It’s coming home, canta Wembley, con el corazón en un puño. Hay lágrimas por doquier. Sobre el verde, los rostros ocultos entre las manos evocan la emoción del momento. Pero ya hace unos pocos minutos que la colegiada ucraniana concluyó la contienda. Saltaron las inglesas a la par que las alemanas vencían su espalda contra el césped del mítico estadio inglés. Sarina Wiegman, en su área técnica, se giraba, seria, en busca de su banquillo. Elegante. Con el semblante de haberlo tenido todo bajo control. Pero esa rigidez se deshizo rápidamente en un baile con sus ayudantes.

La seleccionadora inglesa repetía título, tras el que logró en 2017 con los Países Bajos. Y, la copa, también llevaba su nombre. Cuando peor andaba la anfitriona, resistiendo las embestidas teutonas, Wiegman espoleó la libreta, aplicó los cambios adecuados con un tempo perfecto y la balanza se declinó. Ella Toone recibía una maravilla de asistencia procedente de Walsh y en carrera llegaba hasta los dominios del Frohms… Y picó el balón ante el decaimiento de la guardameta. El esférico dibujó una parábola preciosa que incluso descendió por la red con una armonía inusitada.

Y, sin embargo, Alemania no iba a dar su brazo a torcer así como así. La ocho veces campeona de Europa no había perdido ninguna final, pero el guion de partido no era el más prometedor. Por detrás en el marcador, la primera derrota germana llegó en el calentamiento, cuando se supo que Alexandra Popp no podría jugar por culpa de unas molestias musculares. La delantera, esencial para las alemanas durante todo el torneo, tuvo que ver todo el encuentro desde la banda. Así que fue Magull quien, a diez minutos del final, doblegó su tobillo en el primer palo para dirigir a gol el centro tenso que le había caído desde la banda.

La final de Wembley se fue a la prórroga y el fantasma de los penaltis parecía acercarse también al espectáculo. Pero un barullo en el área tras un saque de esquina, encontró a Kelly. La inglesa usó el cuerpo para dejar correr el balón y pegarle con la punta. Un rebote. Otro. Y finalmente, la más lista de la clase volvía a rematar con más corazón que potencia. Pero daba lo mismo. Porque el esférico se introducía en la meta. La celebración pasará a los anales de la historia inglesa. Tras unos segundos de duda, la camiseta inglesa se marchó al cielo de Wembley mientras la alegría estallaba en las gradas. Las inglesas corrían en busca de las jugadoras. Ahí ya no pesaban las piernas y no parecía que muchas de ellas llevasen corriendo 110 minutos.

Ganó Inglaterra. Ganó la anfitriona. Lo hizo con polémica, con un error garrafal en el VAR tras no señalar una pena máxima en contra, en la primera mitad, por manos claras. Pero la victoria no dejaba de ser justa. Gobernantas del torneo, por el camino destrozaron a selecciones como Noruega o Suecia. Fueron capaces de echar a las nuestras tras remontar en la prórroga y, en la final, se impusieron a la máxima campeona de Europa. Pero claro, nada pasa por casualidad. Inglaterra fue cuna del fútbol y, para envidia del resto del continente, su federación supo dirigir la disciplina femenina. La conclusión a su trabajo no podía ser en otro escenario.

 

“Cuando miremos atrás y veamos todo lo que hemos hecho en este torneo nos daremos cuenta que realmente hemos empezado algo”

 

Anoche, Wembley llenaba con otro récord absoluto. Cerca de 88.000 personas se dieron cita en el mítico estadio. Era la final de una Eurocopa más vista de todos los tiempos, incluyendo también las finales masculinas. Pero el fútbol femenino, en Inglaterra, ya había tenido su momento de gloria a principios del siglo XX con aquel Dick Kerr’s Ladies. Por aquel entonces, los estadios también abrían sus puertas para ver jugar a los equipos femeninos, pero tras la Primera Guerra Mundial todo cambió. La FA prohibió, en 1921, que los clubes cediesen sus espacios para que las mujeres jugasen al fútbol. No era apropiado para ellas, se dijo en aquel momento. Y la incoherente norma se mantuvo durante medio siglo.

A pesar de levantar el veto al fútbol femenino en los años 70, la disculpa de la federación no llegaría hasta 2008. Y, desde 2011, el fútbol femenino comenzó a crecer en Inglaterra. Empezó con muy poco, como es habitual. Una liga semiprofesional, con un formato de liga de verano, con ocho equipos. Año a año, llegaba algún conato de mejora, como por ejemplo, calendarizarla como un campeonato de invierno de regular con partidos de septiembre a mayo. Y así fueron avanzando hasta que, en la temporada 17-18, la competición pasó a ser completamente profesional y la federación obligó a los clubes a realizar contratos de, al menos, 16 horas a sus jugadoras y formar una academia en sus categorías inferiores. La liga, además, pasaría a tener 12 equipos capaces de asumir las nuevas normas del juego.

Y, para promocionar todo el trabajo que se estaba haciendo desde la federación, también se creó la FA Player. Un canal de televisión desde el que ver todos los partidos de la máxima división inglesa y, también, los de la selección nacional. Fue, como no podía ser de otra manera, un filón. A nivel internacional, además, apostaron por Sarina Wiegman en detrimento de Phil Neville. Una coctelera cargada de buenas decisiones que ha concluido el último día de julio sobre el mayor de los escenarios ingleses.

Las futbolistas corren todavía por el césped. Tan conscientes de la hazaña que han conseguido como inconscientes de todo lo que representa levantar ese título al cielo. Ejemplo para niñas, niños, mujeres y hombres. Es el resultado al trabajo bien hecho desde hace una década. Paso a paso, conquistando terreno hasta llegar a este punto. Y, sin embargo, las inglesas se resignan a dar por cerrada la historia. “Esto no solo ha sido un cambio para el fútbol femenino, ha sido un cambio para la sociedad”, comenzaba diciendo Leah Williamson, capitana inglesa, en la previa del partido. “Con la final no acaba este camino, sino que es el inicio de uno nuevo. Cuando miremos atrás y veamos todo lo que hemos hecho en este torneo nos daremos cuenta de que realmente hemos empezado algo. Esperemos que esto marque el futuro y no miremos más para atrás”.

Las declaraciones de la capitana inglesa en la previa del partido no fueron más que un preludio de lo que ha acabado por cumplirse. Inglaterra, campeona, se sube al carro de la historia. Lo hace en casa, ante su gente. Un título que vale de conjura para el Mundial que se celebrará en menos de un año. La esperanza está en las nubes y el trabajo se queda sobre el césped. Al unísono y bajo la batuta neerlandesa, Inglaterra vibra con su conquista. Europa a sus pies. It’s coming. Football’s coming home.

 


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Fotografía de Getty Images.