Balón, compañeras, rivales, guardameta. Todo en el área parece adoptar un papel secundario, casi insignificante, cuando por ella transita Ada Hegerberg, que es de esa clase de atacantes que con su mera presencia te exigen tanta atención que dejas de prestársela a lo demás. Cuando Hegerberg se adentra en esa especie de corredor de la muerte que son los últimos metros del campo, uno incluso llega a suspender la consciencia de sí mismo, incapaz de saber quién es ni qué ha venido a hacer aquí, para entregársela entera a esa sensación de peligro inminente que flota en el aire. 

Hasta que el gol, su gol, te expulsa del trance y te devuelve a la realidad.

“Póngame tres”, le dijo a la pelota la primera vez que se citaron este sábado sobre el césped del Ferencváros Stadium de Budapest en la final de la Champions League. Y esta, como si descartara automáticamente la opción de llevarle la contraria no fuera a haber represalias, se puso pronto a completar el encargo. En el minuto 14 la alcanzó por la derecha, para que ella la controlara con una pierna y la golpeara con la otra, en una definición tan clásica que nos retrotrajo a los tiempos de Píndaro. En el 18, se le presentó desde la izquierda, y su forma de agradecerle la celeridad fue mandarla directa con un toque a la cama. Y solo diez minutos más tarde -ya ven la calidad del servicio-, de nuevo desde la derecha, a media altura, para que la noruega la empujarla de primeras y celebrara así su tercer gol y el cuarto del Olympique de Lyon.

Para las futbolistas del Barça, Hegerberg fue un calvario durante todo el primer tiempo. Pero bien pensado: cómo no iba a serlo. Solo tiene 23 años, pero como profesional ya ha jugado 320 partidos, en los que ha firmando 293 tantos. Eso sale a 0,91 dianas por encuentro. Una salvajada. Acumula, además, 13 títulos (entre ellos, con esta última, cuatro Copas de Europa) y un sinfín de reconocimientos individuales, como el Balón de Oro que levantó en 2018. Y por si fuera poco, más allá de su dimensión futbolística, también destaca por su madurez, que la llevó a renunciar a la selección de su país después de la Eurocopa de los Países Bajos hasta que no se asegurara una igualdad real entre hombres y mujeres, tanto en los salarios como en las condiciones de trabajo.

Hegerberg ya es un emblema de su deporte. Y mientras todo lo que gira a su alrededor se siga achicando cuando pise el área, y nosotros nos olvidemos de nosotros mismos, infinitos serán los motivos que continuarán engrosando su leyenda.