Belo Horizonte. Cuando Ronaldinho ganó la Libertadores de 2013, ya casi no nos acordábamos de Ronaldinho. Solo había pasado una década desde que decidió acercarse a la playa, cambiar París por Barcelona, y ponerlo todo del revés. Luego, amnesia. Pasó por Milán; refrescaba. Así que se volvió para casa. Y adiós, Ronaldinho, porque en el fútbol la memoria ajena se mastica rápido y mal. Y en Europa, además, el sur es el olvido.

Madrid. Cuando Boca y River se jugaron en España la final de la Libertadores de 2018, ya casi nos habíamos olvidado de la Libertadores. No recordábamos siquiera que América llevara tilde. Enorme sorpresa. Y Messi, europeizado producto rosarino, estaba en el palco del Bernabéu porque aquello era la final del mundo; pero a Europa, por lo visto, el mundo y sus finales le importan más bien poco.

Lima. La capital peruana era Barcelona y 2019 era 1999; Flamengo, el Manchester United, y el Bayern de Múnich, River Plate. Jorge Jesús era un Ferguson portugués desmelenado que, a nuestros ojos, difundía el orden y el progreso, europeísimos inventos, en Brasil. Ironías. Y la final era a partido único, como manda la costumbre a nuestro lado del océano. Y, sin embargo, nada de lo que ocurrió esa tarde fue colonizado, por más que nos empeñáramos en contarlo de ese modo. Aquello fue una expresión sudamericana genuina, de un juego abierto a la imaginación que solo brota del caos que trata de ordenar el reglamento. Bello y trágico. Algo así como el fútbol que salía, allá en los 90, de un campito diminuto de Porto Alegre, en el que un jugador diminuto pensaba tanto en ganar la Libertadores con su Grêmio, que se pasó de largo, y acabó iluminando París y calentando Barcelona. Dos ciudades, dos estadios y dos clubes de los que, por cierto, nadie en Europa se acordaba. Te habías olvidado de París y resulta que vivía en América.