En Baviera, el fútbol siempre ha tenido un papel protagónico, acumulando desde hace más de un siglo a numerosos clubes que en su día pretendían solventar la altísima demanda generada por sus trabajadores industriales. Once de ellos, criados en el extinto MTV Munich (que pasaría a ser años más tarde el mítico 1860 Munich) e incómodos con su rol, se reunieron en la posada Bäckerhöfl para hacer florecer su proyecto de club, que sería el FC Bayern. Curiosamente, en aquella reunión se decidiría que, como la mayoría de equipos de la región, los colores que iban a representar a la nueva institución serían el azul y el blanco. No fue hasta seis años después cuando, debido a necesidades financieras y para poder tener un campo de entrenamiento regular, se unieron al club bávaro rico en la época, el Münchner Sport-Club, y tuvieron que hacer una concesión en aquellos colores, estrenando el rojo y catapultándolo desde entonces a la fama nacional e internacional.

Al Bayern le costó arrancar y hasta 1932 no levantó su primer título nacional, pero aquella gesta que estrenaba su hoy fornido palmarés, muestra el verdadero origen del gigante alemán. Y es que aquella plantilla tenía una enorme representación judía en sus filas, desde el entrenador (Richard Kohn, conocido como “Dombi”, que después tendría épocas grises en el Barcelona y brillantes en el Feyenoord) pasando por unos 8-9 futbolistas y llegando hasta la figura de su mismísimo presidente, Kurt Landauer. Y mientras el 1860 Munich despertaba las simpatías de un nazismo ya instaurado en toda Alemania, el Bayern fue tachado de ‘club judío’, lo que no hizo sino multiplicar obstáculos, barreras gubernamentales y problemas notables para mantener sus socios, que cambiaban de bando. No lo pudo soportar y, varios años más tarde, le hicieron caer a la Segunda División. El inicio de la Segunda Guerra Mundial destrozó el fútbol globalmente, y al Bayern en particular. Según los registros históricos del club, la entidad muniquesa perdió a 56 miembros en el campo de batalla. Desde jugadores de selección (Josef Bergmaier o Franz Krumm, por ejemplo), a desaparecidos en combate e incluso siete miembros asesinados por los nazis por diferencias raciales. Un caos que, como nadie, le tocó vivirlo, sufrirlo y experimentarlo el presidente clave en su historia: Kurt Landauer.

“Cuando más de esos perros matemos, menos tendremos que alimentar”, gritaba a diario un comandante de las SS a sus tropas, tal y como nos cuenta Francisco Ortí en ElEnganche Podcast cuando recuerda el caos que les tocó a vivir en el campo de concentración de Dachau. Allí, fueron asesinados 41.500 prisioneros, otros tantos murieron como consecuencia de las condiciones infrahumanas en las que malvivían, o víctimas de las heridas provocadas durante sádicos experimentos médicos.

Landauer había pertenecido al Bayern desde el día uno. Cuando se estrenó el nuevo club bávaro de la época, él había aparecido para probarse como guardameta y consiguió ser elegido para el equipo filial. Sus estudios pesaron más y tras prepararse académicamente en Lausana, regresó a Munich para aportar al club toda su capacidad. Tanta, que llegó a la presidencia en 1913, aunque sólo pudo ejercer un año antes de ser reclutado por el ejército para luchar en la Primera Guerra Mundial. Sobrevivió, y su cargo al frente del Bayern se alargaría nada menos que catorce años más. Por ello, con un estilo impulsor del profesionalismo que quería concretar en aquellos años y con una intachable capacidad de mantener unidos a los suyos, fue el presidente del primer título, el que inauguró la grandeza bávara en 1932. Un año después, con Hitler en el poder, de nada sirvieron todas sus gestas militares y sus avances futbolísticos, porque en la Noche de los Cristales Rotos, fue deportado a Dachau.

 

Le arrancaron hasta su propio nombre. Ahora se llamaba ‘prisionero número 20009’. Así fue rebautizado Kurt Landauer en el mismo momento en el que cruzó las puertas del campo de concentración de Dachau el 10 de noviembre de 1938

 

Kurt Landauer estuvo 33 días aislado, sin poder alimentarse. 33 días sin saber si habría un mañana. 33 días sin saber si quería que lo hubiera. Fue apenas un mes, pero que le cambiaría la vida para siempre. Durante ese tiempo lo perdió todo. Le obligaron a abandonar su casa, sus tres hermanos fueron asesinados, su hermana desapareció y a él se le robó la libertad, el honor y hasta la esperanza. Le arrancaron hasta su propio nombre. Ahora se llamaba ‘prisionero número 20009’. Así fue rebautizado Kurt Landauer en el mismo momento en el que cruzó las puertas del campo de concentración de Dachau el 10 de noviembre de 1938, poco antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Por entonces, la Alemania nazi de Adolf Hitler se encontraba en pleno apogeo y Kurt Landauer había cometido un pecado mortal a ojos de los represores: era judío.

El que fuera presidente del Bayern, sin embargo, logró sobrevivir. 33 días después de que fuera detenido se le concedió la libertad. El gobierno nazi descubrió que ese al que llamaban “prisionero número 20009” había defendido el país luchando con el ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial y se le permitió ‘escapar’ con vida.

Esos 33 días forman parte de la historia negra del Bayern de Munich y permanecían enterrados bajo ladrillos de miedo y vergüenza hasta que recientemente fueron sacados a la luz por Dietrich Schulz-Marmeling, autor de ‘Der FC Bayern und seine Juden‘ (el Bayern y sus judíos). “Todo lo que sucedió en aquella época quedó olvidado tras la guerra”, afirma el autor del libro. Y es que antes de que por culpa de su religión perdiera su identidad para convertirse únicamente en un número, 20009 era el presidente del Bayern de Munich. Y antes de eso, había sido futbolista, también en el conjunto bávaro. Según Karl-Heinz Rummenigge, Landauer fue uno de los mejores presidentes de la historia del club y “el padre del FC Bayern moderno”. Pese a todo, al equipo muniqués siempre le había costado mirar de frente a lo sucedido durante los años del nazismo en los que casos como el de Landauer se convirtieron en habituales.

El Bayern de Munich tiene unos orígenes judíos. Dos de sus 17 fundadores eran judíos. Landauer, uno de sus primeros presidentes, también era judío, lo mismo que su entrenador, Richard Kohn -quien también estuvo en el FC Barcelona- y varios de sus jugadores. Aquel Bayern logró ser uno de los mejores equipos del país y se proclamó campeón de Alemania tras ganar al Eintracht de Frankfurt en 1932. Pero al mismo tiempo que ganaba partidos también se ganaba el odio de un partido nazi cada vez más poderoso. El 30 de enero de 1933 fue el final de la época dorada. Adolf Hitler alcanzó el poder y señaló al Bayern de Munich como “equipo judío”.  El Bayern tampoco se esforzó demasiado por demostrar lo contrario.

Pese a que Landauer fue obligado a abandonar el cargo, sus futbolistas continuaron demostrándole fidelidad y el conjunto bávaro se convirtió en uno de los principales detractores del gobierno fascista. Según relata el periodista británico Raphael Honigstein, los jugadores del equipo muniqués se vieron involucrados en reyertas contra las Juventudes Hitlerianas, y el futbolista Willy Simetsreiter enfureció al Fuhrer al fotografiarse con Jesse Owens, quien había dejado en evidencia al régimen al colgarse cuatro medallas en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. Aunque el momento de mayor desafío al poder se vivió durante un amistoso que enfrentó al Bayern contra la selección de Suiza en Zurich en 1940. Los jugadores del conjunto bávaro no sólo se negaron a realizar el saludo nazi, sino que se acercaron a la grada para reverenciar a un aficionado que se encontraba entre el público. No era otro que ‘el prisionero 20009′, que permanecía exiliado en Suiza después de haber escapado del campo de concentración de Dachau. La Gestapo se vio obligada a intervenir.

Tras la caída del nazismo, Landauer regresó al Bayern de Munich en 1947 como presidente, 17 años después de haber sido expatriado, y volvió la época dorada. El 21 de diciembre de 1961 murió en Munich convertido en el presidente más longevo de la historia del Bayern y uno de los que más hizo por el club. Sin embargo, sus méritos permanecieron ocultos puesto que, según el vicepresidente Fritz Scherer, desde el club no se quería enfatizar esa herencia judía por miedo a “reacciones negativas”.

En los últimos tiempos, diversos estudios entre teólogos especialistas de la época y del Bayern, han llevado al club a hacer una investigación propia para solventar su origen real. “En los años 60, silenciar todo el nacionalsocialismo era común en Alemania. Nadie quería. En general, hablar abiertamente del Tercer Reich, se hace sólo desde hace algunos años. Y el Bayern, como parte de la sociedad, ha empezado ahora mismo a hablar de ello y a intentar interiorizar algo que pertenece al club. No es que se haya intentado ocultar en su historia, sino que la gente hoy quiere ver fútbol, olvidar toda la historia negra de nuestro país y pasar página. Kurt es una figura fundamental del club y como ahora estamos a 70 años del final de la Segunda Guerra Mundial, nos damos cuenta de lo que algunos pasaron por ser presos del sistema. Los judíos fueron reprimidos y durante todo este tiempo ha cambiado el enfoque de lo que ocurrió”, explica el escritor alemán André Schon.

Afortunadamente, esa postura retrograda ya quedó atrás. El Bayern ensalza a Landauer como el mito que fue. Se ha bautizado una calle con su nombre, y también el estadio del TSV Maccabi Munich, un club judío de la ciudad, que fue inaugurado por las principales leyendas de la historia del Bayern de Munich. El legado de Kurt Landauer no puede volver a ser olvidado. Del mismo modo que él jamás olvidó los 33 días en los que fue el ‘prisionero 20009’.


* En el programa-podcast 27 de ElEnganche en SpainMedia, estuvieron con nosotros André Schon (escritor y periodista alemán del Bayern), David Palomo (periodista deportivo de El Español) y Francisco Ortí (periodista deportivo ElDesmarque)