Hay consumidores que observan el fútbol con gafas de cerca. Razonan ‘partido a partido’ y aprietan el puño cuando los suyos añaden tres puntos al casillero. We live to fight another day. Otros clientes miran el balón con vista cansada, atormentados por el dilema filosófico del cómo y el cuándo. Ayer fue mejor de lo que será mañana, se dicen y nos repiten. Los melancólicos son el grupo mayoritario y llevan la voz cantante. Otros aficionados ven el espectáculo desde el singular punto de vista del portero, con todo de cara y todos en contra. Otros son árbitros de tertulia, seleccionadores de sofá o entrenadores cuyo joystick imaginario siempre tiene mejores ideas que las del pobre míster de carne y hueso, que toma decisiones antes de que el tren de las redes sociales pare en la estación del oportunismo. Hace tiempo leí en ese gallinero posmoderno llamado Twitter que “cuando te gusta el fútbol, prefieres la cámara táctica de las retransmisiones”. No, hombre, no. Elige tu perspectiva predilecta, pero ni se te ocurra apropiarte del redondo patrimonio universal que nos cautiva desde hace siglo y medio. La felicidad del balón es personal y transferible. Cada uno se nutre de su magia con su propia lente y todos los enfoques se complementan.

El mío, proclamado a los cuatro vientos pese a gozar de escaso prestigio intelectual, es el del futbolista. Que rima con egoísta. Me asomo al fútbol para disfrutar de las proezas físico-técnicas que unos elegidos hacen mejor y más rápido que yo. A veces, eso sí, coqueteo con la idea de haber metido este o el otro gol que el héroe que sale en los cromos falló. Haber acertado en esta o la otra decisión. En ese sentido, soy trequartista de butaca. Además de las confidencias entre futbolistas cuando se tapan la boca o los lanzamientos de camisetas que golpean mi bolsillo, un aspecto de la élite me fascina y me rapta: la voluntariedad de las jugadas. ¿Seguro que quiso tirar por debajo de las piernas del portero? ¿Se la dio ‘de oído’ a su compañero o qué? ¿De verdad apuntó a esa escuadra? Duermo a pierna suelta bajo el pleno convencimiento de que los profesionales pueden más de lo que quieren. Esto es, que gracias a su talento y memoria muscular realizan acciones espectaculares y, a diferencia de las de quienes no hemos llegado, creíbles. Sin embargo, si nos ceñimos a la voluntariedad y solo a ella, los ‘cracks’ se parecen a los futbolistas de sofá.

Existe un recurso folclórico, preciosista y funcional cuyo motor es (o debería ser) la voluntariedad: el caño. Es un episodio medible y circunscrito a pocos metros y segundos, por lo que la expresión instintiva del autor suele dejar claras sus intenciones. Un trallazo al ángulo puede ser aguja en un pajar, el gol de una vida, la fiesta que no es todos los días. Un túnel no miente. De 0 a 100, la voluntariedad acelera hasta descartar la posibilidad del azar. El balón bajo las piernas engaña al rival ‘tunelado’, pero no al observador atento. Ya sé que la intencionalidad no lo es todo en el fútbol —un gol vale lo mismo cuando su autor quiere y cuando no—, pero es mucho porque derriba la cuarta pared que separa admirador y admirado. Los caños hablan por el artista. Son renglón torcido en la rigidez del fútbol guionizado y sin gambeta. Deconstruir la concepción de un túnel es entender a nuestros ídolos, acaso ilusionarnos con pensar como ellos antes de admitir que no hay nada que hacer porque son ejecutores privilegiados.

Propongo a continuación una fenomenología de bolsillo del arte del caño. De menor a mayor voluntariedad, cuatro corrientes de pensamiento para detectar cuándo el actor con botas de tacos rompe la cuarta pared y dialoga con el espectador y cuándo su intencionalidad escasea y nos hace soñar con la élite.

Nazarismo, por la infalibilidad del brasileño ante el arco

Sustento teórico: la portería es lo suficientemente grande, la envergadura del portero lo suficientemente pequeña y la vanidad del atacante lo suficientemente pronunciada como para que éste no tienda a buscar de forma intencionada el caño al realizar un disparo.

Los caños producto de un tiro a puerta cuentan con intencionalidad baja o nula. Se entrena el disparo angulado que desnuda al arquero, archienemigo en el trayecto a la gloria televisada. Nadie sueña un gol que no es creíble. Por algo existe la frase ‘hizo inútil su estirada’. Si el túnel se lo apunta el defensa que intenta tapar el golpeo, la voluntariedad aumenta. Aunque se aplican ilustres excepciones, aconsejo un escepticismo moderado. Como usuarios del balón, preferimos teledirigirlo lejos del alcance del portero en lugar de asumir el riesgo que supone atravesar el último objeto antes de la fiesta del gol. Tiro + caño = presunción de involuntariedad.

Zidanismo, por una asistencia inenarrable del francés 

Sustento teórico: al realizar un pase, el futbolista intenta sortear cuantos obstáculos se interponen entre balón y compañero. A partir de esta suposición espacio-temporal y con décadas de fútbol documentado, sabemos que evitar un objeto es la práctica habitual e instintiva. Por el contrario, atraversarlo de forma voluntaria es tarea de pocos elegidos.

A diferencia del túnel que rubrica un regate (un ejercicio de supervivencia, una escapatoria premeditada), los caños derivados de un pase suelen contar con intencionalidad media o baja. También aquí se aplican excepciones, pero aconsejo cautela. La experiencia de usuario indica que el objeto que vemos, sentimos o percibimos en virtud de la visión periférica se interpone físicamente entre el balón y su destinatario, que junto a nuestro pie son los factores que el cerebro pondera. Controlamos en menor medida las piernas del rival, por lo que para los puristas de la intencionalidad un pase-caño es por definición un mal pase, ya que no satisface la premisa cognitiva de sortear el obstáculo en lugar de traspasarlo.

Riquelmismo, por la influencia del repertorio del artista al juzgar su obra 

Sustento teórico: la intencionalidad de un túnel no atiende a criterios posmodernos como la belleza en la ejecución, el éxito y consiguiente humillación del rival (‘ese defensa tiene familia’, ‘stop it’ y otras formas de expresión tuitera) o su autoría, aunque ésta aporte contexto al análisis.

Es lícito que la tan tuiteada destreza de Román en el noble arte de la ‘cachita’, la plasticidad del trilero Ronaldinho o la ousadia incomprendida de Neymar hagan dudar al espectador. Sin embargo, una marcada intencionalidad en el engaño no implica que éste haya sido concebido para ser túnel. Y lo que es más importante, debemos abstraernos —en la medida de lo posible, no del todo— de la fama que precede al artista para analizar una sola obra. Dicho todo lo anterior, en jugadas grises de autoría ilustre acepto la exageración de la voluntariedad como homenaje implícito.

Taarabtismo, por el hedonismo desacomplejado del marroquí

Sustento teórico: el regocijo inherente a un túnel 100% voluntario es de inmediatas comprensión y admiración por parte de quienes participan en el contexto de la acción, ya sea en calidad de orgullosos compañeros, satisfechos espectadores o retratados contrincantes ‘cañeados’.

En contadas ocasiones, el héroe vestido de corto nos hace creer que todo es posible. Pide un deseo, susurra el balón. Un toque sutil e inequívoco rompe quinielas, tacha anotaciones tácticas, abre bocas y derriba la cuarta pared mediante un estruendoso túnel. Özil, Payet, Luis Alberto, Ben Arfa, Aimar o el venerado Taarabt son habituales escapistas voluntarios. No cabe escepticismo ante el desafío a la guionización del fútbol. Creemos en creer. Las manos del espectador primero tapan la vista (por un momento descansada) y después aplauden una revolución entre las piernas. Desglosar un caño 100% voluntario implica superar tres fases: empatizar con el ídolo, ilusionarse con ser como él por un instante y rendirse a su superioridad físico-técnica.

¿Qué futuro le espera a la voluntariedad balompédica? La distracción del consumidor y la tiranía de la doble pantalla hacen que algunos actores vanguardistas establezcan contacto visual con el hincha para confirmarle que sí, que aquella proeza fue intencionada. Un caño transparente rompe la cuarta pared y nos pide que, cada uno desde su perspectiva preferida, volvamos a mirar a los ojos al fútbol.


 


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Fotografía de portada: Twitter de @FutbolBible.