Cinco años antes de debutar como técnico, Cruyff empezó a saborear los placeres del banquillo. Fue en un partido en el que, perdiendo 1-3, el Ajax acabó ganando 5-3. Johan empezó como espectador… y acabó con la paciencia de Leo Beenhakker.


Texto de Christophe Gleizes

 

En un mal inicio de temporada, el Ajax, que quería pelear por el título, recibía al Twente en la octava posición, el 30 de noviembre de 1980, en la decimocuarta jornada de la Eredivisie. Era un partido trampa. “En aquel momento, el Ajax era favorito, pero nosotros teníamos un gran equipo, con goleadores como Thoresen y Sánchez Torres, sostenidos por una defensa férrea”, razona el zaguero del Twente Tjalling Dilling. En el banquillo, el técnico ‘ajacied’, Leo Beenhakker, tenía dificultades para mantener la fórmula que le había permitido ganar el campeonato la temporada anterior. Para añadir tensión a un contexto ya de por sí rígido, el partido tuvo lugar en el estadio De Meer, frente a 13.200 espectadores. Y en medio de todos ellos, un aficionado de prestigio: Johan Cruyff, cuya etapa en los Washington Diplomats tocaba a su fin. En Ámsterdam, empezaba a circular el rumor de que podría ocupar el cargo de consejero deportivo. Un rumor bien recibido: “Como jugador, Cruyff ya era un as de la táctica”, recuerda Hans Galjé, antiguo portero suplente del Ajax. “Todo el mundo estaba súper motivado con la idea de trabajar con él”. Pero todavía no había nada oficial.

En el minuto once, los locales marcaron el primer gol, obra de Frank Arnesen, con un lanzamiento directo de falta. “Fue un comienzo horrible con un gol magnífico. Una lástima, ya que para mí era un partido especial. Habitualmente yo era el portero suplente, pero el titular venía de fracturarse la rodilla”, rememora Eddie Pasveer, guardameta del Twente. La alegría de los aficionados ‘ajacied’ duró bien poco. Diez minutos después, el conjunto visitante puso la igualada. El autor del tanto, Thoresen, aprovecharía un nuevo contragolpe para marcar el segundo, antes de que el español Sánchez Torres pusiera el 1-3 en el marcador. Fueron seis minutos de locura en los que los ‘Tukkers’ silenciaron al público. “Estábamos bien colocados en el campo. Los futbolistas del Ajax no podían hacer nada, estábamos haciendo un partidazo”, recuerda Dilling. “Después llegó él”, refiriéndose, evidentemente, a Johan Cruyff. Bajó de la grada, decepcionado y cabreado, abrió la puerta metálica que separa el vestuario del terreno de juego y se colocó en el banquillo, al lado de un atónito Leo Beenhakker. Ante las cámaras, tras el partido, Cruyff se justificaría: “Estábamos perdiendo y me sentía impotente, no me sentía útil ahí arriba. Para dar consejos y ver cómo se pueden ajustar las cosas, es mejor estar a pie de campo. Y además, dos cabezas piensan mejor que una. Mientras uno medita, el otro da instrucciones. Así los jugadores se deben esforzar más”. Ante este insólito escenario, el Twente sintió que las cosas se empezaban a torcer. “No vi nada, solo comencé a notar que la multitud empezaba a rugir”, recuerda Dilling. “El ambiente se agitó, uno sentía que algo estaba cambiando, pero no veíamos lo que era”. Engalanado con su chaquetón, Cruyff gesticulaba, alentaba a los futbolistas, se levantaba a la mínima ocasión… participaba del partido. “En un momento, levanté la cabeza hacia el banquillo y vi a Johan dando instrucciones. No era normal. Aunque fuera él, no tenía que estar allí…”, explica el lateral izquierdo del Ajax Peter Boeve. “Aquello no fue reflexivo, no lo tenía premeditado, simplemente se guió por su intuición”, añade.

 

“Empezamos a jugar mucho más arriba. La filosofía de Cruyff era muy simple: atacar todo el tiempo, para así no tener que desgastarse defendiendo”

 

Todo sucedió muy deprisa. Justo antes del descanso, el Ajax redujo diferencias tras un error de Eddie Pasveer que logró rematar el goleador Tscheu La Ling. “Nosotros no bajamos el nivel, fue el Ajax el que lo empezó a dar todo sobre el césped, como si su motivación se hubiera triplicado tras la irrupción del ‘jefe’ en el campo. La Ling, por ejemplo, no había aparecido en 30 minutos. Después marcó un doblete”, remarca Dilling. Una inyección de energía que corrobora Peter Boeve: “Empezamos a jugar mucho más arriba. La filosofía de Cruyff era muy simple: atacar todo el tiempo, para así no tener que desgastarse defendiendo”. El Ajax dominó por completo el segundo tiempo y puso la igualada en el 72′. “Éramos conscientes de la que se nos venía encima pero no podíamos hacer nada para evitarlo”, ahonda Dilling. “Cruyff hizo entrar al joven Frank Rijkaard y cambió a muchos jugadores de posición. Nosotros quitamos a un centrocampista para reforzarnos con un defensa más, pero nada cambió. Esperábamos poder aguantar, pero tras el error de Eddie, comprendí que estábamos liquidados”. Una mano en la frontal del área dio pie a la falta que supuso el 4-3, antes de que Arnesen pusiera la rúbrica a la machada del Ajax. En el banquillo, Johan Cruyff estaba exultante. Leo Beenhakker, un poco menos, pues en esta historia, era el cornudo. Aunque quiso restarle importancia en sus declaraciones postpartido: “No tenía sentido replicarle, yo soy el único jefe a bordo. Los dos estamos preocupados por el destino del Ajax. Hemos hablado conjuntamente para tratar de remontar el partido. No ha sido un problema”.

Para los jugadores, en cambio, había tenido algo más de importancia: “Cruyff quiso ayudar al entrenador y al equipo, pero sobre el campo nos decíamos: ‘Johan, otra vez no'”, explica Boeve. “Aquello podría haber afectado a la credibilidad de Beenhakker. Leo era un entrenador joven, tuvo malos resultados y Cruyff devolvió el buen juego en 45 minutos”. Tras el partido, Johan descartó la idea de asumir aquel controvertido puesto y decidió continuar su carrera como jugador en España, en el Levante. Por su parte, Leo Beenhakker demostró sobradamente sus capacidades en los 80, especialmente como técnico del Real Madrid. Pero, en realidad, jamás olvidaría aquel suceso, tal como declaró años después: “Le tendría que haber dado un puñetazo”. No fue el único que lo pensaba. 35 años más tarde, la segunda víctima de lo ocurrido, Eddie Pasveer, aún no lo había digerido: “Si hubiera sido yo el entrenador, le habría dado una patada en la cara”.


Este artículo está extraído del #Panenka61, número dedicado a Johan Cruyff. Puedes conseguirlo aquí.