Querido fútbol,

No recuerdo cuándo fue la última vez que le escribí una carta a los Reyes Magos, pero imagino que empezaba algo similar a cómo arranca esta; con un querido, que queda cercano, como algo íntimo entre nosotros. Este año, de hecho, le tecleé a Baltasar por Whatsapp: ‘necesito unas zapatillas de ir por casa’; y me llegó un Bizum de 20 euros para que me las comprara. Mira cómo hemos cambiado, cómo andamos. Y dejando las zapatillas aparte, supongo que no seré el único que te redacte lo siguiente en estas fechas. Probablemente, creo, habrá miles, o incluso millones, esperando que les traigas lo mismo a inicios del año que viene. No creo que pretendamos ninguno nada material de ti, eso ahora mismo ya nos es lo de menos.

No te pediré unas botas nuevas porque las últimas que me trajiste están en perfecto estado. Todavía no se ha despegado la suela de la puntera, no hablan, siguen mudas, esperando volver a gritar al ver a mis pies golpeando balones, pisando céspedes húmedos, secos, mojados o desgastados, qué más dará, saboreándolos al fin y al cabo. Están limpias, intactas, como las ganas que tenemos todos por volver al ruedo, a regresar a esos días en los que no importaba ni la temperatura ni el estado físico ni nada, donde lo único que queríamos era recibir el balón y entregárselo a un compañero, o a la red los más dotados.

Tampoco deseo ni bufandas ni demás cosas de esas del merchandising de mi equipo. Ya tengo alguna suelta por casa. Lo que me gustaría es volver a atármela al cuello cuando toque ir al estadio y haga un frío siberiano, de ese que te cala por los huesos, y proteger la garganta con los colores de mi equipo mientras la destrozo animando a los once que hay ahí abajo, en el centro de todas las miradas, dándole patadas a un balón. Y si hace calor también la llevaré, no lo dudes, para zarandearla de lado a lado cuando toque dar un empujón a esos muchachos que tanto nos necesitan durante 90 minutos.

 

Que se inunden de gente los estadios para volver a vivir el fútbol de máximo nivel de cerca. Que se llenen los campos municipales para volver a ver al equipo del pueblo jugando contra los del pueblo de al lado

 

No quiero ni ver a mi equipo en finales de Champions, de copas o jugándose la liga en la última jornada. Tampoco me hace excesiva ilusión que nos regales tres puntos en aquel estadio que tenemos tan cruzado y donde contamos visitas por derrotas, algún día llegará la victoria y la degustaremos como si fuera caviar. No está el asunto como para pedir tanto, te lo aseguro.

Eso sí, si no te importa, si te parece bien, molaría que abrieras las puertas. A quién, te preguntarás. A todos si es posible. A los padres que ahora solo pueden conformarse con abrirles la puerta del coche a sus hijos para dejarlos en el entreno, y volvérsela a abrir de nuevo al acabar, porque ya no pueden entrar en el recinto. A los chavales, y no tan chavales, que ven cómo los lunes por la noche han perdido toda su gracia; a quienes se les han cerrado las liguillas nocturnas donde, con más o menos habilidad, sobre todo con menos, se divierten junto a sus colegas enfrentándose a otros colegas en partidos que no valen nada pero lo significan todo. A los amateurs a los que se les acabó una liga allá por marzo, arrancaron otra en octubre que solo les duró un par de semanas y llevan dos meses esperando a reanudarla ilusionados con subir un peldaño más mientras sueñan con algún día encontrarse con los mejores, a la vez que esperan que te encargues de que una Superliga que asoma a la vuelta de la esquina no haga pedazos sus fantasías y tu historia.

Y lo último que reclamo, que sé que me estoy excediendo, es volver a estar, a vivirte. Que se inunden de gente los estadios para volver a vivir el fútbol de máximo nivel de cerca. Que se llenen los campos municipales para volver a ver al equipo del pueblo jugando contra los del pueblo de al lado. Que haya padres animando a sus hijos, hijos animando a sus padres. Que todos volvamos a sentirte como lo hacíamos antes, juntos, hermanados, en el templo o alrededor de una mesa.

En definitiva, querido fútbol, lo único que te pido es que vuelvas y que desaparezca este hermano gemelo, feo, horrible, cruel, vacío, sin alma, que te ha suplantado la identidad todos estos meses.

 


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Fotografía de Getty Images.