, aclara. Vuelve a casa y se pone a preparar bocadillos. Uno para cada jugador. “Cuando jugamos fuera siempre los llevamos. Si el partido es muy temprano, los hago la noche anterior. Me revienta cuando me traigo siete bocadillos de vuelta, como pasó la última vez”, explica. Silva es vicepresidente del Unión Deportiva Torrecera, un equipo que pelea por sobrevivir en la última categoría del fútbol gaditano.

Acercarse a este tipo de clubes es como dar un salto al pasado. A un fútbol en peligro de extinción que solo sucede en pueblos como Torrecera (1.200 habitantes). Y que se sostiene gracias a la tenacidad de personas anónimas que dedican su vida a la pelota. “Desde que era un niño estoy metido en el fútbol. Y en la directiva del club llevo unos 40 años. Salvo por fuerza mayor, nunca me he perdido un partido y me he ganado muchas peleas en casa”, confiesa el vicepresidente Silva. Con una invalidez permanente por culpa de un infarto cerebral ocurrido en 2021, su médico le ha prohibido trabajar y estresarse. Algo difícil de conseguir. “Desde el día antes del partido ya estoy nervioso. Me vengo al campo por la mañana y ya lo dejo todo arreglado para cuando lleguen los jugadores”, comenta.

 

“Si mi mujer se entera de esto me echa de la casa. Cuando trabajaba en los cupones y en la cantera, yo he llegado a pagar a los árbitros con dinero de mi bolsillo”, confiesa el presidente del Torrecera 

 

“Ser seguidor de un equipo de fútbol es una enfermedad juvenil que dura toda la vida”, dijo el intelectual italiano Pier Paolo Pasolini. Que antes que poeta y filosofo, fue futbolista. José Antonio Gil (Torrecera, 61 años) es presidente del U. D. Torrecera y antes de vender cupones con la ONCE también jugó al fútbol. Además, muy bien. “Disputando un partido en el antiguo estadio Domecq, el presidente del Xerez Deportivo bajó al césped y preguntó: ‘¿Cómo puedo hablar con el chaval que tiene la mano mala?’. Me dijo que qué pena que tuviera el brazo así, con la clase y la técnica que tenía hubiera llegado lejos”, expresa Gil. A José Antonio se le quedó el brazo derecho inmóvil por culpa de una enfermedad contraída a los dos años de edad. Algo que nunca le ha impedido seguir abrazando al fútbol. Primero como jugador y ahora como presidente, un cargo que ostenta desde hace más de dos décadas.

Lejos de los 19 miembros del Barça o los 18 del Real Madrid, la junta directiva del U. D. Torrecera está compuesta por solo tres personas. “Aquí estamos ‘Chele’ (presidente), mi hijo y yo. Tenemos que llevarlo todo a la vez: la taquilla, la limpieza de vestuarios e instalaciones, y el bar”, narra el vicepresidente Silva. El poco dinero que recaudan los días de partido sirve para paliar los gastos de la temporada. De igual manera, el fútbol les ha costado –y les sigue costando– dinero. “Si mi mujer se entera de esto me echa de la casa. Cuando trabajaba en los cupones y en la cantera, yo he llegado a pagar a los árbitros con dinero de mi bolsillo”, confiesa el presidente Gil. Cuponero durante 17 años, vendía boletos de la ONCE y entre medias te hacía socio del club o te encasquetaba una papeleta para una rifa. “Iba por las tiendas de Jerez pidiendo cestas de productos para luego sortearlas. También me han mandado camisetas varios equipos de Primera y las hemos rifado. Así es como tiramos adelante”, explica.

JORNALEROS ANÓNIMOS PERO INDISPENSABLES

El calor ya aprieta y la temporada está a punto de acabar. Después de una primera vuelta para olvidar, en la que solo consiguieron una victoria, el equipo ha mejorado y marcha en el puesto número 12 de 18. Aunque nunca han llegado a temer por el descenso porque por debajo ya no existen más categorías, el presidente José Antonio sigue sufriendo en todos y cada uno de los partidos. “Los domingos desde por la mañana me entra una tos que eso es una cosa mala. Tengo hasta fatiga. Y todo por los nervios”, cuenta. En invierno ficharon a un nuevo entrenador y han ganado todos los partidos de la segunda vuelta disputados en casa, en el campo Sánchez Portela. “Al principio se nos fueron muchos puntos tontos”, lamenta.

 

Son la esencia fundacional de un deporte que chirría por las primeras plantas. Tréboles de cuatro hojas para jugadores que, desde hace ya tiempo, saben que no van a comer del fútbol, salvo en alguna barbacoa del club

 

Lo que con toda seguridad no se escapa son los nombres de los jugadores amonestados, de los árbitros de cada jornada, el tiempo, los cambios o el número de balones fuera del campo. Todo eso y más aparece escrito a boli en una pequeña libreta. El que lo anota con precisión desde el banquillo es Antonio García (El Torno, 71 años), ‘Vila’ para los más allegados, uno de los delegados de campo más icónicos y longevos de la provincia. “Llevo más de 50 años en el mundo del fútbol. Primero como árbitro, desde 1975 hasta 1992, y luego como delegado hasta el día de hoy”, cuenta. Afirma que nunca se ha perdido un partido, “he ido incluso estando malo”. Y si tiene compromisos los pospone. “En dos semanas jugamos en Tarifa y me coincide con una comunión. Si la ponen el domingo podré ir, pero si es el sábado no iré”, afirma.

Toda una vida de servicio al fútbol modesto. La pelota les da las gracias en forma de parapeto para cuando las cosas vienen mal dadas. “Para mí el fútbol es todo. Si no fuera por el fútbol sería un hombre aburrido”, sentencia el delegado García. Como Alberto Pérez (La Barca, 28 años), auxiliar de material del club y cocinero en un chiringuito de playa de Chipiona, que le pide a su jefe salir un poco antes del curro para llegar a tiempo a los partidos. “Si no tuviera el fútbol estaría apagado. Me ha ayudado mucho”, expone Pérez. Ellos son la esencia fundacional de un deporte que chirría por las primeras plantas. Los tréboles de cuatro hojas para jugadores que, desde hace ya tiempo, saben que no van a comer del fútbol –salvo en alguna que otra barbacoa del club–. Por suerte para todos, estos tréboles sí existen y están presentes en multitud de equipos. Además, avisan que no piensan en la retirada: “Mientras pueda andar y me quieran, aquí estaré”, coincidieron.

 


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