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‘Willy’, ‘Kuki’, ‘Chini’, ‘Peke’… La cantidad de apodos que se esconden en los equipos de fútbol es incontable. Porque… ¿Qué necesidad hay de llamar a alguien por su nombre, pudiendo sacar algún mote más divertido e interesante para la persona en cuestión? ‘Peke’ es el sobrenombre de Ainize Barea, por ejemplo, y se debe a su estatura. Ana Romero llamaba ‘Willy’ a sus compañeras, puesto que en su barrio lo común era llamarse de esta forma, y, al final, el mote se lo quedó ella. ‘Chini’, como se conoce a Cristina Pizarro, debe su sobrenombre a que sus ojos son rasgados. Rasgos corporales, expresiones, diminutivos del nombre o del apellido o la fusión de ambos, la localidad de la que procedes… Hay más de mil excusas para poner un mote y, sin embargo, todos los apodos habidos y por haber tienen un denominador común: cuentan una historia.

Chloe Arthur comenzó su andadura en el fútbol, como muchas de las futbolistas actuales, siendo muy joven. La actual centrocampista del Aston Villa dio sus primeros pasos en su Escocia natal y se hizo un hueco en el Celtic de Glasgow. Disputó tres temporadas, más de 40 encuentros e hizo las maletas al Hibernian. Pero, por bonito que sea el país, se le hizo pequeño. Chloe se marchó a la aventura y recaló en las filas del Bristol City inglés, donde empezaría la historia de su mote: ‘Soda’.

Su apodo, sin embargo, no se entiende sin la segunda protagonista de la historia. Claire Emslie, al igual que su compatriota, comenzó a patear el balón siendo todavía muy joven. Tras crecer en las categorías inferiores, la delantera se hizo con la titularidad en el Hibernian. En sus dos temporadas, Emslie anotó 18 tantos en 31 partidos. No obstante, su formación académica la llevó hasta Florida. Se instaló en la península norteamericana y jugó la NCAA de la mano del Florida Atlantic Owls. Tres temporadas, 76 encuentros jugados y una treintena de goles. Matrícula de honor para la escocesa, que tras haber completado su formación, debía buscarse la vida en Inglaterra. El Bristol City, protagonista indirecto del relato, le abrió las puertas de su estadio y, también, la de forjar su propia historia para convertirse en ‘Lima’.

Vivir del fútbol es un sueño solo al alcance de los hombres. Las mujeres, por mucho que lleguen a la máxima categoría del balompié, deben compaginar sus entrenamientos y partidos con otros trabajos que les permitan poder vivir. Claire y Chloe, alojadas en Bristol, encontraron su espacio lejos de los terrenos de juego. Si dentro del verde conectaban a la perfección, lejos de él se convertirían en mejores amigas. Pasar por un momento complicado en compañía hace que nazcan vínculos más poderosos. Las dos futbolistas dejaron atrás a familiares y amigos para instalarse, por caprichos del destino, juntas en Inglaterra.

 

Hay más de mil excusas para poner un mote y, sin embargo, todos los apodos habidos y por haber tienen un denominador común: cuentan una historia

 

Lejos de su Escocia natal, ambas jugadoras convivían en apartamentos proporcionados por el propio club y junto a otras compañeras de equipo. Además, para poder ganarse la vida más allá del verde, Chloe y Claire comenzaron a trabajar en un bar de las instalaciones del Bristol. “Trabajábamos allí un par de noches a la semana y hacerlo con Claire fue uno de los momentos más divertidos de mi vida”, comienza relatando Chloe en una entrevista para She Kick“Ahora no suena gracioso, pero uno de esos momentos fue cuando alguien vino a pedirnos agua con gas. Había un pulsador para servir la soda, pero yo no sabía que teníamos uno. Claire empezó a llamarme ‘Soda’ y fue una broma interna que se fue haciendo más grande, como una bola de nieve. Al ser muy amigas y trabajar juntas nos convertimos en ‘Soda’ y ‘Lima’. De hecho, a ella la tengo guardada como ‘Lima’ en mi móvil”.

Por aquel entonces, mientras trabajaban en el bar del recinto de 5-a-place -un campo para jugar a fútbol 5 –  del Bristol City, las futbolistas también estaban concentradas en subir a su equipo a la máxima división del fútbol inglés y, como colofón, clasificar a Escocia a su primera Copa del Mundo. “Todos esos momentos que compartimos en el bar no hubiesen sido tan divertidos si no hubiésemos estado la una con la otra. De hecho, en el bar hablábamos también de que si llegábamos a jugar un Mundial de fútbol, nos escribiríamos Soda y Lima en nuestras botas”

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, confesó Chloe.

El rendimiento de ambas jugadoras con el Bristol fue excelente. El conjunto inglés alcanzó la segunda posición, Emslie anotó diez goles y acabó cuarta en la clasificación de máximas goleadoras y el equipo alcanzó la máxima división del fútbol inglés. Sus buenas actuaciones sobre el verde derivaron en la llamada por parte del combinado nacional. “Hace seis meses trabajábamos en un bar sirviendo cervezas. Ahora, jugamos juntas con Escocia en la fase de clasificación para el Mundial”, escribió Claire en redes sociales para recordar los momentos que habían compartido juntas.

Lo que pasa es que sus buenas actuaciones tampoco pasaron desapercibidas para el resto de clubes. Claire se marchó del Bristol para recalar en las filas del Manchester City. Chloe permanecería una temporada más, pero acabaría saliendo con destino a Birmingham. Sin embargo, ambas jugadoras fueron coincidiendo regularmente en la selección y, al término de esa fase de clasificación, Escocia se clasificaba para la Copa del Mundo de Francia 2019. “Claire y yo hablamos de eso. Hacía algo más de un año habíamos estado juntas trabajando en un bar. Y ahora nos habíamos clasificado e íbamos a jugar un Mundial… Es simplemente surrealista”, reveló Chloe.

El gobierno del país se volcó con las futbolistas y allanó el terreno para que pudiesen dedicarse exclusivamente a preparar en condiciones una cita histórica. De hecho, el último partido de preparación fue ante Jamaica y consiguieron reunir a más de 18.000 espectadores. El Mundial, a pesar de la euforia suscitada, tuvo poco recorrido. Se quedaron en la primera fase y sumaron dos derrotas y un único empate. Pero en el primer encuentro de Escocia en un torneo de tales dimensiones, ante la Inglaterra de Phil Neville, la historia volvió a demostrar que cuando quiere es caprichosa.

El resultado no era favorable. Un derbi entre países colindantes y encima en un Mundial. Cayendo por 2-0 cuando el final se aproximaba. Y, en ese instante, Claire se internó desde la derecha y el balón le cayó en el pie. Un disparo. Un gol. Su primer gol en un Mundial y el primer gol de la historia de su selección en una Copa del Mundo. ‘Lima’, que un año antes servía copas para poder seguir jugando, había hecho historia. Y ‘Soda’ podía vivir el logro de su amiga desde el verde y a pocos metros. Lo mejor es que cumplieron con la promesa que se habían hecho un tiempo atrás. Ambas jugadoras saltaron al terreno de juego con sus motes serigrafiados en las botas. Aquellos apodos que habían nacido de un despiste en el trabajo y que, por arte de magia, se habían convertido en algo que les pertenecía. Que las unía. Que cargaba sus botas de significado; de amistad. Y esa es la magia de los apodos: todos ellos esconden una historia por contar. Como la de ‘Soda’ y ‘Lima’.

 


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