Hijo de un país depositario de un legado cultural y futbolístico de primer orden mundial, resulta lógico que en este cantante se citen con armonía ambas pasiones. Jorge Drexler (Montevideo, 1964) se reconoce como una persona multidimensional. ¿Cómo si no podría salir al escenario de un concierto con un ordenador abierto para seguir las andanzas de su selección en un Mundial? El autor del oscarizado tema Al otro lado del río cuestiona reposadamente la bondad de las masas que se apiñan en torno a un fenómeno social, cultural y político: el fútbol.


 

Las sociedades latinoamericanas son de composición híbrida, todo el mundo cuenta con diferentes orígenes, tienen abuelos de diferentes lugares. Eso ya abre las puertas a una pluralidad. Si tus cuatro abuelos proceden de sitios distintos, es normal que tengas varias aficiones. Es por eso que no nos sorprende ver a intelectuales que les guste el fútbol. En Uruguay, es raro encontrar a una persona del mundo artístico que no tenga cultura futbolística.

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Hay muchas actividades de las que me gusta más la práctica concreta que la masificación. Hace tiempo que me alejé de los conciertos y de los partidos de fútbol para muchedumbres, no me siento muy cómodo. En el fútbol, a diferencia de la música, no existe esa posibilidad pero sería genial poder ver un partido del Barça con 100 espectadores, cerca de los protagonistas. Sería una experiencia brutal.

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Siempre me gustó la parte lúdica del fútbol y por eso me gusta Messi, porque se nota que disfruta jugando. Ha dejado de lado todo el personaje mediático. Y tiene esa inteligencia motora de la que se dotan el fútbol y la danza. Messi juega con la boca cerrada, hace lo que tiene que hacer. Es generoso, verlo jugar es como verlo bailar. También me gusta mucho Diego Forlán. Por su elegante sobriedad, su reserva absoluta en todo lo extradeportivo. Crecimos en barrios cercanos de Montevideo. Yo soy de Punta Gorda y él de Carrasco, un barrio algo más rico que el mío. Hijo y nieto de futbolistas, desde chico siempre estuvo muy orientado hacia el deporte.

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Me gusta mucho jugar al fútbol, me alejé del fenómeno masivo a los 15 años, se me volvió irracional el hecho de preferir a un equipo respecto a otro. Es el mismo discurso que hay en la xenofobia o el nacionalismo mal encarado… En algunas canciones ya lo he dicho: ‘No hay pueblo que no se haya creído el pueblo elegido’. Todos los equipos de fútbol creen que son el equipo elegido, y cuando eso lo empieza a pensar todo el mundo es cuando te das cuenta de que es una insensatez. Lo que a mí me une a Peñarol no es una característica mística de Peñarol, es un hecho tan casual como que mi padre fuera de Peñarol y me hiciera socio vitalicio cuando era un niño. Es algo cultural, más que genético.

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Una vez, yo era pequeño, River Plate llegó a Montevideo para disputar un amistoso. Los niños del barrio pensamos en pasar la noche previa al encuentro armando barullo en la calle del hotel y así no dejar que sus futbolistas descansaran. Me pareció una idea excelente. Pero mi padre se enteró y cuando mis amigos vinieron a buscarme les dijo que se fueran sin mí. Luego me dio una charla que no se me olvidará jamás: “esos jugadores no tienen ninguna culpa, si los ganamos mañana los ganaremos limpiamente. Así, con un grupo de chavales exaltados, empiezan algunas tragedias”. No hablaba de oídas: él había salido de Alemania por culpa del nazismo.

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Otras veces, la masa puede ser buena. Estuve en las gradas del Centenario en la final del Mundialito’81, entre Brasil y Uruguay, cuando las tribunas comenzaron a gritar “Se va a acabar, se va a acabar, la dictatura militar”. Y se acabó… pero no por los cánticos en el estadio sino porque Estados Unidos dejó de apoyar a los totalitarismos genocidas en Latinoamérica: entendieron que es más elegante tratar con democracias. La dictadura temía a las masas, prohibía cualquier reunión de más de tres individuos. Pero claro, no pudieron hacer nada contra un estadio. Como viví en dictadura, siento un profundo amor por la democracia.

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Disfruto cuando se sublima la batalla, no cuando se reproduce. España contra Alemania. En lugar de luchar en la costa de Normandía, con muertos de por medio, se enfrentan en un estadio. Hacen una representación y después se dan la mano como caballeros. Eso me parece maravilloso. Las demás batallas no tienen sentido, ésta sí. Poca gente sabe que soy coautor de la letra del Waka-Waka de Shakira. Estoy muy orgulloso de la primera estrofa de esa canción. ‘Se abren las puertas, caen las murallas, va a comenzar la única justa de las batallas’. En el fútbol, el enfrentamiento pasa a ser una representación. Lo que más me gusta es cuando la gente relativiza, cuando sabe que esa lucha está bien dentro de un marco, con unas reglas. Los aficionados radicales no entienden eso. Viven en un grado de fantasía, igual que si yo creyera que Pocoyó existe y es mi amigo.

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Juanma Lillo sí es mi amigo y es un tipo increíble. Es alguien que para hablarte de una estructura de ataque o de delanteros, acaba haciendo referencia a Espinoza o a Kant. Y es que no hay ninguna razón para que el fútbol no sea analizado de todas la maneras posibles, entre ellas de una manera filosófica. Qué significado tiene que el balón pase de una persona a otra, y que no lo tenga mucho tiempo una sola. Qué implica eso desde un punto de vista psicológico o emocional. En ese sentido, Panenka está hecha a la medida de Lillo. Él sabe ver el fútbol con perspectiva, lo mira desde arriba.


Esta entrevista está extraída del interior del #Panenka16, un número que todavía puedes conseguir aquí.